La genealogía femenina de la literatura venezolana. Una historia incompleta

Academia Venezolana de la Lengua. Discurso de Orden del Día  del Idioma. 23 de abril de 2008. En Boletín de la AVL, No. 201. Enero-Diciembre 2008: 165-178.

    Celebramos hoy el día de nuestro idioma; legado fundamental de España en la conformación cultural de nuestras naciones y lengua franca de toda la América hispana, que, a través de la diáspora latinoamericana, ya no sólo ocupa el sur sino también el norte del continente. Muy honrada con la tarea que esta Academia me ha encomendado con motivo de esta conmemoración, he querido dedicar mi atención a la genealogía femenina de la literatura venezolana. Puesto que llamamos lengua materna a la que aprendemos en nuestra primera infancia, y son sus códigos los que determinarán nuestra manera de sentir y de pensar el mundo, valgan estas palabras de una escritora venezolana como homenaje a sus predecesoras. El poema “Anhelo” de María Josefa de la Paz y Castillo (1765-¿?), Sor María de los Ángeles en el convento, es el único testimonio literario documentado de una mujer venezolana del siglo XVIII. Este poema, dato aislado en trescientos años, algo nos dice. Podemos leerlo siguiendo las reflexiones de Françoise Collin (1995) como la huella de aquello que es “memoria de lo innombrable” frente a la marca de la “historia de lo que se nombra”. Su aislamiento, y la dispersión de otros quizás escritos por esta monja caraqueña, se presentan como huellas también de un silencio o camino propio que incluye a las escritoras venezolanas en una lucha expresiva común al género y presente en todos los contextos, porque la escritura de las mujeres, o más bien, su validación, no puede comprenderse separada de su lugar en el proceso civilizatorio. Así, para acompañar este recuento muy incompleto de nuestra filiación, es imprescindible inscribir la producción literaria de las venezolanas en nuestra historia social. De la participación femenina durante la Colonia se han reseñado algunas acciones desde el punto de vista épico, enalteciendo su heroísmo en la gesta independentista (Álvarez de Lovera, 1994), pero son escasas las investigaciones directamente relacionadas con la particularidad de sus condiciones de vida; en general, poco sabemos de las mujeres venezolanas durante el período colonial y siglo XIX, aunque, afortunadamente, nuevos aportes han venido iluminando un espacio antes opaco. Debemos mucho en este terreno a las doctoras Ermila Troconis de Veracoechea, Marianela Ponce e Inés Quintero, todas ellas integrantes de la Academia Nacional de la Historia. Quintero (1998), quien ha dirigido una buena parte de sus trabajos hacia este tema, se refiere a esta ausencia de conocimientos como “los rastros olvidados que se encuentran dispersos y sumergidos entre los escombros del pasado y que no han sido identificados, seleccionados ni registrados a la hora de reconstruir y ordenar los datos de nuestra memoria”. Coincidencialmente la poeta Márgara Russotto (1997) titula de “discursos sumergidos” la formación inicial del discurso femenino en el siglo XIX hispanoamericano y define a las venezolanas diciendo: “La venezolana no fue cortesana, ni mística ni monja ilustrada, sino sobre todo mediadora de civilización”. Este particular estilo vicarial de su acción formará parte de una cierta tradición que veremos continuada en épocas posteriores. Acerca de la educación de las mujeres son muy elocuentes los testimonios de viajeros decimonónicos recopilados por Quintero (1998), en los que se resalta la escasa ilustración de las venezolanas. Es necesario relacionar este dato con la tardía modernización del país. Las reformas liberales y el impulso modernizador se inician en Venezuela a partir de 1870, en el gobierno de Antonio Guzmán Blanco, fundador de nuestra Corporación, hace exactamente ciento veinticinco años. Señala Enrique Nóbrega (1997) que estas reformas “llegaron tarde [...] debido a distintos procesos político-militares, y sobre todo, a las largas dominaciones personalistas del poder”. La mujer ingresa en la función pública como el eje de la estabilidad familiar. Tanto el discurso jurídico como médico son definidos por Nóbrega como “cercos de la modernidad”; es decir, se reconocía la importancia de la mujer en el proceso de construcción de la nación pero, al