La cuestión de la democracia en el imaginario venezolano

Foro La juventud y la política en el siglo XXI. El poder y la democracia en Venezuela. Mesa Poder político y cultura. Asociaciones de egresados universitarios (Universidad Central de Venezuela, Universidad Católica Andrés Bello, Universidad Simón Bolívar, Universidad Metropolitana y Universidad Monte Ávila). Caracas, 28 de octubre, 2011. En Cuadernos Uuimetanos. Universidad Metropolitana, Año VII. No. 30. Julio 2012.

  La democracia es un bien escaso, que podemos lograr pero también perder, y su construcción y mantenimiento es una tarea permanente para cualquier sociedad. Para algunos pensadores de indudable legitimidad, el pueblo venezolano tiene una indomable vocación democrática, de modo tal que los momentos antidemocráticos que puedan eventualmente presentarse en algún tramo de su historia son pasajeros. Ciertamente, todo momento histórico es por definición pasajero, pero no es esa una respuesta suficientemente tranquilizadora. No comparto la opinión según la cual “el ADN venezolano es democrático”. No hay nada en los venezolanos que asegure su destino democrático, como tampoco hay nada que asegure lo contrario. En Venezuela tuvimos un sistema político que construyó un Estado liberal democrático, cuyo momento inaugural puede localizarse el 18 de octubre de 1945, su momento emblemático el 23 de enero de 1958, y su decadencia comenzó en la década de los años ochenta, con varias fechas significativas: 1983 –año de de la devaluación de la moneda–; 1989 –año en que se produjeron los sucesos conocidos como el Caracazo;  1992 –año en que tuvieron lugar dos golpes de Estado conducidos por el Movimiento Bolivariano Revolucionario 200; y 1998 –año en el que uno de los comandantes golpistas obtuvo el triunfo electoral en las elecciones presidenciales con una amplia mayoría. En estos más de cincuenta años hemos recorrido el auge y el derrumbe del sistema democrático. El derrumbe del mito democrático consolidó una matriz de opinión (que persiste hoy) según la cual Venezuela quedó literalmente destruida durante el período de la democracia representativa; opinión, creencia o sentimiento que se transformará en idea fuerza en el discurso de la Revolución Bolivariana y será una de las coordenadas del mito y utopía que propone. La negación de todo lo construido a partir de 1958 se insertó en el pensamiento de los venezolanos como una idea irrefutable; en mi opinión no suficientemente contestada por los factores opositores, que por temor al rechazo de los electores, han mostrado una conducta tímida, y hasta cierto punto avergonzada, en la defensa de los innegables logros del período. Nos encontramos hoy en un momento signado por la posibilidad de reconstruir ese sistema, o al menos de refaccionar el actual sistema político para que alcance de nuevo la calificación de democracia. Tenemos, a mi juicio, factores a favor y en contra, desde el punto de vista del imaginario; es decir de nuestras matrices culturales, percepciones, autopercepciones, creencias, mitos y valoraciones. Entremos, pues, en las representaciones del imaginario político venezolano, aunque quizá sería más preciso hablar de representaciones imaginarias y simbólicas, que no son en sí mismas ideas políticas pero tienen como consecuencia efectos políticos. Incluyo aquí algunos testimonios que he recogido recientemente de jóvenes venezolanos, estudiantes o egresados de prestigiosas universidades caraqueñas, o de sus profesores, y en la prensa. Anécdota 1. El joven confiesa que considerando la historia de Venezuela en búsqueda de lo más importante y trascendente que hay en ella encontró dos eventos: la Independencia y la Alcaldía de Chacao. Anécdota 2. Los recién ingresados a la universidad, en su amplia mayoría, no saben quién fue Rómulo Betancourt. Anécdota 3. Los estudiantes discuten en clase acerca de las instituciones democráticas. Como no logran definirlas son estimulados a dar algunos ejemplos que resumen así: las leyes de tránsito, instrumentos para poner orden. Anécdota 4. Ante la tarea de escribir acerca del ex presidente Carlos Andrés Pérez, el niño pregunta por qué se dejó destituir, ya que siendo presidente, era el que mandaba[1]. Anécdota 5. Un profesional de 32 años de edad coloca en