El país según la escritura

Discurso de aceptación del Doctorado en Letras Honoris Causa por la Universidad Católica Cecilio Acosta. Maracaibo, 28 de mayo de 2010. 

En El oficio por dentro.

  2010, Doctorado Unica, 2 2Comienzo por decir que el otorgamiento del Doctorado en Letras Honoris Causa por la Universidad Católica Cecilio Acosta, que hoy recibo, compromete mi gratitud con esta casa de estudios, con la persona de su Rector, el doctor Ángel Lombardi, y el honorable Consejo Universitario, así como con toda la comunidad académica. No quiero preguntarme si es un reconocimiento inmerecido sino disfrutar plenamente este honor que ustedes me han concedido y que llevo muy en alto. La vida universitaria, lo que en ella se produce, lo que ella representa es en mi opinión el reservorio más importante de la civilidad venezolana, y pertenecer a esta Universidad con el título de doctora en Letras me brinda la mayor alegría en mi vida de escritora. Pero ustedes no esperan solamente mis agradecimientos, han tenido la paciencia de solicitarme unas palabras. Las que he preparado para esta ocasión intentan un breve recorrido por los textos de algunos escritores cuyo pensamiento acerca de Venezuela y sus problemas me parece fundamental. No me referiré al inagotable acervo que tantos académicos han producido desde el inicio de nuestras muchas universidades nacionales –que debería ser de permanente recordación a la hora de juzgar su lugar en la vida venezolana–, sino al testimonio intelectual de escritores cuya pertenencia es sobre todo literaria; tampoco pretenderé ser exhaustiva en la materia. Es solamente una breve visita dentro de los linderos de la contemporaneidad con senderos que he trazado desde la limitación de mis gustos y mis lecturas. Así como las familias felices no son un buen tema para las novelas, los países felices no requieren tanta gente sumada a la tarea de pensarlos sino de construirlos. Pero los latinoamericanos, y muy particularmente los venezolanos, pareciéramos vivir siempre con el país como sueño o como pesadilla. Pensar el país es una suerte de herencia, quizá maldita, que hemos recibido. La tradición de la que nosotros venimos marca un camino según el cual los escritores y los intelectuales –términos que se confunden y que usaré alternativamente– están de alguna manera obligados a pensar el país. Escritores se llamaba en el siglo XIX, y buena parte del XX, a los opinadores de prensa, a los ilustrados, a los que en un país analfabeta podían esgrimir el uso del lenguaje. Los escritores latinoamericanos heredamos la obligación de ser pensadores de nuestros propios países porque pertenecemos a naciones irresueltas, en búsqueda de soluciones ideológicas que no llegan, o desgraciadamente llegan. Somos hijos de historias inconformes con su propia narrativa, en espera de alguna utopía que nos reclama desde siempre un destino inalcanzado. En Venezuela, quizá porque los problemas políticos terminan siendo ficciones, somos requeridos a una tarea mayor, la de tener respuestas para las indefiniciones de la patria. Algo en mí se rebela contra ese destino, y, al mismo tiempo, algo me impide rechazarlo. Al fin y al cabo, ¿qué es lo que los escritores pueden aportar a los problemas nacionales? Haciendo las salvedades de aquellos que han incursionado directamente en la política, entre los que tendríamos que mencionar principalmente a tres integrantes de la generación de 1928, que de alguna manera representaban el espectro ideológico de la época: Arturo Uslar Pietri, Miguel Otero Silva, y Rómulo Gallegos –Presidente por un breve lapso interrumpido por el alzamiento militar que comandaba Marcos Pérez Jiménez–, la mayor parte de los intelectuales que han tomado posiciones públicas lo han hecho como adhesiones a un partido, o a una ideología, o