Las mujeres y la perversión

Tres conferencias dictadas en 1991 en la Sociedad Psicoanalítica de Caracas. En Las perversiones en la práctica analítica. VV.AA. Caracas: Editorial Psicoanalítica y Vadell Editores, Caracas-Valencia, 1992.

Estructura de la histeria Vs. Estructura de la perversión

La perversión en relación con la normativa edípica y la represión. El deseo y el goce. El placer y el amor. Histeria y perversión.

En estas tres conferencias me propongo elaborar un conjunto de ideas acerca de la perversión con especial énfasis en relación a la mujer. La primera gira en torno a las diferencias entre perversión y neurosis, diferencias estructurales desde el campo psicoanalítico, la segunda propone un tema más clínico, en el cual se considera la presencia de algunos síntomas perversos en la mujer y la tercera se refiere a la cultura de la mujer, es decir, a cómo la mujer queda inserta dentro del orden sexual y cuáles son las relaciones de esa inserción con respecto a la perversión.

Tanto la neurosis como la perversión son estructuras clínicas que se establecen o cristalizan como consecuencia del pasaje por la estructura edípica. Este pasaje determina una posición diferente en algunos puntos claves, como son: el placer-displacer, el deseo y el goce, la normativa edípica y la represión, la castración, el deseo sexual en su relación con la escena primaria y la escena perversa, y la elección de objeto.

Normativa edípica y represión

La normativa edípica es un sistema que rige las relaciones de parentesco y que ha sido estudiada desde el campo de la antropología. Tiene dos leyes fundamentales: la ley de la prohibición del incesto y la ley de la prohibición del parricidio. Esta estructura que es social, que pre-existe a cada sujeto particular y que se vehiculiza en el lenguaje, aparece en todas las culturas conocidas, aunque presenta variantes que no nos interesa analizar en este momento. La variante que tomaremos en cuenta es la triangular que corresponde al modelo occidental. Cuando Freud escribió “Totem y Tabú” en 1913, estas leyes eran ya conocidas por la antropología, aunque han sido sistematizadas y profundizadas por Levi-Strauss posteriormente. La prohibición del incesto está dentro de las leyes del Tabú, es decir, aquello que no debe ser tocado, y la prohibición del parricidio, dentro de las leyes del Totem, es decir, aquello que debe ser adorado, figura muerta o si se quiere asesinada -el Padre- y que da nombre y filiación a los sujetos del clan. Dentro de la estructura triangular, la aparición de un ser humano implica que es el producto de dos seres, anteriores a él, sexualmente diferentes y destinados a la muerte. La reproducción sexual implica la muerte de dos individuos sexuales, por contraposición a la reproducción de los organismos que se generan por sucesivas separaciones celulares. De este modo, la normativa edípica viene a ordenar lo siguiente:

a) La filiación. Es decir, que un sujeto determinado es producto de otros dos.

b) La sexuación. Es decir, que esos dos sujetos son sexualmente diferentes y que los seres humanos pueden tener uno de esos dos sexos.

c) La ordenación temporal. Los dos sujetos productores son anteriores al producido y constituyen una generación diferente. La ordenación temporal de las generaciones marca la muerte de los seres individuales, dentro de la característica de irreversibilidad del tiempo cronológico.

d) La prohibición social de que exista un intercambio sexual entre el sujeto productor y el producido.

e) De la prohibición de este intercambio, se deduce que existe un deseo; la prohibición indica que la cultura tuvo que prohibir la existencia de un deseo sexual entre padres e hijos.

f) La transmisión por medio del lenguaje de este código.

g) Dadas las características de la reproducción sexual tradicional -aunque actualmente se están generando vías alternas de reproducción sexual-, es sólo la madre quien puede reconocer al generador de su producto. Creo que en esto podría asentarse la afirmación lacaniana de que el padre y su función entran en el sujeto por vía del discurso materno, y que el padre refrenda a través del lenguaje este reconocimiento de la madre, dándole su nombre al producto. Este Nombre del Padre, implica pues el intercambio sexual entre ambos y contiene el deseo de la madre.

La normativa edípica tiene varias consecuencias en la determinación de la estructura psíquica de los sujetos y trataremos de diferenciar esas consecuencias en las neurosis y las perversiones. De modo que se afirma aquí la idea de que la perversión es también una estructura que se constituye a partir del Edipo y no es un fenómeno pre-edípico. En primer lugar porque si tomamos en cuenta las características que vimos anteriormente con respecto a la normativa edípica, comprenderemos que se trata de una estructura que pre-existe al sujeto individual. Para decir que un sujeto es pre-edípico, en sentido estricto, tendríamos que decir que se trata de un sujeto virgen de cultura, que no solamente transgrede las normas edípicas sino que las ignora. Aun en el caso de un incesto consumado, no podríamos afirmar que hay un desconocimiento de la norma, sino que estamos frente a una transgresión de la misma. Un sujeto pre-edípico sería algo así como un sujeto pre-histórico, alguien que no ha entrado en la cultura, como describe la película del niño-lobo: “El Salvaje de Aveyron”.

Veamos en detalle las consecuencias de la normativa edípica y las diferencias de estructura.

a) Ordenación pulsional. La naturaleza de las pulsiones es la misma en los seres humanos, independientemente de que sean neuróticos, perversos o psicóticos. Podría discutirse si algunos sujetos tienen una carga o capacidad mayor que otros, pero en todo caso el Psicoanálisis no ofrece ningún instrumento de medición, por lo que no pasaría de ser una discusión bizantina. Las pulsiones orales, anales y fálicas están presentes en cualquier sujeto y son utilizadas en los actos de placer erótico. Donde está la diferencia es en el tipo de ordenación. Veamos un ejemplo: Un neurótico se satisface visualmente al mirar a un objeto que le produce deseo sexual. La importancia de la mirada en la seducción no necesita ser subrayada. Pero el neurótico, podría ser homosexual o heterosexual, busca captar la mirada del objeto con la anticipación de un fin ulterior, que puede realizarse o no, y es el de tener un acto sexual en el cual entren en juego otras pulsiones. El perverso voyeurista no tiene un fin ulterior, su placer radica en captar la mirada. A esto se le ha llamado fijación de la pulsión, aunque parecería más exacto decir que el perverso ha organizado sus pulsiones sin tomar en cuenta el falo, o mejor dicho, a sus espaldas.

b) Identificación sexual. Es necesario aquí hacer algunas precisiones. En primer lugar existe la identificación de género, la convicción de pertenecer a uno de los dos sexos. Esta es una convicción consciente e irrevocable, cuyos trastornos encontramos en los casos de transexualidad que a mi modo de ver no pertenecen al campo de las perversiones sino de las psicosis. Si un sujeto no pudo establecer la convicción de ser hombre o mujer, esa ambigüedad o esa lucha contra el sexo que porta, lo acompañará toda la vida. El perverso no tiene necesariamente un trastorno en cuanto a la convicción del sexo que porta. ¿Cómo diferenciar entonces el problema de la identificación sexual en el perverso y en el neurótico? No parece resolverse por la vía de la identificación inconsciente, como decir que el perverso está conscientemente identificado a su sexo, pero inconscientemente no, y no puede resolverse por esta vía porque en eso no se diferencia totalmente de lo que le ocurre al neurótico. Tomemos el caso de una histeria, muy conocida, Dora. Dora tiene una identificación con el padre, que puede verse en su relación con la Sra. K., además de en otros síntomas. Dora intenta, amando a la Sra. K., suplir la impotencia del padre, o si se quiere, pretende suplir al padre amando a la madre, si tomamos a la Sra. K. como un sustituto materno. En el caso del Hombre de los Lobos, Freud dice que en la escena sexual quedó identificado a la madre y que ello tenía una consecuencia en la causación de su deseo. Estos son ejemplos típicos de cómo un neurótico puede identificarse al padre del sexo contrario en un rasgo, en una situación, con los consiguientes efectos sintomáticos. Pero en el perverso se trata de algo distinto. El perverso lo que quiere traspasar es la diferencia sexual, no por la vía de identificarse al sexo contrario, lo cual ya sería una manera de reconocer la diferencia de los sexos, sino ignorando la división sexual. La división sexual obliga al sujeto a gozar o como hombre, o como mujer. Puede elegir un objeto homosexual, pero su acceso al placer viene determinado por colocarse de una de las dos maneras. El discurso perverso parece querer decirnos que gozar no tiene nada que ver con tener un cuerpo de hombre o de mujer. Que se puede gozar mirando, o flagelándose, o con un objeto inanimado. Que el goce trasciende la limitación de los sexos.