Facebook un comentario positivo de Rómulo Gallegos y Andrés Eloy Blanco relacionándolos con Acción Democrática. Sus amigos y contemporáneos “chalequean” el comentario; por otra parte desconocen la vinculación política de ambos escritores. Las anécdotas antes referidas son indicadores estadísticamente irrelevantes pero, al mismo tiempo señales inquietantes de que el conocimiento del sistema democrático comienza a experimentar un severo deterioro en al menos las dos ultimas generaciones de venezolanos. Aquí suelo siempre citar a la profesora Maritza Montero (1984), pero como hoy tengo el gusto de su compañía, me limito a anotar, que en investigaciones conducidas por ella, en la década de los años ochenta, se registraba una autoimagen de los venezolanos caracterizada por la pasividad, la falta de cultura, el irrespeto a las leyes y la prodigalidad; así como por la alegría, simpatía e inteligencia. El psicólogo social José Miguel Salazar (2001: 118-120) reporta que en estudios llevados a cabo en los años setenta, y luego en los noventa, los venezolanos puntearon muy alto en poder, medianamente en afiliación, y muy bajo en logros. Se desprende de estos resultados que la cultura venezolana no aprecia la ejecución eficiente y el logro como cualidades prioritarias; no quiere esto decir que los venezolanos no sean capaces de adquirirlas sino que no son valores privilegiados que ejerzan una fuerza motriz en la sociedad. De allí podemos deducir que la capacidad de ejecución social es considerablemente menos deseada que el poder, y ello es congruente con la cultura heroica que rige en Venezuela y que veremos a continuación. Pero antes añadamos a estas consideraciones las conclusiones del sacerdote y sociólogo Alejandro Moreno. Para este investigador el sentido de vida del pueblo venezolano no es el progreso sino el mantenimiento y disfrute de lo que denomina la “trama materna”. La comunidad, que de este sentido de vida emerge, “se construye siempre a la manera de la trama familiar”, es decir, una “comunidad solidaria pero con una solidaridad de tipo materno, esto es, no basada en acuerdos ni en razones sino en afectividad”[2]. Silverio González Téllez (2005: 141­146) cita a Samuel Hurtado[3], quien propone tesis similares a las de Moreno para explicar que la clave de la cultura y la identidad venezolana difiere de la ética occidental en la ausencia de pacto social de convivencia. El comportamiento doméstico predomina sobre el comportamiento social, y la ética de esa socialización está determinada por una cultura matrisocial. González retoma la noción de “crisis de pueblo” de Briceño Iragorry para centrarla en “las fijaciones primitivas de la matrisocialidad”, que privilegian los vínculos afectivos y privados del grupo tribal sobre los impersonales, indispensables para establecer normas de convivencia y criterios universales. De allí se genera una inconsistencia en la observancia de las leyes “que son para los otros, no para los míos”. De acuerdo con estas hipótesis, el sujeto desconfía de los otros, de la ley y del Estado, y sólo respeta las leyes tribales. Esta posición no sé si es antidemocrática pero con seguridad no es democrática. Es la negación del contrato social. La valoración de la ciudadanía es un tema fundamental en lo que venimos considerando. Para nadie será un descubrimiento que en los últimos años la palabra ha sufrido una sensible disminución (cercana a la eliminación) en los discursos públicos, y ha sido sustituida por la palabra pueblo. Esto no es irrelevante. El pueblo es un concepto inclusivo pero amorfo, anónimo, masificante. Todos y nadie lo conforman. Ciudadano es un concepto singular, particulariza al sujeto, lo individualiza. Ahora bien, ¿en qué consiste serlo? O mejor dicho, ¿qué condiciones lo caracterizan? No pretendemos una definición política del término, sino un acercamiento a la cultura que se desprende del mismo. ¿Quiénes son los ciudadanos? En principio los constructores de la sociedad; los que viviendo en ella contribuyen a su permanencia y crecimiento a través de la producción social: de trabajo, de educación, de valores, de proyectos, de sentidos colectivos; y tienen derechos en tanto tales con respecto al Estado y con respecto a los otros. Ser conciudadanos no significa que pensamos