como expresiones personales de sus opiniones. Pero, sin duda, el mayor aporte que los intelectuales pueden dar a los problemas nacionales no es protagonizar las acciones políticas, sino, precisamente, pensar. Esto pudiera parecerle a los pragmáticos una labor un tanto inútil; no es infrecuente que los intelectuales sean vistos como seres más o menos innecesarios por su poca eficacia en las tareas consideradas importantes; lo que concurre con la valoración de las universidades como instrumentos de generación de profesionales especializados en las ramas científicas y tecnológicas. Qué duda cabe que ello es indispensable para la marcha de cualquier sociedad, pero no lo es menos la producción del pensamiento, la existencia de ideas que esperan por ser incorporadas a la corriente vital del país. No tengo la menor duda de que muchos de nuestros problemas políticos y sociales tienen una deuda con el mundo de las ideas. Si lo que se piensa acerca del país no forma parte del diálogo social, no es tramitado de alguna manera por sus líderes, y todo se reduce a encuestas y estrategias coyunturales, la sociedad experimenta una mengua considerable en sus posibilidades de juicio y crítica, y termina siendo pasto fácil de las aventuras de cualquier signo. Se dice a veces que esto es una responsabilidad incumplida por parte de los intelectuales que viven en ese extraño mundo llamado “torre de marfil”; no conozco ese lugar, ni a ninguno de sus habitantes. No, los escritores viven en el mismo terreno que el resto de los ciudadanos y cumplen su misión cuando escriben. Sus libros están allí y son la prueba de ello. Es la responsabilidad de los demás leerlos. Es el deber de quienes pretenden dirigir el país intentar comprenderlo profundamente. Hubo una vez en Venezuela una clase política ilustrada, en la que convivían personas de diferentes tendencias ideológicas, y quizá su pérdida sea una de las mayores fallas que experimentamos hoy. Pero dejemos este espinoso tema y vayamos a la escritura. No me detendré en las obras de ficción que reflejan el país; en ese caso serían pocas las excepciones que pudiéramos hacer, y por otra parte, que una novela o un cuento incluya referencias de la sociedad a la que pertenece no es de ninguna manera una condición particular de la escritura venezolana, sino una marca universal. Me refiero, pues, a los escritores que en sus obras de no ficción colocan al país en primer plano y lo convierten en objeto de sus consideraciones. Para respetar un orden más o menos generacional comienzo con Elisa Lerner, quien, a finales de los años cincuenta, se inició en el escenario literario como única mujer participante del grupo Sardio; integrado, entre otros, por Adriano González León, Salvador Garmendia, Guillermo Sucre, Efraín Hurtado, Rodolfo Izaguirre y Luis García Morales. Su escritura irrumpe en un mundo un tanto provinciano y todavía aferrado a sus usos tradicionales con una mirada de extranjeridad. Hija de emigrantes judíos, su visión cosmopolita atina a percibir el país múltiple en que se ha convertido Venezuela a raíz de los contingentes migratorios de la posguerra, y a la vez, inspecciona en los renglones del tejido social de un nuevo paisaje. Sus crónicas inauguran lo que consideramos el pensamiento articulado con respecto a las relaciones entre los géneros. Extraordinario es este comentario de un tema que ahora está en el tapete; quizás, el primer texto venezolano en el que se vincula la violencia de género con la violencia política:
 Durante mucho tiempo, el general Gómez ha sido el primer machista. Porque de él, no sólo aterra su cruel conducta política. No menos terrífica es su bronca intimidad. Es decir, para mí el actual machismo venezolano es sólo la variante sexual o erótica de nuestra más empecinada dictadura (1984: 81).