c) Elección de Objeto. El neurótico, después de pasar por la situación edípica habrá decantado el objeto de su elección amorosa. Encontrará en ese proceso varias vicisitudes, por ejemplo, la disociación. Puede elegir objetos de amor que no desea sexualmente, sino que son elegidos según la relación de objeto narcisista que Freud describió: el objeto representa lo que se es, lo que se quiso ser, lo que se admira. Puede encontrar que su objeto de deseo sexual no es adecuado para la convivencia, puede incluso sentirse inhibido frente a la elección, pero hay un elemento común a esas elecciones; quiere elegir a un otro que lo ame y que lo desee. El perverso se ubica en forma totalmente diferente. Realmente es el perverso quien elige un objeto, en el neurótico debería decirse que elige a otro sujeto. El perverso no desea ser amado, tampoco quiere amar, rara vez su objeto le resulta inaccesible, ni se le entorpece su placer. El perverso elige a un actor, alguien que esté dispuesto a desempeñar un papel previamente asignado en una escena sexual previamente escrita. Su único requisito es saberse el papel, pero lo que se quiere de él es su acto, su “performance”. Sus deseos, su intimidad, sus sufrimientos, son inevitables; el perverso lo sabe y casi se resigna. La promiscuidad del perverso no tiene que ver con una especie de locura de las pulsiones, sino con la incapacidad para elegir. El perverso no elige porque la identidad subjetiva del otro le es ajena. Así vemos al exhibicionista mostrar sus genitales a mujeres anónimas, que tienen con él un encuentro instantáneo o al fetichista, cuando ha prescindido por completo de su objeto humano. Lo que llama al perverso es una escena que debe ser representada, tener lugar, y en algunos casos se requiere de un “partenaire”. Cumplido su papel, el “partenaire” puede desaparecer. Su drama es estar marginado de la elección amorosa; hay una mutilación en la perversión y es la de quedar fuera de la estructura del amor y del deseo. A diferencia del neurótico, que sufre constantemente por ello, el perverso no sufre por estas razones. Es un orden de las cosas que le resulta desconocido, y acaso fugazmente lo lamenta. El neurótico muchas veces hace sufrir a su objeto de amor. El perverso, por el contrario, no quisiera hacer sufrir a su “partenaire”, se limita a sufrir su ausencia porque se ve en la obligación de buscar otro. En esos momentos de desestabilización, por pérdida del “partenaire”, los perversos, a veces, consultan.

Esta diferencia puede confundirse con la que existe entre objeto parcial y objeto total. Parcial y total en la teoría kleiniana, se refiere a que el objeto sea visto como portador únicamente de un tipo de cualidades -buenas o malas- o como portador de cualidades buenas y malas simultáneamente. El objeto del perverso no es parcial ni total; es un objeto fuera del Narcisismo, es decir, de la estructura de amor, y es también un objeto fuera del deseo. Es un objeto de puro placer.

d) Castración. ¿Por qué el perverso queda fuera de la estructura del amor y del deseo y por qué pretende traspasar la división de los sexos? Al pasar por la estructura edípica el sujeto queda con la marca de la castración y esto tiene varias consecuencias.

  1. La castración determina la división de los sexos, es decir, que alrededor del falo se organizan dos sexos diferentes, y el sujeto queda adscrito a uno de ellos. Tiene un sexo para gozar pero no los dos. No puede gozar como hombre y como mujer. Debe escoger.
  2. El placer queda limitado al dispositivo pulsional, organizado fálicamente. Aunque exista la fantasía del goce absoluto, el neurótico se satisface pulsionalmente y acepta, por así decirlo, la insuficiencia pulsional, la limitación del goce. No se coloca en el displacer, o mejor dicho, regula el placer-displacer.
  3. El objeto es incompleto, no es un objeto absoluto, omnipotente, por quedar dentro de la normativa edípica: el padre debe aceptar su propia ley, así como la madre.
  4. El deseo surge como un intento de restablecer lo que le falta al sujeto para su absoluta satisfacción, y lo que le falta al objeto para su plenitud. El deseo busca llenar una satisfacción aunque se acepte incompleta. Por otra parte, el deseo ha quedado atravesado también por la prohibición, lo que deriva en que necesariamente debe haber una sustitución del objeto prohibido.

La manera en que el neurótico hace frente a esta marca de la castración es a través de dos recursos, por un lado, la demanda y por otro, el deseo. Si bien su ilusión de satisfacción y plenitud es sólo eso, una ilusión, tiene el recurso de pedirle al otro que le restaure la insuficiencia, y en materia de amor, el neurótico está en disposición de hacer todos los sacrificios necesarios para que su demanda sea eficaz. La demanda va en dos sentidos, lo que él espera del objeto y lo que el objeto espera de él, que, por supuesto, es el reino del malentendido, porque en la neurosis hay una incógnita, que es lo que el otro verdaderamente espera de él y qué puede ofrecerle. Esa incógnita es el deseo sexual, que en el neurótico es el segundo recurso a su disposición para llenar su falta: en él y en el objeto.

El perverso le hace un cortocircuito a la castración. Conoce la castración, pero la evade, le da la vuelta. No quiere entrar por el difícil camino de restablecerla o tolerarla, sino de encontrar una salida más directa. Evade la pregunta del otro que le demanda algo desconocido y concluye: demanda goce. Evade la pregunta acerca de qué debe ser él para el otro y concluye: instrumento de goce. Evade la insuficiencia del goce y concluye: puede ser absoluto; basta que yo lo quiera y que encuentre el camino. Considera las leyes que rigen los deseos humanos como un juego de palabras, algo que conoce pero que no tiene efecto real, porque supone descubrir que, más allá de esas leyes, se encuentra el goce absoluto y que los neuróticos no son más que unos tontos sometidos. El perverso cree que la castración es la moral social y que basta evadirla para evadir también la castración. A la vez sustituye todos los ideales por uno solo: el ideal del goce absoluto. Así como el neurótico constantemente tapa sus insuficiencias de goce con sus ideales, el perverso parece muchas veces hacer girar su vida alrededor de la reproducción de la escena que lo lleva al goce. Se trata de encontrar en el goce sexual la evasión de la castración: “Tengo un sexo pero podría tener ambos. Tengo un placer insuficiente pero puedo llevarlo a lo absoluto. El otro queda insatisfecho de mí pero yo conozco cuál es su voluntad de goce. No soy completo pero puedo ser un instrumento absoluto del goce del otro”. Tal parece ser el discurso del perverso.

e) El deseo sexual. En la emergencia y condiciones determinantes del deseo sexual, el perverso muestra su diferencia radical con el neurótico. En primer lugar el neurótico conoce mal su deseo. Lo confunde con su demanda, lo interfiere con sus represiones inconscientes, con las prohibiciones edípicas, lo dirige un poco a ciegas, y cuando lo encuentra, casi es por casualidad. No se trata aquí del placer sexual sino del encuentro con el objeto que causa el deseo, un objeto perdido, que se reencuentra fragmentariamente en otros objetos y que conduce a la experiencia de satisfacción. El perverso conoce muy bien su deseo, es decir, cómo debe ser la escena en la cual debe tener lugar. Esa escena está prefijada, tiene un guión, que el perverso conoce y puede enseñar al “partenaire”. Sabe muy bien qué hacer y además tiene una falsa certeza: saber cuál es el deseo del otro y como instrumentarlo. El neurótico no tiene una escena prefijada, es decir, tiene un cuerpo, una ordenación pulsional organizada fálicamente, y espera que su placer surja del encuentro. Tiene, eso sí, un fantasma sexual, una escena reprimida, que puede alimentar sus fantasías y su sexualidad y que ocasionalmente puede representar -como acto perverso dentro de su estructura neurótica-. Ese fantasma es perverso-polimorfo y está relacionado con la escena edípica. En el artículo “Pegan a un Niño”, Freud mostró el fantasma sexual del neurótico, que es también perverso, y las fantasías inconscientes que describe Melanie Klein en su exploración de sujetos infantiles, van en el mismo sentido.

f) Escena primaria y escena perversa. La distinción entre estas dos escenas es importante para diferenciar la histeria en particular, y las neurosis en general, con respecto a la estructura perversa.