lo mismo o que queremos lo mismo; no se trata de la pertenencia a un proyecto totalitario. Significa que, aun a pesar de nuestras diferencias, e incluso gracias a ellas, somos partícipes de una empresa que nos interesa a todos. Significa que somos individuos particulares sometidos a normas colectivas que hemos aceptado, es decir, que nos regimos por leyes para asegurar la convivencia pacífica, y que cuando se transgreden esas leyes, la misma sociedad, a través del Estado, tiene la obligación de restituir la justicia y el bien común; desde imponer una multa por estacionar mal el automóvil, hasta la privación de libertad en castigo por un crimen. Pues bien, pudiéramos decir que entre los venezolanos hay muchos que respetan las leyes y contribuyen a la construcción social, y abundan quienes se sienten y son individuos que, dentro de la pertenencia a la comunidad nacional, mantienen una conciencia individual, y desde ella toman decisiones para dirigir sus vidas. Pero ocurre también que la cultura ciudadana no es la portavoz del discurso mayoritario. Los venezolanos hemos sido educados en la cultura de los héroes.  Y ciudadano y héroe son conceptos muy distantes. Para Axel Capriles (2008: 36) “en la psicología del héroe no hay espacio para los quehaceres de la paz. Desconoce el mérito del trabajo y el valor de los imperceptibles logros ordinarios. Desprecia el empeño metódico y constante”. Esas y otras valoraciones son la desafortunada consecuencia de haber impuesto al héroe guerrero como modelo de identificaciones para los venezolanos, y de haber instalado la guerra de Independencia como única proeza de la venezolanidad. Afirma Rafael Arráiz Lucca (1999: 83)  
En Venezuela no educamos con el ejemplo de los ciudadanos sino con el ejemplo de los héroes militares… aquí a los niños se les alienta con la búsqueda del poder, de la gloria de los hombres armados.
  De estos paradigmas derivan los códigos heroicos degradados que inundan el imaginario venezolano, y que resumo a continuación. El culto revolucionario tiene sus raíces en el seguimiento arbitrario del ejemplo bolivariano entendido como la pasión por arrasar con el pasado, y el permanente deseo de empezar todo desde los cimientos. La confusión de los tiempos y los propósitos de la gesta independentista con los contemporáneos desemboca en una perenne exaltación de la ruptura, que desacredita lo existente en pos de ideales utópicos, sin otra justificación que la búsqueda irresponsable de la renovación permanente. Tiene esto mucho que ver con la dificultad para perseverar y concluir, así como para aceptar la modestia de las tareas posibles, aunque no sean grandiosas ni utópicas. Esta fascinación por la “revolución” no es patrimonio de la política, ni tampoco una novedad introducida por la Revolución Bolivariana. Dice Gisela Kozak (2008: 9­16) que “el pensamiento, la literatura y el arte en Venezuela… para nuestro infortunio, se han prestado en demasiadas ocasiones para justificar la rebelión, el espíritu contrario a la institucionalidad, la violencia, el caudillismo o el rigor dictatorial como destino inevitable”. Sobre las razones que explican por qué los venezolanos cultivan una actitud de escepticismo y de negación ante los logros acumulados, apunta una “vena nihilista que nos empuja a actuar como los antiguos conquistadores, como si acabáramos de llegar a una tierra prometida pero ignota”. La visión negadora de la experiencia democrática es, en su criterio, uno de los mejores ejemplos de este caso. El nihilismo expresado en la imposibilidad de construir y  creer ha sido una fuerza permanente en contra de la generación de valores comunes y la confianza de las sociedades en sus propias potencialidades. El impulso a la libertad, presente en todas las sociedades, adquiere en Venezuela la cualidad del anarquismo –de acuerdo a Axel Capriles (2003: 143) – a través del “absolutismo personal, la insumisión rebelde, el marcado individualismo convertido en personalismo a ultranza, donde siempre predomina la voluntad de no estar sometido a nada ni a nadie”. Estrechamente vinculado con lo anterior aparece el autoritarismo. Luis Enrique Pérez Oramas (2003: 4­5) establece una interesante relación entre la autoridad, el principio de la igualación, y el nihilismo.  
