El imaginario masculino en cuatro enigmas

VI Encuentro Psicoanalítico Anual. Sociedad Psicoanalítica de Caracas, 15 y 16 de junio, 2001. En Historias del continente oscuro.

    En un poema de Emily Dickinson dice así: Life´s empty Pack is heaviest, As every Porter knows (cartas 769-70; poemas 650). La traducción no muy cuidada podría ser: “Como sabe todo portador, el paquete vacío de la vida es el más pesado”. El carácter enigmático y la misma posibilidad de desplazamiento del lenguaje dickensiano, me permite incurrir en la licencia de recontextualizarlo y traerlo al tema que nos ocupa hoy. Podría incluso, para de una vez introducirlo, parafrasear la línea y decir: “Es más pesada la vida vacía, como sabe toda portadora”. Ciertamente, la vida de las mujeres es más pesada porque deben ellas cargar con su vacío, y el vacío causa horror, y el horror debe ser llenado. El vacío, en este caso de la mujer, ha recibido el peso de los enigmas que arbitrariamente he reducido a cuatro. Pero quizá debería comenzar por justificar la afirmación de que la vida de la mujer conlleva un vacío. Se trata de un vacío estatutario, un vacío consolidado en su posición en el discurso; en ese sentido remontable, pero en esa medida difícilmente removible. El sujeto femenino, por razones que se escapan de este marco, y que además ignoro, ha sido inscrito como ser-para/de-otro. La vicariedad marca su destino, y más allá de las transformaciones históricas, que por supuesto están presentes en algunos lugares del mundo, cada portadora sabrá lo que ha cargado siendo ser-para-sí. El vacío, pues, proviene de una marca en el lenguaje que la sitúa en esa condición de no ser por sí misma, ni para sí misma. De tener, si se quiere, un desalojamiento constitutivo, un vaciamiento simbólico, una erosión en su consistencia ontológica. Las discursivas del siglo XX –marxismo, estructuralismo, psicoanálisis- la colocan en la alienación, la reificación, la carencia, y en cierta forma han contribuido al aumento de peso de los enigmas. Han creado nuevos enigmas. Enigma es “significado o sentido oculto de un texto o de algo que se dice” y también “dicho de significado intencionalmente encubierto, que se propone para que este sea adivinado como pasatiempo” (Moliner, 1990: 1126). Es decir, el enigma reclama la develación, y Freud, que atravesó el enigma de la Esfinge, creó en esto uno de los mas conocidos: “el continente oscuro”. Diciendo que no sabía lo que querían las mujeres, autorizó la noción de su incognoscibilidad. Pero, en todo caso ellas no son inocentes; han –hemos- contribuido a la cuestión. La noción de ser-para-otro, que es sustantiva en este paquete vacío con el que digo debemos cargar las mujeres, es de todos modos tan antigua que pudiera decirse que se trata de una idea simple, sucesivamente repetida, corregida y aumentada por notables pensadores. Para abreviar, el discurso judeocristiano, si no la inventó, la mejoró, y de allí en adelante. La noción se puede reducir a una narrativa genésica de acuerdo con la cual, la mujer no es un ser “original”, creado en un principio, sino un producto subsidiario, reciclado de una parte sobrante, y distribuido a necesidad del consumidor. “No es bueno que el hombre esté solo”, dijo el fabricante. Y esta simpleza narrativa me parece ser de mayor elocuencia que cualquier otro complejo artefacto retórico ya que escuetamente recoge la condición apendicular y la misión consoladora; de modo que suficiente con esto para el camino de la reconstrucción histórica del discurso acerca de la mujer. El primer signo de su enigma es el cuerpo invisible. He aquí que por necesidades de la reproducción, uno de los polos de la sexuación tiene la función de contener, y, por lo tanto, debe configurar un interior en el que pueda alojarse lo reproducido. La invisibilidad del aparato genital del sexo femenino, o si se quiere la mayor invisibilidad en relación al aparato genital masculino, ha sido la fuente de