  Lerner limpia el espejo de una metafísica urbana en la que podemos leer los problemas de la modernidad: cómo era una Venezuela que entraba en la democracia arrastrando los vicios autoritarios del pasado. En un artículo de prensa de 1959, titulado “Diálogo y teatro en Venezuela” relacionaba la ausencia de teatro en la cultura venezolana con el silencio social que producen las dictaduras. Por eso pienso que le debemos la primera escritura política de la ciudad, sustentada no en la retórica sino en la acuciosa mirada de la cotidianidad que descubría las dificultades venezolanas para el diálogo, frecuentemente confundido con nuestra proverbial facilidad para la conversación. La interlocución social es un ejercicio difícil porque surge, precisamente, de las fracturas y no de las homogeneidades; conversar con quien piensa o siente más o menos lo mismo que nosotros es una tarea grata, pero insuficiente si pensamos en los contradictorios actores de una sociedad. La vida democrática exige un ejercicio continuo del diálogo, que no fue suficientemente atendido, ni practicado, aun cuando las condiciones políticas lo auspiciaban. Se estableció –y aquí estoy hablando en primera persona y no desde las ideas de Lerner, pero sí desde sus implicaciones– una suerte de comunicación vertical entre el poder y los ciudadanos, que permitía la bidireccionalidad del discurso pero sin la horizontalidad que incluyera las voces de los distintos actores entre sí. Nos acostumbramos a hablar con el poder, y a que el poder nos hablara, pero no a hacerlo entre nosotros mismos. Allí se encuentra una grave dificultad para construir ciudadanía democrática. Quizás como herencia de un largo pasado autoritario la conversación transcurría entre los hijos demandantes y los padres poderosos; no fueron padres autoritarios pero sí omnipotentes –puesto que representaban a un Estado omnipotente–, y nos acostumbramos a creer en el poder y a desconfiar de la sociedad –es decir, de nosotros mismos– como terreno para encauzar las demandas y expresiones de un país, que sin saberlo del todo, se fue haciendo demasiado complejo y exigente para una interlocución tan simple. En el imaginario democrático el Estado heredaba la relación paterno filial de los procesos históricos anteriores. “El Estado –observa Miguel Ángel Campos (2005: 9­10) – ha sido el gran educador, los desheredados de la República lo presintieron como el espacio donde los hombres adquirían forma, donde los deseos y aspiraciones eran posibles, y cuando ha faltado o ha sobreactuado, entonces la sociedad tiende a autodestruirse”. En fin, cosas del pasado, pero una herencia que nos pesa y sigue viva. Con María Fernanda Palacios, notable ensayista y académica que ha hecho de la enseñanza de la literatura una razón de vida, nos seguimos adentrando en esta trama subjetiva de la venezolanidad a través de sus sugerentes reflexiones sobre la historia venezolana, y el imaginario que se desprende de ella, en un libro curiosamente dedicado a la literatura, específicamente a Teresa de la Parra, Ifigenia. Mitología de la doncella criolla (2001: 34-35). Dice así:
 En una historia contenida casi toda en empresas militares, donde el ingrediente titánico parece sustituir la configuración heroica: revueltas, levantamientos, montoneras, conspiraciones y alzamientos, la casa se convierte en símbolo casi único de estabilidad, permanencia y continuidad… Quiero decir que ese mundo manso y nostálgico de la casa no es más que la otra cara de esa otra Venezuela alzada y feroz.
  El habitante de esa casa “mansa y nostálgica”  admira y cultiva el mito de los héroes, y no siéndolo, se refugia en la intimidad para protegerse de una historia que parece expulsarlo, que no lo acoge como hijo legítimo de la patria, y en la que debe hacer su vida, casi avergonzado de no estar a la altura de su historia. Una patria, entonces, que pertenece a los héroes guerreros y no a los ciudadanos pacíficos. Pero, además, una patria que ha crecido escindida entre dos campos incomunicados:
… a un lado estaría esa frágil Venezuela moderna, institucional y política, triunfalista y futurista, y por lo tanto desmemoriada, hija de la Independencia y la Ilustración, aún sin coser, como sujeta por alfileres a una pura pantalla retórica, sin asideros reales, hecha de declaraciones y proyectos, pero templada por las violencias y arrebatos de ambiciones sin forma. Y al otro lado quedaría la vieja Venezuela hacendosa y provinciana, estrecha de medios y de miras, nostálgica, sentimental y anacrónica, recelosa y arisca, irremisiblemente resentida y frustrada, incapaz de hacer pasado, y por lo tanto desconectada del presente y condenada, sin saberlo, a morir.