Se puede decir que el venezolano no reconoce la autoridad sino a partir de un principio de “igualación”… y sobre todo su encarnación en personas e instituciones, sin antes establecer un supuesto de igualdad con quienes representan o encarnan la autoridad a través de una serie de operaciones sociales que sería urgente analizar cuidadosamente. De esta  forma, por demás, curiosa, el venezolano introduce en la dinámica de su relación con la autoridad el principio de su virtual aniquilación, el germen incesante de su desconocimiento ritual. Se diría que el reconocimiento de la autoridad pasa, en Venezuela, por su desconocimiento.
  Su hipótesis se centra en que, para resistir una historia autoritaria, los venezolanos desarrollaron el igualitarismo como resistencia, como modo de expresar que, si las cosas fuesen de otra manera, cualquiera pudiera ocupar el lugar del poder. De esta forma, se desmonta todo contrato social basado en la autoritas. Así como en el tema de la rebeldía y el autoritarismo podemos trazar las huellas de la libertad como valor supremo de la Independencia, la idea de que el venezolano sólo puede aceptar órdenes de quien considere su igual –lo que de alguna manera establece una suerte de horizontalidad ficticia, o de eliminación de la superioridad de competencias–, está íntimamente relacionada con el otro valor independentista: la igualdad. Se celebra el valor democrático de nuestra sociedad porque históricamente no cree en jerarquías ni en compartimientos estamentales; pero esta condición tiene dos rostros: afirma un sentimiento de igualdad y al mismo tiempo una erosión de las diferencias y jerarquías de competencia indispensables para el funcionamiento social. Una condición esencial de la democracia es no solamente la igualdad ante la ley sino el consenso de que la ley es para todos. Entre los códigos que venimos señalando hay un eje común: la relación conflictiva con la ley. O se la ejerce en forma autoritaria y personalista; o se la rompe invocando un acto “revolucionario”; o se la burla anárquicamente; o se presume de una igualdad arbitraria para no respetarla; o, finalmente, se niega la validez de cualquier ley porque todas son injustas. Según Axel Capriles (2008: 149)  
Una larga historia de despotismo, opresión, personalismo, autoritarismo, violencia y dictadura, impidió la acción e internalización de la norma como mecanismo de regulación y control socialmente útil. Nuestras vicisitudes históricas frustraron la maduración institucional y nos dejaron solos, desprotegidos e indefensos frente a la arbitrariedad y el poder.
  Pareciera, pues, que en el imaginario venezolano, no sólo incide la ausencia histórica del padre real con desafortunada frecuencia, sino un padre  simbólico erosionado en su capacidad de sostener la ley. Un padre autoritario, aventurero, arbitrario y abandonante, que ofrece a los hijos el mismo camino para adquirir la propiedad y el poder. Un padre que se superpone a la ley, que se constituye en ley de sí mismo, y que deja abiertos los resquicios para que los hijos encuentren sus propias leyes, o aprendan a burlarlas. Veamos, por último, algunos perfiles arquetípicos que se constelizan a partir de la codificación heroica. El “alzao”, el que se rebela contra una autoridad; o se hace salvaje y montaraz; o se apropia de un objeto; y el “pájaro bravo”, persona sinvergüenza y aprovechada, serían dos de los más comunes[4]. Axel Capriles (2003: 143­145) vincula estas figuras con el impulso libertario que se transforma en rebeldía, individualismo y personalismo, dominado por la voluntad de no aceptar ningún dominio.  
La historia política venezolana es testigo de la fascinación colectiva con la figura del “alzao”, el insurgente, el rebelde, aquél que se levanta y parte con un piquete para luego volver y dar un golpe de estado. el “alzao” es el tipo que actúa por su cuenta, sin acatar normativa alguna, el hombre que se colea [saltarse la cola] porque le da la gana o cree tener razón, el “echao pa´lante”, el audaz, el altanero que no resiste estar supeditado a reglas y normas abstractas por encima de él.