uno de los temas de mayor creatividad en el imaginario masculino. ¿Qué se oculta allí en ese vientre cuyo interior no puede traspasarse con la visión? De todo. Desde el goce hasta el terror. Es una cueva de misterios, que a algunos gusta y a otros espanta, pero lo interesante, imaginariamente hablando, es su capacidad de saturar el vacío como sede de lo desconocido, que atrae y atemoriza, que desafía e invita. Lo oscuro, lo recóndito, lo impuro, lo atesorado. El héroe que penetra en el lugar secreto y encuentra allí el riesgo de la muerte y el triunfo, podría seguirse desde las antiguas leyendas hasta Harry Potter. Esta imaginarización ha tenido consecuencias no sólo para los hombres sino para las mujeres y para sus mutuas relaciones. Para la mujer, pensarse a sí misma como poseedora de un espacio invisible, despreciado y codiciado, es un enigma de peso. A lo cual se añade que sus manifestaciones más evidentes serán la sangre y el abultamiento. De modo que fácilmente la niña asumirá este imaginario sintiéndose portadora de algo que la amenaza, la engrandece, la envilece. El interior femenino ha sido visualizado triplemente: como apetecible en tanto se supone la escena en la cual ocurrirá la realización del deseo, como impuro en tanto lo solicita, y como aterrador en tanto invisible. Y de allí surge una saga conocida: quién es, en primer lugar, el propietario. Luego, si lo entrega o no lo entrega. Y la pesquisa para saber si el usurpador se ha colado en la oscuridad y cuáles escenas ocultas han tenido lugar. Un enigma genera más enigmas y las mujeres esto lo han –hemos- aprendido bien. Manejar la invisibilidad, dominar el misterio. En la medida en que el estatuto ontológico de la mujer ha sido atribuido a “lo natural” por su vinculación con la reproducción de la especie, la identificación de la mujer con el cuerpo es muy estrecha. Es, por una parte, un cuerpo-objeto, y por otra, un objeto-cuerpo. Es su tarjeta de presentación. La mujer sin atributos estéticos –y esto lo sabe cualquier portadora- sobremonta un vacío más pesado aún. Una mujer puede tener todas las cualidades imaginables pero en principio es alguien que da cuenta o no de su belleza. Tan es esto así que algunos consideran una feminización de lo masculino el creciente interés de los hombres por su propia belleza. Pero es también cuerpo-objeto u objeto-cuerpo porque se espera de ella su contribución a la especie –no tanto a la historia- y la no tenencia de hijos sigue siendo una cuestión que debe explicar. Su biografía esta marcada por los ritos de sangre. Su cuerpo consigna su historia. Podríamos decir aún más radicalmente que su historia transcurre en su cuerpo y que la travesía del periplo completo -menarquia, desfloración, abortos, partos, cesáreas, menopausia- no puede realizarse sin una cierta violencia, desde luego mitigada por los constantes avances de la técnica medica. En todo caso, lo que quería subrayar es la relación muy íntima de la mujer con su cuerpo, una relación muy consustanciada, que me permite pasar al segundo enigma. De que las mujeres mienten –mentimos- no cabe duda. Los hombres también, por supuesto, pero las mentiras son contra diferentes códigos. Citaré a la escritora norteamericana Adrienne Rich, que lo tiene mucho mejor pensado que yo. Dice Rich (1975: 31):  
     La antigua, masculina idea del honor. La “palabra” de un hombre bastaba –a los otros hombres- sin garantía. “Nuestra tierra libre, nuestros hombres honestos, nuestras mujeres fructíferas” –un popular brindis de la América colonial. El honor masculino tiene también algo que ver con matar. El honor masculino como algo que requiere ser vengado: de allí, el duelo. El honor de las mujeres, algo en conjunto distinto: virginidad, castidad, fidelidad al marido. La honestidad en las mujeres no ha sido considerada importante. Hemos sido descritas como genéricamente caprichosas, decepcionantes, sutiles, vacilantes. Y hemos sido recompensadas por mentir.