  Más adelante añade Palacios que el eslabón faltante de la sociedad venezolana es el “vivir de la ciudad, el vivir político, [que] supone el reemplazo de lo tribal y familiar por lo individual”. Ese elemento faltante es la conciencia individual de la modernidad para reemplazar el vivir heroico y gregario de la tribu. De allí esa precariedad en la relación con la ciudad, esa dificultad para ser ciudadanos de la polis, que tan indispensable resulta en la conciencia de modernidad. Silverio González Téllez (2005: 121), desde una perspectiva sociológica, coincide con estos planteamientos cuando sugiere que las dificultades para construir una sociedad democrática tienen relación con que la comunicación y el sentido en Venezuela no emergen de los espacios públicos. Siempre cultivador del ensayo, Rafael Arráiz Lucca ha incursionado innumerables veces en territorio venezolano para contribuir a la construcción de nuestra cultura; otra forma, pudiera decirse, de ejercer la obsesión por Venezuela. Pero también para pensar en el tema que venimos tratando, cuáles son nuestros fantasmas. Y sin duda encuentra el culto a Bolívar, del que dice ser una “extraña paradoja”, porque “avanzamos hacia la modernidad, pero profesamos un culto dogmático por el padre de la patria”; de lo que se deriva, a su vez, una consecuencia fatal: lo que denomina “el bacilo de los salvadores de la patria” (1999: 83).
 Con frecuencia, estos mismos enfermos se procuran la visita imaginaria del Libertador y se creen a pie juntillas que deben seguir el ejemplo heroico de Bolívar. Pero no puede extrañarnos: en Venezuela no educamos con el ejemplo de los ciudadanos sino con el ejemplo de los héroes militares.
  Esta suerte de enfermedad que consiste en promover el ejemplo bolivariano, entendiendo por eso el del hombre heroico que impondrá su poder sobre los demás para salvar a la patria, es parte de la desmesura de una historia heroica que se impone sobre la historia civil; la de los guerreros sobre los constructores. Continuamos con José Balza, autor de una extensa colección de novelas y libros de relatos que le ha merecido no solamente el Premio Nacional de Literatura sino el reconocimiento de varias generaciones de lectores y críticos literarios. He aquí que recientemente nos entrega un libro de ensayos titulado Pensar a Venezuela (2008) en el que el escritor se sumerge en las profundidades del imaginario nacional. No es un texto político, en el sentido de presentar opiniones acerca de lo que acontece, sino una indagación en algunos de nuestros complejos más ocultos y, al mismo tiempo, más reveladores. Es un “ejercicio narrativo”, como al propio Balza le gusta calificar su escritura, que trata acerca de nuestra identidad. En sus palabras:
 No nos estamos refiriendo a la cristalización de una “identidad”, de algo esencial, rígido y definitivo, a patrones fijos de conducta (aunque los haya), sino a un perfil humano –flexible, práctico que estructure nuestro sentido del trabajo, de la responsabilidad y la legalidad: nos referimos a la organización de todo un pueblo para la realización de su bienestar.  
Y en ese perfil encuentra dos de las condiciones que fácilmente reconocemos como propias de la venezolanidad: el deseo de una permanente sustitución, de un constante culto por la revolución, que nos lleva a la permanente creación de proyectos y planes que siempre se frustran porque son sustituidos por otros más novedosos que, a su vez, serán desplazados en corto tiempo. Y una excesiva preocupación por los gobernantes, en perjuicio de las agrupaciones civiles, como si el país fuese solamente el reflejo de sus mandatarios, lo que termina por presentarnos un “rostro confuso, inestable, siempre a punto de comenzar”. Y es que, de acuerdo a Balza, nuestro origen ha sido constituido en la interrupción. Esta condición de permanentes interrumpidos me parece un hallazgo digno de recordar para quien quiera pensar en Venezuela. Señala una primera, cuando se produjo el momento de la conquista, y ambos mundos, el de los conquistadores españoles y el de los aborígenes, quedaron interrumpidos en su curso sin que nunca más pudieran ser los mismos de allí en adelante. La segunda se produce en la Independencia:
 Lo que parecía más firme – ¿Dios?– también fue desplazado. Interrumpir condujo a un nuevo comienzo. El héroe aparece como inamovible en su pasado, pero su huella en la vitalidad cotidiana nos impone la ley de lo que no debe continuar. Necesitamos recomenzar siempre, desarticulados bajo la sombra de esta paradoja.