mismo tiempo, era necesario mantenerla en un estado de minoría legal que le impidiera, precisamente, romper el cerco. Lo que resulta importante resaltar es que el momento a partir del cual la mujer comienza a inscribirse en el discurso público en tanto sujeto de derechos, y no solamente como objeto de los intereses autopercibidos como “generales”, no es homogéneo en todas las sociedades. Bien pudiera decirse que en Venezuela no se produce hasta muy avanzado el siglo XX, cuando en 1947 las mujeres obtienen su definitivo ingreso a la ciudadanía y se les otorgan los derechos políticos plenos; fecha que ocupa un honorable tercer puesto entre los países latinoamericanos. Hasta entonces su escritura estuvo señalada por la vía de la excepción y la minoridad, del mismo modo en que lo fueron sus acciones. Sin embargo, recientes investigaciones nos alertan acerca del error que supone considerar que la mujer venezolana, durante el siglo XIX, estuvo envuelta en una total oscuridad. Paulette Silva Beauregard (2007: 22) encontró en el primer número de la Gaceta de Caracas, recién abierta la imprenta en 1808, el siguiente aviso:  
Se suplica, por tanto a todos los Sujetos y Señoras que por sus luces e inclinación se hallan en estado de contribuir a la instrucción pública y a la inocente recreación que proporciona la literatura amena, ocurran con sus producciones en Prosa o Verso, a la oficina de  la Imprenta, situada en la Calle de la Catedral, del lado opuesto a la Posada del Ángel.
  No sabemos si es que no todos los “sujetos” eran “señores”, o si las “señoras” no eran del todo “sujetos”, pero, en cualquier caso, como comenta la autora:  
No deja de llamar la atención que el aviso incluya como posibles autores a las mujeres; de hecho, supone que entre las personas ilustradas e interesadas en las letras hay mujeres (recordemos que aparecen en las listas de poseedores de libros prohibidos).
  Señala también que en la célebre revista El Cojo ilustrado, se observa una estrategia de promoción de la lectoría femenina a través de las ilustraciones fotográficas de mujeres lectoras, lo que indica, a su juicio, la existencia de un público considerado como posible mercado para los libros. Por su parte, Mirla Alcibíades (2004) nos habla de la preocupación que comienza a instalarse en la década de 1830 acerca de la educación formal de las niñas venezolanas, y los reclamos que se suscitan por su precariedad; entre ellos los de don Fermín Toro. Esta educación se dirige a la figuración de la mujer como centro de la economía doméstica, en su papel de incentivadora del ahorro familiar en un período de precariedad económica. Más importante aún son los hallazgos de revistas dedicadas a mujeres, y la profusión de novelas importadas que producen un auge de la lectoría femenina; no así de su escritura. La hemerografía es el campo en el que la venezolana decimonónica emprenderá una actividad destacada. Alcibíades registra al menos quince publicaciones dirigidas por mujeres, siendo la primera de ellas “El rayo azul” de Maracaibo, en 1864, y una de las más importantes, “Ensayo literario”, editada por Isabel Alderson en Caracas, que subsistió varios años con ventas por suscripción y envíos a todo el país. Por nuestra parte, habíamos consignado en un trabajo anterior (Pantin y Torres, 2003) cómo, desde la provincia, comenzaron a surgir algunos focos aislados que hacen su aparición hacia los años 1880. Importante significación tuvieron las falconianas: Virginia Gil de Hermoso (1856-1913) y Polita De Lima (1869-1944), en Coro, fundan en 1890 la Sociedad Alegría para producir actividades culturales dirigidas a los jóvenes. Posteriormente crearon la Sociedad Armonía a través de la cual se promovieron programas de música, teatro y poesía. Estas sociedades se transformaron en grupos de presión cívica y lograron la construcción de obras públicas, entre ellas el Teatro Armonía en 1891, que aún sobrevive, así como la Escuela Nacional de Niñas y la Biblioteca Colombina (DHV, v. 1). “Armonía” y “Alegría” son nomenclaturas muy elocuentes en el marco del ambiente bélico-heroico que se vivía entonces. Un paisaje profundamente masculino y épico al que las mujeres pertenecen en tanto son las madres, hermanas, esposas e hijas de los héroes, y participan, así sea vicariamente, y en algunos casos directamente, en