  La mujer, a fuerza de invisibilidad -forzada por la invisibilidad, podríamos decir- terminó por construir un alma secreta con la cual ha sobrevivido a su vaciamiento. Ha operado un doble juego: sentirse sujeto propio en su invisible interior y mostrarse como dice Rich, “caprichosa, decepcionante, sutil y vacilante”. El juego es de alto riesgo. En el engaño la engañante puede quedar engañada en su simulacro. Pero es una estrategia de tradición milenaria y creo que la mujer la eleva –la elevamos- a niveles de perfección. Entre otras razones, porque es una estrategia de mercadeo muy exitosa. Nada más antipático que una mujer sincera. Tampoco es demasiado bienvenido un hombre sincero, pero como señala Rich:  
Se espera de los hombres que digan la verdad acerca de los hechos, no de los sentimientos [...] Y de los hechos han mentido continuamente [...] Estamos acostumbrados al desprecio inherente a la mentira política.
  La mujer, ciertamente, también puede ser cínica pero su alma secreta se expresa mejor en la estrategia del camuflaje. De ese modo la imago de la bruja ha ocupado una buena parte de su paquete vacío porque el imaginario masculino la construye desde la falsedad, la malignidad, la perfidia. Las artes secretas tanto más poderosas cuanto invisibles. Y sin embargo, ha sido un recurso inevitable porque es una estrategia de supervivencia. No quiero subrayar una posición victimista de la mujer sino recordar que los grupos subalternos con frecuencia utilizan  medios sesgados para llegar a sus fines. Y las mujeres han aceptado este carácter “sutil y vacilante” para avanzar en su lucha expresiva en donde las estrategias frontales hubiesen sido decepcionantes. Del alma secreta al deseo desconocido no hay más que un paso. Freud estudió en forma absolutamente original para su época la estructura de la histeria que era, en el fondo, un estudio de la psicología femenina. Es célebre la frase dicha a su amiga, la princesa Marie Bonaparte –la mujer que lo salvó del Holocausto- : “La gran pregunta que no ha sido contestada y que no he podido contestar, a pesar de treinta años de investigación del alma femenina es ¿qué quiere una mujer?” No tenemos referencia escrita pero creemos en Ernest Jones (1925, n 3). Sí podemos leer que pidió excusas a las feministas por declarar que el Superyo de la mujer era mas débil (1933: 129); lo cual personalmente creo que es verdad, y es la condición que le permite mayor capacidad de permeabilidad y también de piedad, pero, en todo caso, lo que nos interesa aquí es el enigma del sujeto femenino en tanto no revela su deseo. Tampoco el sujeto masculino lo hace fácilmente pero por alguna razón Freud confiesa su impotencia frente al de la mujer. Se enfrenta a la dificultad de valorar su deseo y su moral. La mujer, parece ser, no habla claramente acerca de qué es lo que quiere y menos del juicio que guiará sus actos; en ese sentido, es altamente desconfiable. Se comporta un tanto clandestinamente, como lo hace quien necesita obedecer y desobedecer al mismo tiempo. El resultado de esta dialéctica suele ser que el hombre se siente manipulado y engañado, refuerza las posiciones de dominio, y la mujer perfecciona su astucia. Es un juego de gato y ratón que se origina en la formación imaginaria que venimos comentando y que, en lo tocante al deseo y a su moral, se inserta en una tradición también milenaria. Al hombre se le reprimió el incesto y la homosexualidad; a la mujer, la sexualidad toda. Esta represión tiene un origen, si se quiere, político. El sometimiento del deseo es también el sometimiento de quien lo porta. El deseo amenaza en tanto es una expresión de la libertad del sujeto. Por esta tradición en la que las mujeres hemos sido cultivadas –y cuyas transformaciones no tienen históricamente mucho mas de cincuenta años ni son homogéneas en las distintas culturas, grupos étnicos y clases sociales-, el deseo de la mujer vacila. Es el deseo de un sujeto que no está demasiado seguro de serlo. Y esa vacilación está también muy vinculada a un despojamiento de la voluntad, que es su manifestación consciente. Por ello, la mujer, no demasiado convencida de su voz, prefiere callar o decir de otra manera. No es sorprendente, pues, que las jóvenes un tanto victorianas que fueron pacientes de Freud, resultaran más que engañosas y vacilantes, sumamente decepcionantes. Incluso la mujer ilustrada contemporánea occidental, requiere de un excedente de su voluntad para ejercer su deseo y autorizar su voz. Dice Márgara Russotto (1993: 65):  
Revisar la presencia de la voz femenina en la poesía latinoamericana implica [...] sobre todo perseguir los distintos tonos de esa voz que se eleva o acalla a veces con disonancia, aspereza o desproporción; a veces en sordina y en secreto; discretamente; en la sigilosa o disimulada toma de posesión de un espacio prohibido o ignorado; en un solitario proceso de concientización de la propia identidad.