Escena primaria es la fantasía inconsciente de un sujeto acerca de la relación sexual entre sus padres. Esta escena incluye varios aspectos:

a) la representación pulsional del intercambio, el cual contiene elementos perverso-polimorfos, es decir, el juego de las pulsiones oral, anal y fálica. M. Klein describió en forma exhaustiva las fantasías infantiles de la escena primaria, en las cuales los elementos orales y sádicos tienen una preponderancia sobre los fálicos.

b) la estructuración del deseo entre los padres, es decir, la localización del deseo en la relación intersubjetiva de ambos.

c) las identificaciones del sujeto en esta escena, de la cual está excluido, pero en la cual ingresa por vía de la identificación y por vía del lugar que los padres le asignan, de acuerdo a la modalidad en que han encarnado la normativa edípica.

d) la represión, por cuanto aunque puedan aparecer elementos conscientes de esa escena a través de los recuerdos encubridores, de los sueños o de algún síntoma, la escena pertenece fundamentalmente al ámbito de lo reprimido.

La escena perversa es una representación consciente, un acto, en el cual un sujeto, con la intervención del o los “partenaires”, reproduce una situación en la cual tiene lugar el acceso al goce sexual.

La escena primaria queda reprimida para el neurótico y puede aparecer en sus síntomas, sus sueños, como vestigios conscientes, y formar parte de su fantasma sexual, pero no es reproducida. En todo caso su reproducción es simbólica, o alusiva, metafórica. O bien es una reproducción compulsiva que puede observarse en la repetición de situaciones, en las cuales el sujeto parece colocarse siempre en la misma problemática, con respecto al deseo o al amor, o a la elección de objeto.

La escena perversa, aun cuando tenga relaciones con la escena primaria, adquiere una deformación, si se quiere grotesca, en la cual el sujeto reproduce un acto que se ha constituido para él en la única vía de acceso al placer. El neurótico queda apresado en una escena en la cual quiere adivinar el deseo de los padres, particularmente la histérica quiere identificarse al deseo, no tanto a uno ú otro padre, y se coloca en la posición de ser el significante de ese deseo. El acceso al placer lo deja librado al encuentro pulsional. No existe en el neurótico un código fijo, rígido, de cómo el cuerpo debe acceder al placer, porque éste se produce por el encuentro con el objeto deseado. En cambio, el perverso no busca en la escena primaria colocarse bajo el significante del deseo, sino atenerse rígidamente a un código estructurado por detalles, el guión de la escena perversa, en la cual no pretende el deseo sino el acceso al goce de la madre, del cual él tiene la certeza. Lo que indica que ha abolido el deseo de la madre en su relación al padre; si se quiere, ha abolido la incógnita que es para todo sujeto la escena primaria.

¿Qué hace que un sujeto quede colocado de una ú otra manera frente a la normativa edípica y su consecuencia, la castración?

Posiblemente la escasa presencia de las estructuras perversas en la práctica analítica tiene que ver con esta incógnita, porque nos vemos obligados a extrapolar los actos perversos del neurótico para la comprensión de la perversión como tal. A su vez, la escasa presencia de las estructuras perversas en el consultorio del analista es en sí un síntoma. Posiblemente tiene que ver con la dificultad transferencial que plantea el perverso. Si no está interesado en el deseo, ni el amor, y tiene una certeza acerca de su goce, se ve desprovisto de los resortes fundamentales que llevan al neurótico al análisis: la transferencia en la cual quiere ser objeto de amor para el analista, ser deseado y conocer acerca de su deseo que siempre está amenazado, porque es capaz de desplazarse, levantarse, desvanecerse.

¿Cuál es entonces la diferencia entre el deseo en el neurótico y en el perverso? Es sutil y sin embargo, definitiva. El neurótico busca su objeto de deseo, confusamente, si se quiere, pero queda anclado en esa búsqueda. El perverso sólo busca su escena. El neurótico puede introducir una escena fantasmática en la relación con su objeto. El perverso apenas si introduce un objeto en la escena, está tomado por ella y el objeto es un participante. El deseo surge en el neurótico por el encuentro con un objeto que encarna el objeto perdido. El deseo surge en el perverso en la representación de una escena en la cual él es instrumento de goce de un objeto, igualmente perdido, pero que no busca ser encontrado, sino suplantado, y conoce de esa suplantación. El neurótico sustituye, pero su objeto se encarna en una persona, por lo que cree tener verdaderamente a ese objeto perdido, por ello el duelo y la pérdida son procesos trabajosos. Para el neurótico la escena no es importante si no está el actor principal. Para el perverso, juega al revés, la escena es primordial y el actor puede ser anónimo (recordemos el voyeurismo y el exhibicionismo). Incluso puede ser reemplazado por un actor inhumano (recordemos el fetichismo). En la perversión, la escena suplanta el deseo por el objeto.

g) Represión. Generalmente el mecanismo de la represión se determina como el mecanismo fundamental de las neurosis, entendiendo por ello que el psiquismo queda definitivamente dividido en dos tópicas, una consciente y otra inconsciente. A la perversión se le atribuye como mecanismo fundamental la renegación o desmentida, entendiendo por ella, el desconocimiento del sujeto hacia el complejo de la castración. Estaría de acuerdo en lo primero, es decir, en sustentar que los neuróticos fundamentalmente reprimen y que por lo tanto gran parte de sus contenidos representativos quedan separados de la conciencia y se manifiestan a través de los síntomas, los sueños, los actos fallidos, las expresiones corporales patológicas o no, y las lagunas de su historia. Estaría también de acuerdo en sostener que la desmentida es un mecanismo fundamental de las perversiones en el sentido de que el perverso conoce lo mismo que el neurótico lo relativo a la castración, la diferencia de los sexos y las leyes del parentesco, pero una vez conocidos, se produce una disociación psíquica que Freud describió en su artículo sobre el fetichismo, mediante la cual puede conocer y desconocer al mismo tiempo. Lo que parece más dudoso es que en la perversión está ausente por completo la represión. Sería tanto como decir que no hay inconsciente. La escena primordial que el perverso busca repetir en su acto queda parcialmente reprimida, es decir, no está al alcance del sujeto perverso rastrear todos los pasos que encadenaron la situación edípica con su vida sexual y en eso no se diferencia del neurótico; la diferencia estriba en que, a partir de la castración, el neurótico olvida y sustituye, mientras que el perverso desconoce y suplanta.

h) Establecimiento del Super Yo. A menudo se encuentra la afirmación de que el Super Yo no existe en el perverso. Por el contrario, el perverso tiene un Super Yo cruel y absoluto, como lo describe Klein. El perverso conoce las normas sociales, y se atiene a ellas, donde no está dispuesto a obedecerlas es en lo tocante a la normatividad sexual, pero en términos generales, el perverso se conduce en la vida social con las mismas pautas que el neurótico.

El Super Yo es un amo cruel y absurdo que impulsa al sujeto a traspasar los límites de su bienestar, es decir, del principio del placer. El Super Yo no prohíbe las pulsiones, es la organización de la pulsión de muerte -vuelvo a una concepción kleiniana- que ordena al sujeto a situarse más allá del principio del placer. El neurótico tiene un balance del principio placer-displacer, es decir, logra mantener a raya la pulsión de muerte, dándole satisfacción en ciertos síntomas o rasgos de carácter o enfermedades corporales que permiten al sujeto mantenerla sin que destruya totalmente al organismo. De modo que cuando el sujeto neurótico busca el goce absoluto logra mantenerse dentro del equilibrio del principio del placer-displacer, lograr algo para no perderlo todo, ya que entiende la insuficiencia de su placer y la de sí mismo como sujeto. El perverso se sitúa en la raya del principio del placer, porque busca el placer absoluto y no lo regula con el displacer, por ello muchos actos o rituales de la escena perversa se alejan de lo que el neurótico considera placentero y el sujeto perverso puede colocarse así mismo o al “partenaire” en la posición de sufrimiento. El placer absoluto rompe el equilibrio del principio del placer-displacer, desafía la insuficiencia y limitación humana, por una orden del Super Yo, que le dice: goza. Por eso el perverso se equivoca cuando piensa que los neuróticos no entienden el placer a causa de la moral, los neuróticos son también capaces de transgredir la moral. Lo que se opone al placer absoluto no es la moral sino lo imposible, y es allí donde el neurótico entiende y acepta las leyes de la castración y el perverso las entiende y las desafía. El Super Yo impone al sujeto una orden que lo dirige a gozar más allá del principio del placer, por ello el fetichista puede aceptar la soledad de su objeto-fetiche; el exhibicionista-voyeurista el desprecio o la persecución policial, el masoquista el sufrimiento corporal o moral. La regulación del placer-displacer es una transacción que el neurótico conoce y acepta, el perverso, por decirlo así, no se hace concesiones. Si ciertamente alcanza un goce mayor que el neurótico -de lo cual se vanagloria- no es posible decirlo, porque nadie ha sido perverso y neurótico a la vez, por lo que nadie puede establecer en sí mismo una comparación. Los actos perversos del neurótico están matizados por su estructura, del mismo modo que los actos neuróticos del perverso -que también son posibles- están igualmente marcados por su posición con respecto al placer y al goce.