las revoluciones, odios y partidizaciones que caracterizan la vida política del siglo. La producción literaria, por lo tanto, será también vicaria y expresada en innumerables poemas celebratorios de nuestras gestas, y crónicas laudatorias de los héroes, así como textos que relatan episodios históricos con fines didácticos. Concepción Acevedo de Tailhardat (1858-1953), en Ciudad Bolívar, funda el periódico literario Brisas del Orinoco, y tuvo una larga trayectoria como educadora en su ciudad natal y posteriormente en Caracas. También fueron relevantes, señala Carmen Teresa Alcalde (1995), Hortensia García de Yépez-Borges en El Tocuyo; Cora Sánchez de Terán y Josefa Melani de Olivares, en el Táchira. Estas mujeres fundan revistas, crean agrupaciones culturales, escriben en la prensa, abogan por los derechos de educación para las mujeres, publican novelas, poemarios, obras de teatro, y emprenden iniciativas que repercuten en la instrucción y urbanidad de esa Venezuela violenta y dividida por las luchas caudillescas. Entre las que serán las primeras novelistas venezolanas Osvaldo Larrazábal (1980) registra a Trinidad Benítez López, autora de La promesa (1900); Rosina Pérez escribe Historia de una familia (1885) y Guaicaipuro (1886); María Navarrete publica en Maracaibo ¿Castigo o redención? (1894). La caraqueña Lina López de Aramburu escribe con el seudónimo Zulima tres novelas: El medallón (1885), Un crimen misterioso (1889) y Blanca; o consecuencias de la vanidad (1896); fue también autora de poesía y prosa, y de dos textos dramáticos, María o el despotismo y La carta o el remordimiento. Son estos intentos tímidos y dispersos de estas primeras novelistas la búsqueda de una voz propia para contarse a sí mismas; estas autoras, al renunciar a la gran prosa histórica y el culto de los héroes, inician la recuperación del Otro femenino, excluido no sólo en tanto autora sino protagonista literaria, e incursionan en un género tan popular en la época como el folletín. Sus nombres ocupan un insignificante espacio en los registros de nuestra literatura, mas las pequeñas marcas que dejaron en el monumento de la historia dibujan, precisamente, la huella de una existencia que permite refugiar una cierta orfandad de la escritura, que pareciera haber surgido un buen día de la nada, o de la costilla adánica literaria. Dos mujeres nacidas hacia fines del siglo XIX, construyen desde sus diferentes experiencias las marcas fundacionales de una escritura: Teresa de la Parra (1889-1936) y Enriqueta Arvelo Larriva (1886-1961). Más allá de la calidad de su producción, ampliamente reconocida por la crítica, lo que resulta sustancial es destacar en ellas la conciencia de ser escritoras. De asumir esa identidad como proyecto de vida y como propósito personal, fuera de la tradición vicaria y mediadora. No escriben circunstancialmente o como parte del cultivo de las “bellas letras”, o con fines didácticos. Podríamos decir que escriben porque quieren. Nada en su época invitaba a una mujer venezolana a convertirse en escritora, salvo su deseo. Ciertamente, ambas pertenecen a entornos de cultura. En el caso de Teresa, una familia caraqueña ilustrada; en el de Enriqueta, una familia notable de la región barinesa,  en la que destaca la presencia de su hermano, el poeta Alfredo Arvelo. Pero, de allí a pensar que fueron impulsadas al quehacer literario, hay mucho trecho. Su escritura es, si se quiere, un acto injustificado. Al punto que Teresa de la Parra subtitula su novela Ifigenia (1924), “Diario de una señorita que escribió porque se fastidiaba”, como si con esa ironía quisiera expresar toda la futilidad atribuida a su gesto; la absoluta gratuidad de que una joven dedicase su tiempo a la frivolidad de escribir novelas, cuando otras tareas más importantes para la moral nacional la esperaron inútilmente. Llano adentro, ¿cuál pudiera haber sido el motivo justificado para que Enriqueta Arvelo produjese una obra poética? Uno solo: la necesidad de escribir. La carta que le dirigió a Julián Padrón en 1939 es muy elocuente (Arvelo Larriva, 1976):  
¿Qué le voy a decir de este medio que me tocó vivir? Tengo razones, Julián Padrón, para atreverme a partir el Llano. Este no es el Llano, sino un llano peor que los otros o que está en peores condiciones. Los otros tienen su respiradero. Este está ciego.  
