El hombre de oro

Con el cambio de nombre de la Autopista Francisco Fajardo por Gran Cacique Guaicaipuro, la autora trae a colación todo lo que los venezolanos han presenciado sobre la eliminación de los íconos que son referencia a su memoria histórica, y lo que afianzaba su relación con los años de democracia vividos en Venezuela. “Ahora comienza a desarrollarse un discurso menos confrontativo que se dirige a una versión indigenista, bondadosa y constructiva del origen venezolano lo que no es totalmente una novedad, pero sí una pieza ideológica que merece atención y seguimiento”.

No es el título de una serie ni el apodo de algún explotador de minas, sino la expresión utilizada por un chofer que conducía a sus clientes por una autopista de Caracas, que por cierto ha recibido varios nombres. Cuando la construyeron se llamaba Autopista del Este, o así nos referíamos a la que creo fue la primera vía de tráfico rápido de la ciudad; años después pasó a ser Autopista Francisco Fajardo (ahora declarado genocida comienza a ser el malinche venezolano), y desde 2020 ha sido denominada Autopista Gran Cacique Guaicaipuro.

“Esta es la primera escultura en Latinoamérica del cacique Guaicapuro. Para ello, hice la investigación del personaje, y me inspiré en la escultura 3D móvil Hombre y Mujer, que hay en Dubái y creé esta obra que se llama El cacicazgo, que significa jefe de jefes”, declaró su autor, ingeniero Juan Rodríguez (diario Últimas Noticias, 09/12/21). La escultura que representa al cacique está construida con hierro forjado, mide 21,5 metros y pesa más de 7 toneladas. Está dotada de pararrayos, protector de vientos y es antisísmica; la pintura automotriz es dorada, y resaltada por luces amarillas representa el oro de las tierras del cacique, que era lo que querían los conquistadores. El conjunto incluye varias palmeras también doradas, un jaguar de cemento, una orquídea, y varias figuras humanas de menor escala.

Otro conjunto importante son los murales con imágenes de rostros indígenas y representaciones de las inscripciones de los petroglifos, situados a lo largo de toda la Autopista de Petare a Caricuao, creados por el colectivo Multiarte que dirige el artista Nikolai Monroy, conocido como “Shamániko”. También hay que añadir el gran letrero simulando madera con la palabra “Venezuela” escrita en tipografía que imita el arte rupestre, frente a la Esfera de Caracas del artista Jesús Soto en la misma Autopista. Por instantes el letrero obstaculiza la visión de la obra de Soto. Shamániko, en entrevista de El Estímulo (03/10/2021), explica su visión de los murales y coincide con Juan Rodríguez en que se trata de un movimiento descolonizador y reivindicador de las etnias indígenas. Otro mural concebido por Rodríguez, con técnica de altorrelieve, escenifica la Batalla de Carabobo en la Autopista Valle-Coche. Todas estas producciones forman parte del plan “Caracas patriota, bella y segura”.

“De momento sabemos que evoca un imaginario de riqueza”

A estas intervenciones visuales, en las que sin duda destaca la figura del cacique, especialmente de noche por los efectos de iluminación, que explican la expresión de “el hombre de oro”, deben añadirse las intervenciones lingüísticas con los cambios de nombres de algunos espacios emblemáticos que han tenido lugar en distintos momentos: Parque Nacional El Ávila por Waraira Repano; Vargas por estado La Guaira; Autopista Francisco Fajardo por Gran Cacique Guaicaipuro; y sobre todo la eliminación de parte del nombre de la capital del país: Santiago de León de Caracas, incluyendo el escudo y el himno de la ciudad.

Como era de esperarse, estas intervenciones han recibido todo tipo de burlas y expresiones de rechazo ya que evidentemente no corresponden a la estética urbana moderna que adquiere la ciudad, especialmente a partir de los años ‘50, y recuerdan la irrisión que provocaban los discursos de Hugo Chávez porque se consideraban ejemplos de su incoherencia e ignorancia de la historia nacional. El caso es que lo que demuestra ignorancia puede ser el desconocimiento de los discursos simbólicos, gráficos, verbales, musicales, y de cualquier orden, que el poder utiliza para comunicarse. Si estas construcciones son un gasto innecesario, o si encubren algún ‘guiso’, o hasta la sugerencia de que derivan de algún acto exotérico, todo ello construye una barrera intelectual que impide comprender lo que quiere comunicarse. No tengo instrumentos para hacerlo, y lamentablemente hemos perdido la mirada invalorable de Michaelle Ascencio, pero estoy bastante segura de que estamos en presencia de una nueva fase del discurso.

La pulsión decolonial ya la vimos con la destrucción de la estatua de Cristóbal Colón; el desprecio por los centros culturales, como el Teatro Teresa Carreño, dañado por el abuso político, que ahora ha sido restaurado y devuelto a su uso propio; la acción de la palabra polarizante y destructiva de todo lo que recordara a la democracia y a la burguesía, oponiéndoles el concepto de pueblo y revolución, y que ha sido una constante discursiva durante muchos años. En fin, todo ello es materia conocida, ahora comienza a desarrollarse un discurso menos confrontativo que se dirige a una versión indigenista, bondadosa y constructiva del origen venezolano, lo que no es totalmente una novedad, pero sí una pieza ideológica que merece atención y seguimiento. De momento sabemos que evoca un imaginario de riqueza.

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