i) Ideal del Yo. El Ideal del Yo del neurótico está caracterizado por la consecución de alcanzar el amor del prójimo a través de sus actos. En la misma medida en que su estructuración dependerá de la demanda de la que es objeto, su ideal es muy variable, y lo que parece de extrema importancia para un sujeto será menospreciable para otro. En común tienen los neuróticos el encontrar ideales, según los cuales serán valorados, respetados, admirados, etc. y a través de los cuales querrán tapar la marca de la castración. El perverso no está exento de esto en alguna medida, pero hay una diferencia que de algún modo está señalada en lo tocante al objeto de amor. El neurótico aspira a ser ideal de su objeto de amor, de modo que en su elección no puede dejar fuera el eje narcisístico, e incluso, es capaz de elegir predominantemente en base a ese eje narcisístico. Freud describió este aspecto en la psicología de la mujer, en cierto tipo de homosexualidad masculina como la de Leonardo da Vinci y en el hombre común cuando toca las disociaciones de la vida erótica masculina. El perverso, si bien puede tener ideales, no los necesita para relacionarse con su “partenaire”, en la medida en que no se propone amar ni ser amado. En todo caso, su Ideal del Yo en lo tocante a esto, es ser el instrumento de goce, lo cual no indica que sea un Ideal. En la vida sexual el perverso está dispuesto a degradaciones que no soportaría un neurótico, y probablemente ello afecta la estructura del Ideal del Yo.

Histeria Vs. perversión

Al hacer estas diferencias entre las neurosis y las perversiones, la histeria está naturalmente incluida, pero para finalizar, subrayaré algunas de sus características propias. a) Con respecto al deseo, la histeria precisamente se sitúa como la estructura neurótica que privilegia el deseo sobre el placer. No quiere con esto decirse que la histeria rechaza el placer sexual, si bien esta es una de las definiciones de la histeria: el rechazo al acto sexual. Este síntoma puede presentarse en las histerias, pero no es paradigmático, o por lo menos, la clínica no lo confirma. Se trata más bien de un privilegio: desear y ser deseada es el fin de la estructura histérica. El acto sexual y el placer derivado vendría a ser una confirmación de ese deseo, aunque esa confirmación puede faltar; la estructura histérica puede aceptar pagar el precio del placer. Incluso el placer puede representar para la histeria el fin del deseo, y en ese sentido ser rechazado. Esto tiene mucho que ver con la seducción de la histérica. La seducción es precisamente el anuncio del placer, pero no su resolución, por lo tanto, la histérica puede quedar atrapada en suscitar el deseo y sostenerlo, a costa de renunciar al placer. En este sentido, la histeria se opone radicalmente a la perversión, que quiere por encima de todo, llevar el placer a lo absoluto, es decir, al goce.

b) En cuanto al amor existe una oposición, si se quiere, aun más radical. La demanda de amor de la histérica es un anhelo de ser todo para el otro, y de encontrar un otro que sea todo para ella. La histérica busca en el hombre ese espacio de insatisfacción donde ella pueda alojarse y constituir su complemento, pero simultáneamente quiere encontrar un hombre que la colme y no deje ver sus fallas, porque necesita creer y mantener que ha encontrado el amor pleno, el amor absoluto. En el orden del amor, la histérica se sitúa también en radical oposición a la perversión. La histérica hipervalora tanto el amor que puede dejar de lado, o en un segundo orden, el placer sexual.

Es decir, que desde el punto de vista estructural, la histérica rechaza la perversión, sin embargo, en sus síntomas pueden aparecer actos perversos y para explicarlo es necesario adentrarnos en las relaciones de la mujer con la sexualidad.

La mujer y el acto perverso

La sexualidad perverso polimorfa. La homosexualidad femenina. La mujer en la relación perversa.

El tema de la perversión es uno de los más difíciles de tratar, no sólo por la escasa presencia de la estructura perversa en la consulta, sino porque el término “perverso” tiene una connotación, que, se quiera o no, alude a algo, socialmente repudiable, a la aberración. Inclusive a la malignidad. Que el DSM-III haya sustituido ese nombre por el de “parafilia” tiene que ver con el intento de sacar el tema de la condena que recae sobre él. No se trata de defender la perversión, frente a la moral, sino precisamente de situarla en su justo lugar y de encararla como uno de los problemas que plantea la sexualidad humana, que es esencialmente conflictiva.

En el libro “El Camino de la Sexualidad Sagrada para Amantes Occidentales”, la autora, Margo Anand, recoge los mitos de la sexualidad occidental, es decir, las prohibiciones que han pesado sobre ella:

El sexo es para procrear – El sexo es vergonzoso – El sexo es “natural” – Hay un modo correcto de hacer el amor – El sexo es un asunto solamente genital – La penetración es la única parte importante del sexo – La excitación sexual tiene un patrón.

Lo interesante es que la autora está luchando, en 1991, por defender conceptos que Freud introdujo hace casi un siglo. Es decir, que las opiniones de Freud sobre la sexualidad no han sido tan fácilmente aceptadas como parece. Estas son: No hay un objeto ligado “naturalmente” a la pulsión y al deseo. No hay una respuesta sexual sin componentes perverso-polimorfos. No hay una elección de objeto determinada a priori.

Entonces, cuando se ubica un acto perverso, ya que no tenemos suficiente tradición en llamarlo “parafílico”, dentro de una estructura no perversa, lo único que se está haciendo es devolver la sexualidad a la concepción freudiana, y ello no prejuzga nada moral acerca del sujeto en cuestión, es decir, no es bueno ni malo. Inclusive, Freud afirmó en el trabajo “Pegan a un Niño”, que el fantasma sexual es siempre perverso.

Antes de pasar al tema de la mujer y su relación con el acto perverso, introduciré algunas precisiones sobre el concepto de madurez genital, muy difundido en algunas escuelas psicoanalíticas y que pesa mucho sobre el psicoanálisis post-freudiano. A continuación una lista de los mitos del concepto psicoanalítico de madurez genital:

1) La madurez de una persona en relación a su comportamiento social se expresa en su sexualidad.

2) La máxima madurez personal se expresa en un acto heterosexual que contenga satisfacción pulsional y afecto por el objeto.

3) El sujeto maduro sexualmente ha abandonado el narcisismo.

4) El deseo sexual sin afecto indica una disociación grave de la personalidad.

5) Sólo los heterosexuales son maduros, capaces de amar y respetar al objeto.

La madurez es un término que tiene que ver con la experiencia, la serenidad, el dominio de las situaciones y con el juicio o prudencia que se atribuye a la plenitud vital. La “genitalidad” (palabra que no aparece en el Diccionario) sería el sustantivo creado para designar lo relativo a lo genital, es decir, lo que sirve para la generación. Madurez genital sería pues aquella condición que alcanzan los seres humanos en su crecimiento y que permite la reproducción. Esta condición biológica, ha adquirido en la teoría psicoanalítica un estatuto psicológico que no le corresponde y que por otra parte no se sustenta en la evidencia. Seres capaces de actos que se dirigen a la reproducción abundan, y no parecieran ser todos susceptibles de ser calificados de serenos o prudentes, y viceversa. De alguna manera la imposibilidad de apreciar la sexualidad fuera del juicio moral se hace presente en la teoría psicoanalítica, que en cierto sentido no ha podido desprenderse de lo que Margo Anand llama los mitos de la sexualidad occidental.

Para introducir el tema de la mujer y el acto perverso es necesario hacer referencia a algunos elementos de la estructuración edípica de la mujer. La estructuración edípica no es simétrica en el hombre y en la mujer, de modo que las vicisitudes del proceso son diferentes.

El hombre vive la castración como amenaza, y esa amenaza lo impulsa a abandonar la relación incestuosa con la madre. El descubrimiento de la madre como desprovista de pene divide el mundo del varón en seres fálicos y seres castrados, de allí que la madre no fálica, incompleta, se torne peligrosa porque es una demostración -imaginaria- de que la amenaza del padre ha ocurrido, y debe huir de esa angustia. La mujer vive la castración como herida, como amenaza, si se quiere, pero de desvalorización. Pero, a diferencia del hombre debe asumirla, al identificarse con la madre asume la castración de ésta, y, a la inversa del hombre, es esa asunción la condición que la introduce en el amor incestuoso del padre. Al descubrir que a ella, como a la madre, le falta algo, es decir, al descubrir la diferencia de los sexos, se impulsa hacia la elección de objeto heterosexual, para ser deseada por el objeto fálico del padre.