  José Miguel Salazar (2001: 118­119), en un artículo de 1960, definió el “pajarobravismo” como la actitud que sustenta la mayoría de las acciones de los venezolanos, y comenta que aun cuando la hipótesis no fue sometida a análisis, la siguió considerando interesante cuarenta años después. “Pájaro bravo” es el que se impone por la fuerza, sin consideración, el que se sale con la suya no importa qué se le oponga. Distinto es el “vivo”, el personaje que encarna los cuentos infantiles de Tío Tigre y Tío Conejo. Éste último es un personaje simpático, astuto e ingenioso, que triunfa gracias a la burla y el engaño, y logra huir de los castigos por sus transgresiones. Es la imagen que sintetiza la “viveza criolla” como psicología de la supervivencia para sobrevivir al poder que representa Tío Tigre. Necesitamos construir un relato alternativo que haga honor a las virtudes democráticas y pacíficas de la venezolanidad, para lo cual el primer ejercicio es recurrir a nuestra historia cambiando el acento de los guerreros hacia los ciudadanos. Pero, ¿cuáles son las dificultades para ello? Creo que se pueden resumir en la memoria que se ha construido de nuestra identidad y de nuestra historia; dicho de otro modo, en el relato de nuestros mitos fundacionales. En primer lugar, una connotación de traición permanente que se le da a la historia de Venezuela porque configura una acumulación de fracasos y resentimientos permanentes. No se ha relatado una historia optimista sino resentida: la historia de un pueblo que siempre ha sido víctima, y de una patria que debe ser reinventada y redimida. Es importante también recordar que el relato de la historia de Venezuela refleja un pasado siempre condenable, que solamente se recupera a través de las revoluciones y de los hombres providenciales. Sobre esta base se asienta la idea de que las desgracias del pueblo tienen su origen en que no se cumplió el sueño del Libertador, porque él fue un héroe fracasado y traicionado, y su revolución quedó inconclusa, por lo que es necesario retomar ese sueño para llevarlo a cabo finalmente. Una consecuencia que nos deja un destino muy particular, y es que nunca más los venezolanos podremos demostrar nuestro valor como pueblo, puesto que ya lo hicieron nuestros antepasados. Nos queda el consuelo de recordarlo y de establecer el culto a esa memoria, pero nada puede igualarse a no ser que repitamos una hazaña similar que permitan revivir esos momentos grandiosos. De ese momento perdido surge  una gran nostalgia venezolana: la edad de oro de la patria, y su utopía: mantener la lucha en el espíritu de la Independencia. Otra anécdota: alguien comenta los méritos y éxitos internacionales del músico Dudamel; su interlocutor responde, “pero no es Bolívar”. Hasta el momento no contamos con un relato alternativo que dé cuenta con el mismo fervor de la historia de Venezuela como una gesta civil en la que muchos venezolanos, desde los más notables hasta los más anónimos y desconocidos, lucharon y luchan por la construcción de una Republica civil, regida por instituciones y encaminada no a venerar el pasado y pretender revivirlo, sino a desarrollar un presente que mire hacia el futuro. Un relato que se sustente en la ciudadanía democrática y no en el pueblo heroico y eterno de Bolívar, que ya cumplió con su misión. En ese relato alternativo también hay poderosos valores simbólicos que pueden ser rescatados para las generaciones del porvenir. Esta es la gran responsabilidad de los transmisores de nuestra memoria. Mostrar que Venezuela no es solamente una patria de guerreros, ni su mayor gloria haber ganado una guerra que sucedió hace doscientos años, y que por lo tanto está muy lejana de nuestros problemas actuales. Venezuela es también la patria de los que, después de la guerra, tuvieron que dedicarse a la ardua tarea de reconstruir la economía que había quedado destruida, y dejado al país en la mayor pobreza. En esa tarea participaron todos los sobrevivientes. Es también la patria de los que durante el resto del siglo XIX se plantearon las tareas de la educación y el pensamiento en medio de una gran penuria. De los que después, a comienzos del siglo XX fueron los pioneros de la mayor industria, el petróleo, y con el paso del tiempo lograron la construcción de Pdvsa, una alta industria petrolera, con la tecnología avanzada equivalente al de las naciones más poderosas. La patria de los que en el posgomecismo comenzaron la construcción de las políticas sociales hasta el momento casi inexistentes. La