La escribana del viento, por Alexis Márquez Rodríguez

Ana Teresa Torres (1945) es un caso muy especial en la literatura venezolana. Desde la publicación de su primera novela, El exilio del tiempo, en 1990, ella ha asumido su condición de escritora con un criterio que bien pudiéramos calificar de profesional. Lo cual, además, supone también un compromiso. Ana Teresa es psicóloga activa, con especialización en psicoanálisis. Pero su obra literaria está por encima de todo, y es lo que la identifica tanto dentro como fuera del país. Con el agregado de que su ejercicio de escritora no está sólo en sus obras, pues ella, al par que escribe sus novelas y cultiva otros géneros, también vive la literatura, literalmente hablando.

Ana Teresa Torres es, así, en cierto modo, un caso único en la historia de nuestra literatura. Suele comparársela con Teresa de la Parra. La comparación es válida, en cuanto a la calidad e importancia de la obra literaria. Sin embargo, la muerte condenó a Teresa a una obra cuantitativamente muy reducida, limitada en lo esencial a dos novelas excepcionales y algún cuento, más una que otra carta o conferencia de agudo contenido literario. Imposible saber si, de haber vivido más tiempo, hubiese asumido el oficio literario más allá de escribir “porque se fastidiaba”.

Por otra parte, al margen de lo extraordinario de la calidad de su obra, no parece que Teresa de la Parra hubiese tenido de la literatura un sentido profesional como el de Ana Teresa Torres, mucho más allá de una afición respaldada por una inteligencia y una sensibilidad excepcionales, independientemente de que con el tiempo hubiese podido adquirirlo. Sea como sea, siempre quedará la duda sobre si aquello de que “escribía porque se fastidiaba” refleja una situación real o es una frase más, atractiva por ingeniosa. En el caso de Ana Teresa Torres es obvio que nunca escribe para conjurar el fastidio.

II

Ana Teresa Torres se inicia, como novelista, dentro del cerco de lanovela histórica. Sus dos primeras novelas, El exilio del tiempo (1990) y Doña Inés contra el olvido (1992), tratan temas del pasado venezolano y se basan en sucesos reales del período colonial. No fue un hecho casual, sino una escogencia deliberada, como ella misma lo ha confesado más de una vez, al advertir que su propósito fue “volver a los orígenes, a los tiempos de la fundación, a los innegables momentos en que todo, como el nacimiento de un ser, parece posible; a ese instante primigenio en que predomina la utopía”.

Pronto Ana Teresa dejó a un lado la novela histórica. Desde el principio su producción literaria fue intensa. Sucesivamente fueron apareciendo sus novelas: La favorita del Señor (1993), Vagas desapariciones (1995), Los últimos espectadores del Acorazado Potemkin (1999), Malena de cinco mundos (2000), El corazón del otro(2004), Nocturama (2006), Historia del continente oscuro (2007), La fascinación de la víctima (2008)… Ninguna de ellas responde al esquema de la novela histórica, aunque de hecho en algunas, si no en todas, siempre está presente algún elemento rescatado de la historia.

Afirmar que “dejó a un lado la novela histórica” no pasa de ser un decir. Ahora Ana Teresa nos sorprende con una nueva novela enmarcada dentro del esquema de las dos primeras, es decir, dentro del concepto de la novela histórica: La escribana del viento (2013). Es más, la autora señala expresamente que durante todo el tiempo transcurrido desde sus primeras novelas estuvo inmersa en el trasfondo histórico de esta, para la cual realizó una vasta y admirable investigación más propia de un historiador que de un novelista. Y advierte, además, que la tardanza de dos décadas en escribir y publicar esta nueva novela se debió a diversos factores, y de ninguna manera a desinterés por los temas históricos.

Se registra, además, en la contraportada de la novela que esta cierra “la trilogía histórica iniciada con El exilio del tiempo y continuada conDoña Inés contra el olvido. Aparte de que no estoy muy convencido de que se trate propiamente de una trilogía, esta observación parece indicar que con La escribana del viento sí hay la disposición de la autora de abandonar la temática histórica como fuente de sus novelas. De lo cual, igualmente, también tengo mis dudas.