Tanto ella como la poeta zuliana María Calcaño (1905-1956) se adelantaron a lo que tradicionalmente se hacía en el medio literario de aquel entonces. Y ambas padecieron lo que podría llamarse “la provincia de la provincia”.  Calcaño en un hato en las cercanías de Maracaibo, y Arvelo en un apartado pueblo del piedemonte andino. Estas lejanías –en las que sin duda se incluye la voluntaria distancia de Teresa de la Parra– invitan a la resignificación de sus vidas. Escritoras que estallan en ángulos distintos de la geografía nacional, desde contextos socioculturales diferentes,  y que “vienen” de los márgenes hacia un centro que tardará varias décadas en acogerlas. Su obra marca la literatura venezolana pero representa también la huella de un sujeto marginal a la Nación, fuera de su participación como organizadora del hogar y productora de hijos para la Patria. De esa maternidad sacrificial hablará Lucila Palacios en sus novelas. Ya trasladada a Caracas en los años cuarenta, Enriqueta Arvelo fue una de las presencias activas en el proceso de incorporación de la mujer a la vida pública, especialmente en el orden de la cultura. Tanto ella como Teresa de la Parra, en ese reconocimiento difícil y arduamente conseguido de su identidad como escritoras, establecieron vínculos con el medio intelectual venezolano e hispanoamericano. Sus epistolarios así lo demuestran tanto como sus actos. Teresa publicó dos novelas en Francia y emprendió giras de conferencias por las que obtenía honorarios profesionales. Enriqueta fue una polémica columnista de prensa y participó en la política siendo electa diputada a la Asamblea Legislativa de 1947. A pesar de las diferencias de sus vidas, el exilio elegido de la novelista la asemeja a la soledad distante de la poeta. A ésta la protege el aislamiento de la vida rural en la que transcurrió la mayor parte de su existencia; a la otra, esa suave lejanía en la que quiso producir su obra. Incomparables marginalidades, y sin embargo, ambas vienen de lejos y del silencio. Esta decisión de construir una escritura propia, a sabiendas del territorio hostilmente vacío que las rodea, sellará quizás una suerte de destino para la escritora venezolana. Como dice Gabriela Mistral en carta a la autora, se destaca en Tierra talada (1937) de Ada Pérez Guevara (1905-1997), “el hecho de que una mujer se atreva con la costumbre nuestra y con el campo americano”. Ciertamente, Pérez Guevara entra en la corriente criollista al describir la vida rural y la naturaleza, así como en las comparaciones de campo/ciudad que también veremos en Trina Larralde (1909-1937). Es, si se quiere, una novelista de la tierra, de cuidadas descripciones de lo que llama “el llano pobre” –que tanto recuerda al “llano ciego” de Enriqueta Arvelo– para referirse a los Llanos orientales de los que era oriunda. Pero Tierra talada entra también en diálogo con Ifigenia,  no sólo porque la novela de Teresa de la Parra es citada por la protagonista de Pérez Guevara como un encuentro inaugural, sino porque su narrativa recoge la tradición de narrar la insignificante vida de una joven. Mas no se trata, como en el caso de María Eugenia en Ifigenia, de escoger entre el amor y la aprobación familiar; la elección de Aurora en Tierra talada es huir del aplastamiento del paisaje en busca de la vida urbana que, en estos  años treinta, se alza como mito de la Venezuela pobre y rural, pero también como espacio de la modernidad en la cual la mujer espera encontrar un ámbito de individualidad fuera de lo familiar ancestral. Márgara Russotto (1998) revisitó Tierra talada en la oportunidad de su primera reedición, que tuvo lugar sesenta años después, calificándola con razón de “olvidada”, y señalando el registro de transición hacia la modernidad que puede leerse en ella y otras narradoras de la misma generación. Russotto deja esta pregunta:  
¿Sabremos leer hoy, desde nuestro tiempo incrédulo, la densidad de ese largo proceso de emancipación de vida, de historia pública y de escritura ficcional? ¿Sabremos devolverle la oculta filiación dentro de esa “familia” de relatos emancipadores del sujeto femenino, cuya genealogía latinoamericana todavía falta por diseñar?