Este proceso que en la niña lleva a una posición femenina del deseo, es el mismo que tiene el varón homosexual, lo que marca la asimetría de la situación. Una posible salida al horror de la castración que experimenta el varón es volverse radicalmente hacia el padre y despreciar todo objeto no fálico, es decir, a la mujer.

El segundo aspecto que es necesario considerar es el de la elección de objeto. Freud estableció que el Edipo es bifronte, siempre tiene dos caras, porque implica una elección de objeto homosexual y una heterosexual. Aquí tampoco hay simetría en el hombre y la mujer. Mientras que para el hombre la elección homosexual es segunda, para la mujer es primera. De modo que en el proceso de elección de objeto, lo que el hombre debe hacer es mantenerse apegado a la primera elección, que es la más intensa, y rehusar la segunda. La mujer debe abandonar la primera y constituir y mantener la segunda.

Hasta aquí vemos resumido el proceso desde el sujeto. Ahora veámoslo desde el objeto. Es decir, desde la inserción de la niña en el deseo de los padres, que a su vez operan desde su propia situación edípica. Si se tiene una visión simétrica del Edipo en la mujer y en el hombre, la relación entre la niña y la madre aparece como una relación en la cual la niña, para amar a la madre, debe asumir una posición masculina. Esta concepción resulta falocéntrica, basada en el hombre, vista desde el hombre. La niña tiene con la madre una relación mutua, que es directa, que no implica que la niña esté en posición de varón, y que es erótica, porque hay una depositación mutua de elementos libidinales, y de descargas pulsionales, y que conlleva deseo. Naturalmente la represión debe ejercerse sobre los componentes incestuosos, sobre la sexualidad explícita, pero la niña tiene la experiencia de haber sido objeto de deseo de la madre y viceversa.

¿Qué hace que la niña pueda rehusar la primera elección para constituir la segunda? Ya vimos que, por parte del sujeto, está la identificación a la castración que la impulsa a ser amada por un objeto fálico, y puesto que ha descubierto que la madre no lo es, se vuelve hacia el padre. Ahora bien, desde el punto de vista de la madre ¿qué debe ocurrir? La madre se ha presentado a la hija como objeto de identificación especular, la cual debe ser mantenida, porque se constituye así un Yo Ideal femenino; en el orden imaginario, la niña aspira a constituirse ella en la mujer admirada que es la madre, pero a la vez la madre se ha presentado también como objeto amado y para constituirse como sujeto es necesario que la hija atraviese el proceso de amar y ser amada por la madre. El varón, en cambio, debe sufrir un proceso contrario porque abandona la imagen materna como identificación especular, como Yo Ideal femenino, cuya presencia se observa en cierto tipo de homosexualidad masculina.

Desde el punto de vista de la madre deben entonces ocurrir dos condiciones, por un lado, al igual que con respecto al varón, la madre indicará que su deseo está dirigido fuera de la hija, y que se dirige al padre, al elemento tercero, por otro que no se completa con ella, que su falta, la castración, queda en búsqueda de un otro que no es la misma niña, lo cual viene a ser como un cierre al espacio al deseo de ésta. Y desde el punto de vista del padre, éste debe ofrecerse al deseo de la niña, recibir esa elección edípica que le permite a la niña constituir la segunda elección. Entonces clínicamente encontraríamos dos vertientes en la homosexualidad de la mujer. Una vertiente en la cual la primera elección adquiere tal fuerza que la mujer no puede acceder a la segunda. En este caso la madre cierra el paso a que la niña desee fuera de ella, la mantiene en una elección única, y el pene no se constituye en objeto de deseo, no produciéndose la segunda elección.

La segunda vertiente se deriva de las vicisitudes concernientes a la segunda elección. La niña, una vez que ha constituido la elección del padre como objeto de deseo, puede, por vicisitudes en la relación paterna, sufrir oscilaciones en sus elecciones amorosas, y volver a la elección materna. Esta condición de doble elección de objeto es la razón por la cual la mujer puede pasar de la homosexualidad a la heterosexualidad y viceversa, sin alteraciones profundas en la identificación. Un ejemplo de esta segunda vertiente de la homosexualidad femenina la encontramos en Freud, en el caso de la joven homosexual (1917). Freud explica que esta joven había atravesado la relación edípica y anhelaba un hijo del padre, es decir, se colocaba en la posición de ser deseada por el padre, pero sufrió una decepción edípica escenificada por el nacimiento de un hermano, que la devolvió a la primera elección, constituyéndose así en una situación homosexual.

Habiendo establecido que la diferencia de los sexos hace que los procesos con respecto a la castración no sean idénticos, existe una cierta división de opiniones en cuanto a si la mujer se estructura perversamente o no. Al respecto la ausencia del fetichismo en la mujer permite hacer algunas consideraciones. La visión del mundo previa a la castración, en cuanto a que sólo existen los seres fálicos, parece un fantasma masculino. Si la niña tiene un fantasma en relación a la castración debería ser que sólo existe un tipo de seres: los no fálicos. De modo que el descubrimiento de la diferencia de los sexos produce una situación distinta en cada uno de ellos. Para el varón, el horror a la castración, el repudio a la madre no fálica, lo sumerge en la ansiedad de que él también podría quedar sin pene. Para la niña, el descubrimiento de la diferencia de los sexos la introduce en una situación que no es el horror de la castración sino el vacío de la castración. Sobre la angustia del vacío en la mujer, como consecuencia de la castración, es importante recordar la teoría kleiniana al respecto, en la cual se describe este vacío, no como el miedo a perder un apéndice, sino a estar vacía y destruida internamente.

Por otra parte, con respecto a la diferente concepción de la castración en los dos sexos, no podemos menos que referirnos a la distinción freudiana que caracteriza a la roca del inconsciente como angustia de castración en el hombre y envidia al pene en la mujer. Si para el hombre la castración es amenaza a su identidad fálica, para la mujer es desvalorización que amenaza su identidad.

La homosexualidad masculina, el fetichismo, el exhibicionismo, son actos en los cuales el hombre desmiente la ausencia de pene en la mujer y vela la castración. Una afirmación y un repudio. En la homosexualidad femenina, la mujer no desmiente la castración, la afirma para evadirla, defendiéndose del vacío y proponiéndose ella misma como sustitución del emblema fálico. Este emblema fálico puede sustentarse en una identificación masculina o no, de modo que la sustitución del emblema fálico en relación al deseo de la madre no acarrea necesariamente el deseo de ser hombre, sino de obturar el deseo materno, lo cual la mujer puede hacer desde una posición femenina, en base a la primera elección edípica. Podrían formularse estas diferencias en cuanto a la dialéctica de la castración del siguiente modo: para el varón la castración materna puede conducir a establecer “mi madre no tiene pene pero sí lo tiene”. En la mujer: “mi madre no tiene pene pero no lo necesita”. Hay una lógica de los sexos que aparece distinta. En el varón, al comprobar la existencia de su pene, que es un real, conlleva la angustia imaginaria de perderlo. En la mujer, la relación homosexual es, si se quiere, un redoblamiento de la castración. Así como la homosexualidad masculina es un culto fálico, un culto a la masculinidad, en la mujer es un culto a la feminidad. Precisamente para introducirse en la heterosexualidad, la mujer requiere, no sólo asumir su propia castración, sino también mantener el valor fálico, que la lleve a querer ser deseada por el hombre. La homosexual busca una caída del valor fálico, al establecer que la causa de su deseo está fuera del hombre y que ella, sin ser fálica, puede constituirse en causa de deseo.

Esta aproximación diferente a la castración explica la ausencia de fetichismo en la mujer, en la medida en que no tiene, como el varón, la necesidad de hacer aparecer el pene de la madre a través del objeto fetiche. Sin embargo, la mujer puede participar en la práctica fetichista, cuando el hombre utiliza el fetiche, no como objeto único, sino como condición de la causación del deseo, desembocando después en un acto heterosexual, así como también puede ser “partenaire” en las relaciones sádico-masoquistas. La mujer acepta estas prácticas hasta un “cierto punto”. La razón de la aceptación es un desbocamiento de la histeria, es decir, una irrefrenable necesidad de ser deseada por el otro, y el “cierto punto” en el cual la mujer no puede aceptarlas más, tiene que ver con un suspenso del deseo, es decir, con la comprensión de que ella no es deseada, que ha quedado anulada bajo el fetiche. Otro tanto podría decirse que ocurre en la participación de prácticas sádico-masoquistas.