Siendo, pues, La escribana del viento una novela histórica, como lo son también El exilio del tiempo y Doña Inés contra el olvido, aquella no se parece a las otras dos, salvo en el hecho de que las tres narran acontecimientos del pasado histórico colonial venezolano. El tratamiento literario del suceso histórico, su novelización, es el mismo en las dos primeras, pero muy distinto en la última. La misma novelista lo admite y señala la razón de ello. Al referirse, en la propia novela, a los casi veinte años que transcurrieron entre el momento en que concibe la obra y su realización final, dice: “me contenta que haya sido así porque ese tiempo me permitió entender la narración de otra manera que la que hubiera seguido entonces (…)” (p. 377).

La diferencia más notoria entre aquellas dos primeras novelas y esta tercera reside, no obstante, más que todo en el estilo. La estructura narrativa de La escribana del viento es muy novedosa dentro de la novela venezolana y totalmente distinta de las de las otras novelas de la autora. Se trata de una historia muy compleja, formada por varias historias parciales. Cada una de estas, además, es contada por un narrador distinto, de modo que a veces hallamos unos mismos acontecimientos narrados por diversos protagonistas, cada uno en función de sus intereses particulares y de su propia visión de los hechos.

Hay, no obstante, en esta novela un personaje central que, aunque no aparece en la totalidad del relato, es, de hecho, el personaje principal, en la medida en que es él, sus ejecutorias, el principal factor de unidad de la narración. Se trata de un personaje que ha dado mucho que hablar en la historia colonial venezolana, fray Mauro de Tovar, obispo de Caracas (1640-1654) y tema de agudas controversias entre los historiadores, aunque inclinándose la balanza hacia los detractores y críticos de sus actuaciones, signadas, según la mayoría de los estudiosos, por la perversidad y la obsesión casi patológica, si no patológica del todo, puesta en el ejercicio de su ministerio eclesiástico. Es un personaje de tales características que aun hoy, a más de trescientos años de haber vivido, sigue despertando interés y polémicas entre los historiadores y demás estudiosos de nuestro pasado, como lo prueba, precisamente, esta misma novela, además de los numerosos trabajos historiográficos que la novelista cita en ella, y que fueron fuente sustancial en su investigación para la composición de esta. La autora, además, no vacila en tomar partido ante el personaje, y sin reticencia confiesa: “El lector habrá comprendido que no le dispenso al obispo muchas simpatías” (p. 380).

La novela narra unos sucesos ocurridos en Caracas a mediados del siglo XVII, cuando el obispo fray Mauro de Tovar la emprendió con saña inaudita contra una familia caraqueña a la cual acusaba de varios delitos graves, entre ellos de una relación incestuosa entre uno de los personajes más destacados y su joven hermana materna, de la cual los restantes familiares y allegados acusados habrían sido cómpl ra y pit﷽ppjo ñublicaciinicial hasyta l realyto, skinoue es jna nya expllicatubva, sumaente sie pos peeposajes mTovar l smlrendices o encubridores. La autora pone énfasis en mostrar, a veces con descarnado patetismo, las atrocidades conque el insano prelado pretendía estar castigando aquellos crímenes, incluso las horribles torturas que eran lícitas en aquella época, y que en ocasiones el religioso, a despecho de su condición de tal, aplicaba personalmente.

Interesa también a la autora, al narrar estos acontecimientos, destacar cómo estos episodios ilustran el hecho histórico del enfrentamiento que durante largos períodos de la historia colonial se produjo entre el poder civil y político, representado sobre todo por la Real Audiencia de Santo Domingo, y el poder eclesiástico. Sin embargo, la autora, al hacer estos planteamientos, se cuidó mucho de no enturbiar su condición de novelista con desviaciones más propias del historiador.