  El ejemplo bolivariano pareciera obligar a la discontinuidad. En tanto la Independencia se concibió como ruptura radical con el pasado, la noción de continuidad quedó abolida. Nada bueno podría seguirse de lo anterior, y bajo ese axioma se ha construido la historia. En efecto, esta consigna ha sido típica de los gobiernos republicanos, incluidos los democráticos, y los cambios políticos con frecuencia se acompañaron de la apostilla “revolución”. Planteamientos similares encontramos en Venezuela, el país que siempre nace (2008), publicado al mismo tiempo que el de Balza, pero escrito por una autora nacida en 1963. Nos referimos a Gisela Kozak, crítica literaria que ha destacado en el ensayo y en los textos de ficción. Si Balza había señalado la historiografía como una de las fuentes en la que era posible encontrar el gusto por reflejar a los mandatarios en desmedro de los ciudadanos, Kozak entra en un terreno controversial al señalar a los propios intelectuales como responsables de otra de las condiciones que marcan la identidad social venezolana, y no de una manera beneficiosa. De este modo, Venezuela, país interrumpido según Balza, aclara más su rostro al comprender con Kozak (2008: 9-10) que es también un país negador de sí mismo.
 El pensamiento, la literatura y el arte en Venezuela… para nuestro infortunio, se han prestado en demasiadas ocasiones para justificar la rebelión, el espíritu contrario a la institucionalidad, la violencia, el caudillismo o el rigor dictatorial como destino inevitable.
  Sobre las razones que explican por qué los venezolanos cultivan una actitud de escepticismo y de negación ante los logros acumulados, apunta Kozak que “ese juicio lapidario nos convierte en una horda, que no en una sociedad, dispuesta a cualquier cambio incierto y a cualquier conjura. Esta es la desgracia del país que siempre nace…”. La visión negadora de la experiencia democrática es, en su criterio, uno de los mejores ejemplos de este caso. Otro narrador que ha tratado con frecuencia, tanto en la prensa como en sus libros, los temas venezolanos es Antonio López Ortega; algunos de sus textos escritos entre 1995 y 2000 se recogen en el volumen Discurso del subsuelo (2002). De entrada, en el capítulo “Fin de siglo: Sociedad venezolana y extremidades culturales” (p.13 y ss.) coloca las cosas en su lugar: “Nuestros logros son culturales pero nuestras ineptitudes también”; la frase es contundente y nos extiende una invitación a comprender el hecho cultural como el dispositivo generador de nuestra vida colectiva en sus logros y en sus negaciones. Este punto de vista me parece revelador porque la falta de diálogo a la que me refería antes puede enceguecer la mirada del país, poniendo en relieve nuestras virtudes, como hijas de la cultura, y exiliando los vicios como si de causas exteriores y extemporáneas se tratara. López Ortega, al pensarnos como portadores culturales de ambos extremos, y más aún, al definir la crisis que comenzó a gestarse a finales del siglo XX como “esencialmente cultural” nos conmina a estar atentos a lo que los escritores dicen de nosotros:
…. nuestra entidad está perturbada, no sabemos desde dónde hablamos, que lo patrio nos resulta hueco, que son fallidas las tentativas de apropiación de lo que es distinto a nosotros, que la irrupción de lo urbano ha violentado nuestras maneras y hábitos, que el futuro es una dimensión incierta… Cada día que pasa somos cada vez más dos países: el porcentaje minoritario que, en las esferas de lo político o de lo económico, diseña proyectos y apuesta al futuro, y el porcentaje mayoritario que cada día se siente más excluido de las formas colectivas de convivencia y que sólo apuesta a la inmediatez.  