Hasta aquí se ha hablado de la participación de la mujer de estructura neurótica en actos perversos. En la psicosis es relativamente frecuente encontrar homosexualidad, y también en las situaciones delirantes en las cuales la mujer se impersonifica como hombre hasta llegar al delirio transexual. En estas situaciones se trata de que la mujer no ha entrado en la diferencia de los sexos, ni se ha aproximado al vacío de la castración, porque no ha asumido su género, es decir, no se ha producido una identidad entre el género real y el asignado.

Si la castración ofrece una problemática diferente para el hombre y la mujer, problemática que no parece suficientemente dilucidada, ¿cuál sería la entrada de la mujer en la perversión, en la estructura perversa como tal? La fórmula perversa que dice Lacan, es: “Tengo derecho a gozar de tu cuerpo, puede decirme quienquiera, y ese derecho lo ejerceré, sin que ningún límite me detenga en el capricho de las exacciones que me venga en gana saciar en él”. Esta sería la fórmula con la cual el perverso escucha la voluntad de goce del otro, y ante quien se constituye en instrumento de placer. La posición femenina es la posición del goce en el perverso, se ha dicho. Esta es la explicación por la cual algunos autores niegan la presencia de la estructura perversa en la mujer, la mujer en posición perversa estaría en su propia posición. Si bien no es fácil dilucidar suficientemente esta cuestión, es necesario considerar que la posición femenina no es ser instrumento del goce del otro, sino objeto de deseo del hombre; que el hombre ocupe el lugar de un Otro absoluto, quien quiera, con derecho sin límites, y que el deseo sea suplantado por la voluntad de goce, efectivamente se inserta en una posición posible para la mujer, de ahí no habría obstáculo a que la mujer ocupe ese lugar, pero a la vez se trataría de una perversión de la posición femenina. Una autora norteamericana, Laura Kaplan, considera entre las perversiones de la mujer, la extrema sumisión. Quizás desde un punto de vista estrictamente psicoanalítico no puede sustentarse esa afirmación, pero ofrece una discusión interesante la consideración de si la extrema sumisión puede llevar a la mujer a colocarse en la voluntad de goce del otro y ser su entrada a la perversión.

Comentaré por último un acto perverso de la mujer que me parece menos tratado en la lista de las perversiones, me refiero al exhibicionismo. El exhibicionismo en la mujer se presenta de manera diferente que en el hombre. En éste se refiere a los genitales, y es un acto anónimo y clandestino, perseguido por la ley social. En la mujer se presenta referido a todo el cuerpo, es un acto público y puede con frecuencia ser no sólo lícito, sino también comercial. No se trata de la exhibición como parte de la seducción y que tiene la intención de propiciar el deseo, ya que en todo caso ese sería un acto de la sexualidad perverso-polimorfa cotidiana, sino a que existe la posibilidad de que la mujer entre en la perversión, cuando a través de la exhibición de su cuerpo, quiere ser instrumento de goce de un Otro, anónimo, fuera del deseo y del amor, y que vendría a establecer una cierta complementariedad con el voyeurismo. Esta modalidad fácilmente se desplaza hacia la prostitución y la pornografía, fenómenos sociales muy interesantes que no deberían reducirse al análisis económico y social, porque finalmente son sustentados por sujetos de inconsciente.

Cultura de la mujer y estructura de la perversión

La disociación de la vida erótica en la mujer. La sexualidad femenina: amor, placer, maternidad.

Existe algo que es el orden sexual: un cierto modo de organizar la división de los sexos, de regir las relaciones entre ambos, de adscribir, de acuerdo al sexo, funciones inscritas en la economía de una sociedad dada, de asignar pautas de conducta social, y un modo de condicionar los fenómenos insertos en la sexualidad, tales como la elección de objeto, el deseo, el amor, el placer, la maternidad.

El orden sexual no es estático, está sujeto a las variaciones de las categorías religiosas, sociales, económicas, que conforman un cierto estado de la cultura. De modo que los sujetos tampoco son estáticos, no existe tal cosa como “el eterno femenino”, ni tampoco “el eterno masculino”. Existen sujetos de la cultura que van siendo determinados por ella, y a la vez, tienen una cierta capacidad de determinarla y modificarla. En este orden de ideas, tampoco podría existir el psicoanálisis estático, siempre igual a sí mismo, repitiendo las mismas verdades, por los siglos de los siglos. Y tampoco existe el inconsciente estático, este es un concepto de Jacques-Alan Miller que resulta de enorme poder de clarificación, y es que el inconsciente, en la medida en que va siendo interpretado, cambia.

Al enunciar el título de la conferencia como “cultura de la mujer”, estoy haciendo referencia a que existen dos tradiciones históricas bien diferenciadas, que corresponden a la cultura del hombre y de la mujer, y que son el resultado de la división que comporta el orden sexual. Excede el marco de este trabajo intentar un recorrido histórico sobre ellas porque nos alejaría demasiado del tema, pero sí es importante subrayar que no se trata de un tema superficial, en el sentido de que los niñitos son educados distinto que las niñitas, de lo cual resultan patrones culturales diferentes. Es una división que afecta en profundidad a la relación del sujeto con la sexualidad, de acuerdo a la condición sexual que le haya tocado en suerte, y por lo tanto tiene que ver con el inconsciente porque éste tiene una articulación sexual.

Quizás en este momento histórico nos encontramos -estoy repitiendo una frase de Shere Hite-, en un momento crucial de la cultura en el cual estas tradiciones se están encontrando y tienen la posibilidad de producir algo diferente. Lo que podría producirse como diferente, es una cultura heterosexual. Cuando Freud (1913) escribía en “Totem y Tabú” acerca de los lazos que unían a la sociedad desde el punto de vista libidinal, decía que eran lazos homosexuales, entendiendo la fraternidad y cooperación como sublimaciones de vínculos homosexuales masculinos. Por su parte, las mujeres han desarrollado también una cultura homosexual, en el sentido de la solidaridad o cooperación entre ellas, en la medida en que la cultura masculina las ha excluido. Quizás no se ha producido totalmente una cultura heterosexual, como sería la vinculación social entre los sujetos de uno y otro sexo, lo cual implicaría, en primer lugar, que no se trata del poderío de un sexo sobre otro, y en segundo lugar, la posibilidad de una vinculación en la cual el espacio social creara una cultura común para articular las diferencias de los sexos, que ha sido históricamente, más que una articulación, una división.

Ahora bien, este acercamiento contemporáneo de las dos tradiciones que menciona Hite, no es universal ni simultáneo, y es evidente que algunas culturas y algunos individuos están más cerca de ese encuentro que otros, que siguen anudados rígidamente a su división histórica.

Desde el punto de vista psicoanalítico es necesario dar cuenta de la organización del inconsciente, que no es otra que la organización de la sexualidad, y desde allí aparecerán una serie de fenómenos inscritos en la sexualidad, relacionados entre sí pero también diferentes: el amor, el deseo, el placer, la maternidad. Al considerar cómo ha resultado organizada la mujer, puede decirse en términos generales, que la mujer occidental tiene una organización histérica, del mismo modo que el hombre la tiene obsesiva. Trataré entonces de describir los elementos más significativos de la cultura de la mujer en torno a las disociaciones de su vida erótica. De entrada es necesario considerar también que el orden sexual ha dejado igualmente en el hombre importantes disociaciones.

En su trabajo, “Contribuciones a la Psicología del Amor”, Freud escribe dos artículos titulados “Un Tipo Especial de Elección de Objeto” (1910) y “Sobre la Tendencia Universal a la Desvalorización en la Esfera del Amor” (1912).

En el primero dice Freud que ha observado un tipo de elección amorosa en los hombres en la cual se produce una atracción, “por una mujer que de alguna manera tiene una reputación sexual mala, cuya fidelidad y confiabilidad está interrogada. Esto puede variar entre límites sustanciales, desde un ligero escándalo de una mujer casada que flirtea, hasta el modo abiertamente promiscuo de una “cocotte” o de una adepta al amor. Esta condición necesaria puede llamarse “amor por la prostituta”. Más adelante añade: “En el amor normal, el valor de la mujer se mide por su integridad sexual y se reduce por cualquier acercamiento a la característica de ser como una prostituta”.

