Un señor de las letras (Oscar Sambrano Urdaneta)

En Papel Literario de El Nacional,  11 de septiembre 2010

Oscar-Sambrano-Urdaneta

No puedo precisar el día ni la ocasión en que conocí a Oscar Sambrano Urdaneta, pero con seguridad ese primer encuentro tuvo lugar en la casa de Francisco Herrera Luque. Pancho Pepe, como le decíamos siempre, disfrutaba mucho la tertulia de amigos, y allí Oscar, de quien solamente tenía referencias como un distinguido pero lejano profesor e investigador de la literatura, apareció para mí en la persona de un conversador inteligente, oportuno y amable; desde entonces llamó mi atención una característica de Oscar que no puede escapar a cualquiera que lo haya tratado: su ponderación. Su capacidad de decir y expresarse sin perder jamás eso que llamamos la compostura. Creo que se debe a su fe ilimitada en el lenguaje. En la confianza de que las palabras bien usadas dirán todo lo necesario.

Cuando Pancho Pepe falleció en 1991 presencié un hecho que quiero referir, y que, pasado el tiempo, nunca he olvidado. Un hecho menor, que probablemente pocas personas registraron en su momento, y que a lo mejor hasta el mismo Oscar no recuerda, pero ocurre con los gestos mínimos que son las más reveladores. Como es sabido, Herrera Luque contaba en vida con el fervor de los lectores, pero no así de los colegas, que con contadas excepciones, tendían a ignorar su obra. Cosas de la literatura, podríamos decir, o cosas del mundillo literario. Lo cierto es que en la despedida final nos encontramos un gran número de amigos; pero de ellos, muy pocos, poquísimos, escritores. Esa ausencia sin duda la percibió Oscar, quien inesperadamente la subsanó de un modo ejemplar. Y procedió entonces a dar unas breves palabras con las que trazó los méritos del escritor Herrera Luque. Oscar Sambrano, pensé entonces, y sigo pensándolo, no es solamente un buen amigo; es alguien que sin estridencias sabe honrar lo que merece ser honrado.

A partir de 1993 Sambrano Urdaneta ocupó el cargo de Presidente del Consejo Nacional de la Cultura. No le tocó un Conac “rico”; por el contrario fue una época de vacas flacas, pero conducido con generosidad y prudencia. Durante su administración se decidió, por su iniciativa, otorgar un beneficio vitalicio a los ganadores de los premios nacionales, que con frecuencia se veían condenados a pasar su avanzada edad en medio de penurias económicas. Y fue también suya una iniciativa que pudiera muy bien considerarse como pionera de la tan publicitada democracia participativa, cuando procedió a una gran convocatoria de todos los sectores y regiones para establecer las metas y proyectos culturales con el concurso de todo el país. De todo ello surge la imagen de un hombre de criterio amplio y generoso que, a la hora de los reclamos, tiene la rara virtud de saberse colocar por encima de las mezquindades.

En 2006 me incorporé como Individuo de Número de la Academia Venezolana de la Lengua. Las Academias –contrariamente a lo que quizás puede pensarse– no son remansos de paz. Muchas veces vi a Oscar, en funciones de Presidente, sortear las dificultades con eficacia, paciencia y sin sacrificar la ironía. Le tocaron muchas encrucijadas, desde la visita de parlamentarios hasta juicios laborales, y la misma presencia de nuevas generaciones, que precisamente él ha auspiciado, pero que por fuerza representan nuevas dinámicas institucionales. He aprendido con él la importancia de no ceder por comodidad, pero tampoco abusar del tiempo en pleitos inútiles. Su talante democrático y renovador es una presencia indispensable para nosotros.