Finalizaré con la poesía de la que nos viene un libro singular, precisamente titulado País (2007), de Yolanda Pantin. Ya antes nos había entregado El hueso pélvico (2001, nombre que alude a la estatua de María Lionza, pero sobre todo a la muerte presente en las calles de Caracas. Comienza así:
Yo venía a través de la ciudad Desde mi casa al centro, Al otro extremo de aquel valle, Cuando se me urgieron respuestas Para nuestra inconsistencia.
  En País  la obsesión por Venezuela se hace más retorcida e invasiva. Resumir un poemario no es tarea fácil, por eso creo mejor citar algunas de sus frases que caen como piedras impasibles de lucidez. “Yo no sabía que había tanto odio bajo esos samanes”, por ejemplo; o este otro brevísimo poema:
 -Te conozco, ¿qué te incomoda? -El silencio, pero mi voz lo colma.
  No pueden esperarse de la poesía, ni tampoco del ensayo, ni de una novela, es decir, no pueden esperarse de la literatura grandes soluciones a grandes problemas. Ni nada nos autoriza a suponer que los escritores seamos más inteligentes o perspicaces que los demás, pero de algo debe servir dedicar un buen tiempo a pensar. Elisa Lerner recomendaba a los políticos de la joven democracia la lectura de El castillo de Kafka; quizá la recomendación sigue vigente. En todo caso, como decíamos al principio, de alguna manera se espera de los escritores grandes respuestas. Y las han dado. Lo que ocurre es que con frecuencia son convocados en calidad de “asesores”, de personas cuyas opiniones se recogen un poco a la carrera, como hacemos casi todo, para no decir algo más duro, como que a veces son un mero adorno cultural con el que se pretende aderezar los caminos de la “política real”. En los textos de nuestros contemporáneos, de los que apenas he recogido una pequeña muestra, brillan suficientes luces para esclarecer los temas de la identidad, de la construcción de imaginarios, de los mitos políticos, de las contradicciones sociales. Son las luces de una política ilustrada que quizá sea la esperanza de los escritores.     Obras citadas Arráiz Lucca, Rafael (1999). El recuerdo de Venecia y otros ensayos. Caracas: Editorial Sentido. Balza, José (2008). Pensar a Venezuela. Caracas: Bid & Co. Campos, Miguel Ángel (2005). La fe de los traidores. Maracaibo: Instituto de Investigaciones Literarias “Gonzalo Picón Febres”. González Téllez, Silverio (2005). La ciudad venezolana. Una interpretación de su espacio y sentido en la convivencia nacional. Caracas: Fundación para la Cultura Urbana. Kozak Rovero, Gisela (2008). Venezuela, el país que siempre nace. Caracas: Alfa. Lerner, Elisa (1984). Crónicas ginecológicas. Caracas: Línea Editores. López Ortega, Antonio (2002). Discurso del subsuelo. Caracas: Oscar Todtmann Editores. Palacios, María Fernanda (2001). Ifigenia. Mitología de la doncella criolla. Caracas: Angria. Pantin, Yolanda (2001). El hueso pélvico. Caracas: Eclepsidra. ____________  (2007). País. Caracas: Fundación Bigott.     Referencias de la autora  Torres, Ana Teresa (2003). El hilo de la voz. Antología critica de escritoras venezolanas del siglo XX. Con Yolanda Pantin. Caracas: Fundación Polar. __________________(2006). “Consideraciones acerca de la conciencia intelectual”. Discurso de incorporación como Individuo de Número a la Academia Venezolana de la Lengua. Caracas: Boletín de la Academia Venezolana de la Lengua. Caracas, Enero 2006-Diciembre 2006; Enero 2007-Diciembre 2007. Años LXXIII-LXXIV. Nos. 197-198; 199-200: 87-100. ________________  (2009). La herencia de la tribu. Del mito de la Independencia a la Revolución Bolivariana. Caracas: Alfa.