  En la miseria del deseo, la mujer hizo suyo el reino de la demanda. Conocida es la insatisfacción de las mujeres. Con nada se conforman. ¿Por qué son así, se preguntan los hombres. La regresión de la histeria, contestó algún sabio. Pero, a la vez, si es tan incómoda esta demanda insatisfecha, cuántas alabanzas no se han dirigido a su generosidad, su capacidad de entrega, su disposición al sacrificio. El imaginario masculino ha construido el altar de la madre con toda la sacralidad del caso. La entronización de la mujer en la maternidad le ha conferido un altísimo poder sobre su producto, y también una suerte de revancha: a la madre todo le es debido. La madre obedece a la demanda de los padres como hijos, del hombre como hijo, de los otros como hijos, y de los hijos en sí, pero, a su vez, ella demanda un insaciable amor de aquellos cuya demanda sacia. Está también en Freud (1914: 89-90; 1933: 133) bien marcado este canje: el vacio de la mujer será cumplido por la tenencia de un hijo varón. Se admiten sublimaciones. Llegamos así al final de este breve recorrido por los cuatro arbitrarios enigmas femeninos. Tengo para mí que todas las mujeres los recorren –recorremos- de alguna manera o en algún grado. En cualquier caso, no he conocido a ninguna que pueda decirse libre de ellos. Pero también es interesante reconocer que en el paso del tiempo, se ha ido produciendo un cierto vaciamiento de “la mujer”, erotizada en su sumisión,  como impersonificación de lo femenino, que ejerce su acto representacional de cuerpo-objeto, hembra engañosa, niña vacilante y madre omnipotente, en correlato a “el hombre”, erotizado de su dominio, como impersonificación de lo masculino, que ejerce su acto representacional de propietario, macho violento, maestro del discurso y dueño del poder. Son imaginarios de los que puede decirse: lo uno no va sin lo otro, y puesto que no podemos vivir sin la imaginarización de nuestra subjetividad, es posible suponer, al menos como hipótesis, que las diferencias de los géneros marchen en el camino de nuevas articulaciones.     Referencias Freud, S. (1914). On Narcissism: An Introduction. The Standard Edition: XIV. London: The Hogarth Press, 1974. _________ (1925). Some Psychical Consequences of the Anatomical Distinction between the Sexes. S.E: XIX. London: The Hogarth Press, 1974. _________ .(1933). Femininity. New Introductory Lectures. S.E.: XXII. London: The Hogarth Press: 1974. Moliner, María (1990). Diccionario de uso del español. Vol 1. Madrid: Gredos. Rich, Adrienne (1975). “Women and Honor: Some Notes on Lying” en Arts of the possible. New York-London: Norton, 2001. Russotto, Márgara (1993). Tópicos de retórica femenina. Caracas: Monte Avila Editores.