La novela transcurre en diversos escenarios. La mayor parte de lo episodios narrados ocurren en Caracas. Pero otros se ambientan en La Guaira, Coro, la península de Paraguaná y la isla de Santo Domingo.

III

Una auténtica novedad de esta novela radica en que la autora agrega al texto un capítulo final, que de hecho no pertenece al relato, sino que es una nota explicativa, sumamente útil y esclarecedora, acerca de cómo produjo la novela, desde su concepción inicial hasta su escritura y publicación.

La novela propiamente tiene siete capítulos. Cada capítulo a su vez se divide en secciones. Son, en total, cuarenta y tres secciones, entre testimonios, confesiones, cartas, memoriales y resoluciones. Pero, como ya dije, la novelista agrega un texto titulado “Testimonio de la autora”, señalado como el capítulo octavo, y de ese modo se registra en el índice de la obra, sin haber sido exactamente así. Se trata, sin duda, de un juego literario de la autora que no deja de resultar interesante.

Particular interés tiene en esta novela el manejo del lenguaje. La autora se esmera en relatar los hechos en un lenguaje fácilmente comprensible por el lector de hoy, para quien, obviamente, la novela fue escrita. Pero al mismo tiempo logra darle a ese lenguaje un empaque que lo asemeja al lenguaje de la época, sin ser este propiamente, que de serlo sería incomprensible para el lector actual.

Donde sí guarda fidelidad la novelista a la realidad histórica es en lo tocante al ambiente de la época. Así lo señala ella misma de modo expreso: “En lo que sí he querido mantenerme lo más fielmente posible cerca de los hechos es en el escenario de la época, porque no pueden comprenderse ni el argumento de la novela ni las acciones de los personajes sino dentro de la Venezuela de entonces; en sus espacios y tiempos; sus leyes, costumbres y valores; sus circunstancias y sus ideas; sus estructuras de casta y sus enfrentamientos con el poder metropolitano, enmarcados en el orden religioso y monárquico de la sociedad hispánica” (p. 381).

Es importante advertir que esta novela narra hechos que realmente ocurrieron en la Venezuela colonial. De allí su calificación como novela histórica. Este género de novela invariablemente plantea el problema de que cierto tipo de lector, que no comprende ni valora tal carácter de novela, pretende leerla como si se tratase de un libro de historia, y se erige en juez calificador de la veracidad o no del texto leído. No es función del novelista la reconstrucción arqueológica de los hechos históricos en los cuales se inspira. Por tanto, si en la novela hay fidelidad o no a esos hechos es irrelevante. En todo caso, la novela,per se, es una obra de ficción. Esta puede consistir en narrar sucesos enteramente inventados o imaginados por el novelista, pero también en la muy personal interpretación de los hechos históricos que sirven de fuente primordial del relato novelesco. Este último es el caso de lanovela histórica, y tal es el comportamiento de Ana Teresa Torres en esta novela. Ella es enfática en distinguir la función del novelista, sobre todo el que se ubica dentro de la novela histórica, y el historiador. Esto lo percibe el lector avisado en la lectura misma del texto, pero así lo advierte, además, la propia novelista más de una vez.

Desde luego que, en tanto que novelista, Ana Teresa practica la licencia de apelar a su imaginación, bien para suplir datos y detalles que las fuentes históricas no le dan, bien para interpretar, en razón de su interés de novelista, determinados hechos históricos, sucesos y personajes por igual.

Como ya lo he insinuado, el interés de Ana Teresa Torres por la historia como fuente de sus novelas no es casual ni caprichoso. Se trata, más bien, de un razonado y fundamental sentido de lo histórico como referencia del pasado, en función del presente y del futuro. Las palabras finales de la nota ofrecida como Capítulo VIII de la novela son explícitas y ahuyentan toda duda: “Esta novela mira hacia aquellos venezolanos desde la representación que de ellos podemos tener hoy, con el propósito de concederle densidad narrativa a un pequeño, pero no por eso menos dramático fragmento de nuestro pasado” (p. 383).

Publicado en Papel Literario – El Nacional 02/02/2014