patria en la que, durante la democracia representativa, se crearon grandes universidades, de las que salieron todo tipo de profesionales; la patria que ha dado grandes figuras de nuestra medicina, educación, ingeniería, ciencias sociales. La patria de millones de ciudadanos que salen de sus casas muy temprano a trabajar, y desde el oficio más modesto contribuyen a la construcción de la vida social. La cultura venezolana tiene una amplia variedad de nombres que ofrecer como ejemplos, como modelos, de ese venezolano de trabajo, de solidaridad, de empeño, que queda opacado si se le compara con las figuras de los libertadores. En fin, toda la construcción social que damos por sentada, como si no hubiesen sido ciudadanos venezolanos los que trabajaron, y trabajan, para que exista. En ella hay una reserva de valores suficiente para edificar el valor de la venezolanidad. Ahora bien, es necesario preguntarnos por qué tantos venezolanos, después de haber experimentado un sistema democrático representativo durante varias generaciones, encontraron en otras formas políticas una fuente de autorepresentación más convincente que la democracia liberal. Una primera respuesta ya la hemos dado al referirnos a la década de los años ochenta, cuando el país comienza a vivir el divorcio entre democracia y prosperidad. Pero, ¿es esa una conclusión suficiente? A mi entender la pregunta requiere un paso atrás: cuando los venezolanos vivían en el sistema de la democracia liberal (entendida a la venezolana, por supuesto, pero democracia al fin), ¿cómo eran percibidos los valores que supone el ejercicio de ese sistema político? ¿Cómo eran las autorepresentaciones? Para explicarnos por qué en tan relativamente poco tiempo una propuesta política progresivamente antidemocrática ocupó un espacio tan importante en el corazón de la gente, pareciera necesaria la hipótesis de que la cultura democrática se asentó en una concepción precaria de la modernidad, o si se quiere, que los valores democráticos no pudieron desplazar por completo un imaginario premoderno, ancilar, disponible para tomar el primer plano cuando las condiciones lo impulsaran.  Los mitos del heroísmo guerrero, la patria traicionada y salvada por un mesías, los odios de clase y las reivindicaciones étnicas –apaciguados por la democracia– reaparecieron en el escenario porque, en el fondo, nunca habían desaparecido por completo. Valga insistir en que la libertad democrática no consiste solamente en no estar supeditado a un poder exterior, lo que va de suyo, sino la afirmación del individuo y sus derechos frente al poder del Estado y frente a los derechos de los otros; todo lo contrario del anarquismo y del personalismo. El Estado, en el imaginario venezolano, no es ese poder frente al cual debo hacer valer mis derechos y mi individualidad, sino por el contrario ese padre total a quien encomiendo mi destino, con el encargo de repartir sus riquezas para que todos los hermanos seamos iguales, o pretendamos serlo. Los matices entre el padre total y el padre totalitario pueden irse perdiendo con la expectativa de esperarlo todo y deberlo todo. Cuando vemos esas imágenes de mujeres desesperadas rogándole al Presidente una vivienda, y al Presidente prometiéndola, sentimos el inmenso vacío de la institucionalidad que debiera mediar entre el individuo y el Estado. Son imágenes de desvalimiento que sólo el padre-zar puede colmar. ¿Lograremos convertirlas en demandas ciudadanas? ¿Qué es entonces la democracia para los venezolanos? ¿Seguimos pensando y sintiendo en términos de gloria, libertad y aspiraciones utópicas? ¿Seguimos buscando el “sueño de Bolívar”? Si no aprendemos a valorar los lentos cambios de la democracia, y a construir nuestras identidades sociales a partir de la conciencia de ciudadanía, con sus derechos y deberes, estaremos condenados a la expectativa de quien ofrezca utopías a la medida de un pasado que se nos ofrece como heroico y triunfante, en desmedro de una modesta cotidianidad y un equitativo bienestar futuro.  
Notas:
[1] Acusado de delitos de malversación de fondos públicos Pérez fue separado de su cargo de Presidente por la Corte Suprema de Justicia y finalmente destituido  por el Congreso Nacional en mayo de 1993. [2] Moreno, A. et al. (1998). Historia de la vida de Felicia Valera. Caracas: Fondo Editorial Conicit. Citado en González Téllez (2005: 146). [3] Hurtado, S. (1995). Cultura matrisocial y sociedad popular en América Latina. Caracas: Tropykos­Faces/UCV. [4] DV, Vol. 1: 35; Vol. 2: 327.