Hay una nota al pie de página del traductor Strachey, digna de consideración. La palabra alemana utilizada por Freud es “dirne”. Strachey la tradujo por “prostituta”, pero quedó preocupado por la relación de la palabra con el intercambio monetario que connota, y comenta que quizás hubiera sido mejor traducir por “harlot”, pero tampoco lo convenció porque en inglés “harlot” tiene una connotación anticuada y bíblica. “Harlot”, en el diccionario, nos remite de nuevo a “prostituta”. Esta disquisición sobre el término no es banal, porque muestra la dificultad del hombre por nombrar el deseo de la mujer, que inmediatamente es connotado de prostitución, aunque paradójicamente es lo más opuesto, ya que la prostituta no desea al hombre, sino uno de sus emblemas: el dinero, y la homosexualidad es fenómeno frecuente entre prostitutas.

Freud explica esta disociación del hombre diciendo: “El hecho de que mujeres con estas características sean consideradas como objetos de alto valor parece apartarse de lo normal en forma sorprendente”. Y añade que esta disociación masculina es el resultado del Complejo de Edipo en el cual la mujer está dividida entre: a) la mujer sexual = prostituta; b) la mujer pura, no sexual = madre.

En el segundo artículo mencionado dice Freud que algunos hombres “donde aman no desean y donde desean no pueden amar”, y que el hombre siente que su respeto por la mujer actúa como una restricción de la actividad sexual y que éste sólo desarrolla totalmente la potencia con un objeto sexual desvalorizado, porque es allí donde puede introducir los elementos perversos de la sexualidad. En este artículo no categoriza cuáles son esos elementos perversos y queda un interrogante. Considera que la contrapartida de la mujer a esta característica masculina es la condición de prohibición de la sexualidad. “En las mujeres no hay muchos signos de que necesitan desvalorizar a su objeto sexual. Esto está sin duda conectado con la ausencia en ellas como regla, de algo similar a la sobrevaloración sexual que se encuentra en el hombre”.

No puede obviarse que se desprende una paradoja de estas consideraciones: Freud titula su trabajo como “la tendencia universal a la desvalorización del objeto sexual”, y luego distingue nítidamente que se trata de un fenómeno particularmente masculino. Muestra aquí un ejemplo de lo que llamé cultura homosexual, es decir, que toma lo universal como lo que pertenece a uno solo de los sexos.

Probablemente esta concepción es lo que llevó a Simone de Beauvoir -cuya importancia en el estudio de la condición de la mujer no requiere de comentarios- a decir que quien quiera estudiar a la mujer debe separarse radicalmente de Freud. Sin embargo, a la vez, ésta sería una radicalidad que niega que es precisamente el Psicoanálisis la disciplina que vino a poner en valor el deseo y el placer de la mujer que estaban relegados, y hasta cierto punto, excluidos de la cultura, aunque también es necesario admitir que Freud reprodujo de alguna manera el discurso sexual falocéntrico. En todo caso, en estas reflexiones no se pretende reconsiderar todo el problema de las relaciones entre los sexos; solamente recordar que el orden sexual deja en todos -hombres y mujeres- un discurso que repetimos y que merece ser releído.

Retomando el artículo de Freud, encontramos que las conclusiones que se derivan son las siguientes:

a) la valoración de la mujer depende de que ofrezca fidelidad y confiabilidad.

b) el deseo sexual de la mujer, fuera de los límites de la fidelidad, es categorizado como prostituido, es decir, despreciado.

c) hay dos mujeres: una pura que es la madre, y una impura que es sexual.

d) el hombre requiere introducir elementos perversos para alcanzar el desarrollo total de su potencia sexual.

e) la contrapartida de la mujer a esta característica masculina es la prohibición.

Si bien éstos no son todos los aspectos de la obra de Freud con relación a la mujer, de estos señalamientos puede deducirse que la organización sexual que propone Freud para la mujer es de naturaleza histérica, y en cierta forma propone también una oposición de la mujer a la perversión.

¿Por qué es de naturaleza histérica? Porque la fidelidad es una característica que tiene que ver con el amor, no con el deseo. El deseo sólo puede ser fiel a sí mismo, es el orden del amor el que permite que los seres humanos mantengan sus vínculos, más allá de la causación del deseo, porque el amor está basado en la ilusión de unidad, complementariedad, idealización, valoración del otro. La estructura del deseo, si bien no es anárquica porque en cada sujeto responde a la relación fantasmática con su objeto, y ésta tiene características peculiares e individuales, no responde a la fidelidad con la “persona”. El deseo no se establece con otra persona sino con una persona que encarna al objeto parcial, causante de deseo, y puede muy bien ser encarnado en alguien que desde el punto de vista de la valoración social, es despreciable, aunque las valoraciones sociales son también bastante arbitrarias.

Al privilegiar en la mujer la estructura del amor sobre el deseo, ¿qué ocurre con el deseo en la mujer? Freud responde: está prohibido. La prohibición actúa para la mujer como una especie de objeto-causa-de-deseo, y queda indisolublemente ligada a su sexualidad. ¿Y no es esta la estructura histérica? Que después se produzca una alteración en la función sexual del placer, es decir, la frigidez o la inhibición, es la consecuencia inevitable. La mujer debe ocultar su deseo. Es Freud quien primero problematiza esta condición y plantea que no es lo normal que esto ocurra, que la mujer debe también tener placer y desear. En ese sentido, Freud revoluciona la visión de la mujer, porque históricamente en la cultura occidental el deseo de la mujer estuvo oculto y condenado. La mujer, inclusive dentro del matrimonio, no debía tener placer, porque el deseo es siempre amenazante, pone en riesgo la fidelidad, de modo que el deseo no contaba en la elección de objeto por parte de la mujer. No es extraño entonces que la estructura histérica tenga por lema: ser el deseo del otro, y que exista una conexión entre histeria y feminidad, porque este lema ha condicionado la sexualidad de la mujer durante siglos.

Ahora bien, podríamos decir: esto es Freud 1910, las cosas han cambiado. Vemos el informe Hite, de 1987, titulado “Mujeres y Amor”, de Shere Hite, el cual es un estudio basado en encuestas realizadas en los Estados Unidos, sobre una muestra representativa de la población. Hite nos dice “Toda la escena coloca a la mujer en una situación imposible. Una mujer que conoce a un hombre o empieza unas relaciones, tiene la sensación de que si no se acuesta con él relativamente pronto acaso no vuelva a llamarla, pero si se acuesta con él es posible que no la tome en serio ni la respete y tal vez tampoco vuelva a llamarla”. El 53% de las mujeres fantasea a veces acerca de una vida sexual muy libre; casi todas se atemorizan también de tales pensamientos y muestran inquietud ante la posibilidad de “hacerse demasiado sexuales”. Veamos que dicen los hombres: en una muestra de estudiantes universitarios, se les preguntó si estaban de acuerdo con el doble patrón para enjuiciar la conducta sexual del hombre y la mujer. El 92% contestó que no, es decir, que debe haber un solo patrón. Entonces se les preguntó si tomarían en serio a una mujer que en el año anterior hubiera tenido entre diez y veinte relaciones sexuales con diferentes hombres. Sólo 35% contestaron que sí. Entonces se les preguntó si tomarían como un amigo serio a un hombre que hubiera tenido entre diez y veinte relaciones sexuales con diferentes mujeres y el 95% contestó que sí.

Parece evidente que el doble patrón sigue funcionando, más allá de las declaraciones que lo pretenden superado. Sin embargo, lo que resulta interesante es que en el discurso de muchas de las mujeres que responden a esta encuesta, hay otra queja, quizás más profunda, y es que ellas no desean vivir la sexualidad “como los hombres”, que ellas sienten que deben someterse a la nueva cultura que las lleva a actuar un deseo sin consecuencias, y el 83% expresa que prefieren el trato sexual con compromiso sentimental antes que un trato sexual casual.

La cultura contemporánea, más que resolver las disociaciones de la vida erótica de la mujer, la ha empujado a asumir las del hombre. Dice Hite que la ideología de la masculinidad ha afectado profundamente la propensión al amor y a la intimidad en el hombre y que lo que se ha producido es una situación en la cual la mujer debe adoptar valores tradicionalmente considerados como masculinos. Debe entenderse que se está hablando en términos generales, en términos del espíritu de una cultura determinada, y no de individuos y casos particulares.

Volviendo al tema de la perversión, vimos que Freud insistía en la importancia que para el hombre tiene introducir elementos de perversión, a fin de alcanzar la totalidad de su potencia. Es de suponer que no estaba refiriéndose a la estructura perversa sino a la introducción de elementos perverso-polimorfos en la relación sexual, y que para ello necesitaba una mujer “despreciable”. De ese modo, se propone una disociación en su elección, pero también una disociación en la mujer, ya que queda excluida de un cierto placer, en aras de sustentar la insignia de la respetabilidad o la confiabilidad. Durante muchos siglos, y no parece haber desaparecido, la insignia que hace a la mujer respetable es el matrimonio, institución que asegura, por lo menos en la letra, que su deseo está sujetado. Sin embargo, la mujer completa es la madre. Esta no es una idea freudiana, se encontraba bien anclada en la cultura occidental, y esta disociación que Freud propone entre la mujer pura que simboliza a la madre y la prostituta, que simboliza a la mujer sexual, tiene en la religión católica una representación de primer orden en la Virgen María. La necesidad de hipervalorizar a la maternidad tiene bases sociales y económicas muy importantes, relacionadas con la necesidad de la reproducción social, en la cual el papel biológico de la mujer adquiere mayor importancia que el del hombre, dadas las características de la reproducción desde el punto de vista fisiológico. Pero hoy en día, entrando al siglo XXI, esto ha cambiado, entre otras cosas porque el mundo necesita menos niños. ¿Qué ocurrirá entonces con la mujer a la que se le ha venido repitiendo que su plenitud pasa por la maternidad? Freud insertó la maternidad como una respuesta a la castración, es decir, una manera de tapar la falta de pene en la mujer, de modo que el hijo adquiere un valor fálico, y resaltó el papel de la maternidad en la sexualidad cuando afirmó que un matrimonio bien avenido era aquél donde la mujer se aceptaba como madre del hombre. Melanie Klein no se aparta mucho de esto porque considera que para la mujer es mucho más importante la relación con los hijos que el placer sexual. Una visión completamente diferente podría ser la de una analista lacaniana, Marie-Helene Brousse, que sostiene la idea de que la relación de la madre con el hijo es de naturaleza perversa, en el sentido de que el hijo opera como tapón de la falta. Es decir que considera la maternidad estructurada de la misma manera que el fantasma del deseo para el hombre, que en cierta forma sustituye en la mujer a la relación perversa. Esta afirmación, que tiene un poco ese tono de lo que los franceses llaman “sorprender al burgués”, contrasta con que después de ese concepto tan subversivo, vuelve a la consabida fórmula de repetir que la mujer “no existe en el inconsciente, sólo la madre”, fórmula que sospechosamente no es analizada a la luz de la contradicción que comporta. Decir que el significante “madre” existe en el inconsciente, equivale a afirmar que la madre está dentro de lo reprimido, cuando más bien es el deseo, el deseo de la mujer lo que parecería formar parte de lo reprimido. Pero en todo caso, he elegido comentar la opinión de esta analista porque vuelve al discurso de que la mujer existe en tanto madre, que no es un concepto lacaniano, ni freudiano, sino bastante anterior y más universal. Que la mujer se haga valer como madre no es solamente una pauta cultural, tiene una relación mucho más profunda que tiene que ver con la organización de la sexualidad, porque resulta, que, dadas las condiciones anatómicas y fisiológicas de la mujer, para ser madre no es necesario ni el placer, ni el deseo, ni el amor. Trabajando como psicóloga de la Maternidad Concepción Palacios, pude comprobar que no una, sino muchas mujeres, desconocían no sólo la experiencia del orgasmo, sino el concepto de orgasmo. Si se quiere mayor disociación, es difícil encontrarla. Sin embargo esto no es lo usual dentro de la práctica psicoanalítica, lo usual es encontrar los efectos de la disociación madre/mujer que deja una dificultad y una interrogante en la mujer, acerca de bajo cuál emblema colocarse, y que probablemente la inclina mucho más del lado de la maternidad porque asegura una valoración social más inmediata.

La maternidad, desde el punto de vista del discurso social, es una demanda a la mujer, variable según las circunstancias sociales y económicas, pero que tiene también un lugar en el discurso psicoanalítico. Hay una hipervaloración de la maternidad, que traduce a veces un espíritu tan religioso como el de la exaltación a la maternidad de la Virgen-Madre. La maternidad asegura a la mujer un cierto estatuto psicoanalítico, relacionado con la “madurez genital”, en algunas teorías; en otras garantiza una buena relación con su propia madre, o también una conclusión de su firme identidad femenina. Hay para todos los gustos. Quizás la teoría que va al fondo de las cosas, que más dice acerca de la estructura de la mujer, es la vieja concepción freudiana de que el hijo -sobre todo varón- tapa una falta en la mujer, recubre su vacío, enmascara su castración, y es en el fondo una de las expresiones más evidentes del Narcisismo, en tanto proporciona un significante bajo el cual ser, una plenitud prometida, una consideración a reclamar, y sobre todo un destino a ejecutar. En todo caso, la madre habla, la madre está en el discurso, está en el inconsciente, tiene un espacio social. Es la mujer la que no habla, la que no tiene un significante, y es su deseo lo que queda por ver. Es esta la lección que nos enseñan las grandes histerias que estudió Freud con Charcot y que lo llevaron a la comprensión de la conversión como una manera muda de expresarse el deseo sexual de la mujer.

Veamos el opuesto, la disociación que Freud marcaba acerca de la mujer: la prostitución y una de sus variantes, la pornografía. La prostitución es de alguna manera el desecho de la perversión. Cuando el hombre no tiene una pareja perversa, una mujer que puede establecer con él un pacto, aparece la prostituta como lugar de vaciado de todo aquello que el hombre quiere realizar, pero que su pareja neurótica no le aceptaría. A su vez, la prostituta ejerce una venganza: “ser puta tampoco degrada, es un modo de humillar a los que humillan”, dice una frase del libro “Punta del Este, la noche de los 500 amores”, escrito por una prostituta. La prostituta ejerce una venganza contra el hombre, que podría ser formulada así: seré objeto de tu placer pero tú no del mío. Y el dinero se transforma en el símbolo de ese desprecio. La prostituta se acerca a la perversión en el sentido de que se coloca como instrumento de goce, pero es un instrumento sin voluntad, es decir, no está impulsada por la voluntad de producir el goce del otro, sino dentro de la demanda. Acude a la demanda del hombre, y subrayo, a la demanda y no al deseo, porque la prostituta rara vez es deseada, y solicita a cambio otra demanda, que es el dinero, sustituto de la demanda amorosa. No acude al deseo, porque salvo en el caso de que un hombre encontrara en una prostituta su objeto de deseo específico, es demandada para ser receptáculo de sus pulsiones, o si se quiere, de sus pulsiones organizadas en un fantasma. La prostituta es uno de los ejemplos de rechazo al deseo masculino más evidente. Aunque el peso económico-social es muy fuerte en el análisis de la prostitución, es posible dar cuenta del fenómeno desde un punto de vista psicoanalítico. La prostituta se sitúa en la posición de estar fuera de su deseo y de su amor, y muestra un absoluto desprecio por el hombre, en el sentido de que devuelve la humillación. En este sentido los actos perversos que realiza como parte de su contrato no indican una perversión de parte de ella, ya que no le interesa la satisfacción del goce, sino de la demanda.

La pornografía es un fenómeno muy relacionado con la prostitución, en el sentido de que el material pornográfico es un objeto comercial. El actor pornográfico -hombre o mujer- desea encontrar la demanda, y el intercambio entre su acto y quien lo recibe pasa por ser también un objeto de mercado. Desde la óptica de la mujer parece ser uno de los puntos de contacto con el exhibicionismo. Faltaría saber hasta qué punto el actor o actriz pornográficos eligen ese camino, dentro de la producción de servicios, a fin de ser sujetos de la perversión con una cierta coartada, ya que el acto pornográfico -independientemente de su contenido- remite siempre a un elemento perverso-polimorfo relacionado con la pareja voyeurismo-exhibicionismo. No ocurre así en la prostitución que puede reproducir actos perversos o no.

Queda bien entendido que estos comentarios se refieren a la prostitución como oficio, como intercambio comercial, y la aclaratoria se hace necesaria, porque esa disociación de la que nos hablaba Freud en 1910, no ha quedado completamente borrada. Prostituta es el insulto dirigido a la mujer, la palabra que marca la mayor ofensa que recibe, cuando el discurso social condena su conducta, o su deseo. Lamentablemente no son las prostitutas sujetos frecuentes de la consulta analítica; habría mucho que aprender allí acerca de la mujer, en esa figura considerada en algunas culturas antiguas como sagrada, objeto de desprecio y codicia, que a pesar de las transformaciones sociales, y aun en los regímenes más avanzados, no termina de desaparecer. Sobre ella, la cultura delega ese objeto de desecho, todo aquello que resulta deleznable, y representa una de las disociaciones más hipócritas en lo tocante a la vida erótica, que concierne no sólo a los hombres sino también a las mujeres.