  Nacidas también en el gomecismo encontramos en nuestro recorrido una amplia lista de nombres. Algunas de ellas publicarán tempranamente; otras producirán la mayoría de sus libros en el medio de nuevas generaciones. Sin embargo, y más allá del ritmo de las publicaciones, son mujeres formadas dentro de un régimen dictatorial,  en el que impera la moral nacional de “hacer patria”. Estos largos primeros treinta años del siglo –como señala Troconis de Veracoechea (1990) –, aun cuando son el escenario de transformaciones económicas sustanciales, significan poco en términos de cambios de la mentalidad. La inscripción de la mujer continuó durante este período bajo los presupuestos decimonónicos. “Para Gómez la mujer no existía” afirmó nuestra querida María Teresa Castillo en una entrevista[1]. El fin de la dictadura de Juan Vicente Gómez (1908-1935) marcará también nuevos escenarios para la mujer. Podría decirse que la generación de escritoras que aparece en este período comprendido entre la terminación del gomecismo hasta mediados los años cincuenta, es la primera en abrir la lucha por conseguir un espacio público, tanto en lo que se refiere a los derechos civiles como en el campo literario. Hubo en el espíritu de esta generación una clara conciencia del aislamiento de la mujer escritora, que tuvo por consecuencia la producción de estrategias de supervivencia literaria en un campo de neta presencia masculina. Ada Pérez Guevara, Lucila Palacios (1902-1994), Irma De Sola (1916-1991), Rosa Virginia Martínez (1915-1983) Alida (Pomponette) Planchart (1914-1986), Blanca Rosa López Contreras (1920-¿?), Ofelia Cubillán (1922-¿?), Luisa del Valle Silva (1896-1962), Lourdes Morales (1912-¿?), Dinorah Ramos (1920-¿?) y otras mujeres vinculadas al medio intelectual, conforman en esos años un grupo de acción, en parte aglutinado por la oposición democrática antigomecista.  Destaca, sin duda, la figura de Lucila Palacios. Mercedes Carvajal de Arocha fue la primera escritora en incorporarse como Individuo de Número de esta Academia; mujer de intenso activismo y luchadora tanto en los terrenos de la oposición a la dictadura como en los derechos civiles. Una genuina representante de su generación que abordó en sus novelas temáticas tan comprometidas como el amor extra conyugal y la violencia patriarcal. Pocos días después de la muerte de Juan Vicente Gómez, dirigieron una carta pública a su sucesor, el general Eleazar López Contreras (1935-1941), en la cual solicitaban protección social y mejoramiento de las condiciones de mujeres y niños. Inmediatamente fundan la Asociación Venezolana de Mujeres con el propósito de alfabetización y educación de las mujeres, y la Agrupación Cultural Femenina; desde ellas extienden formal petición de modificación del Código Civil exigiendo la personalidad jurídica plena de la mujer, lo que fue parcialmente atendido en 1942 y, como se mencionó, logrado en 1947. Otra agrupación, la Asociación Cultural Interamericana, crea un concurso femenino del cual derivó la Biblioteca Femenina Venezolana cuya actividad  se sostuvo hasta 1951. En 1940 se realizó en Caracas la Conferencia Preparatoria del Primer Congreso Venezolano de Mujeres, en el que participaron, además de las mencionadas, Gloria Stolk (1912-1979) y Antonia Palacios (1904-2001), quien la presidió. El hecho de que todas estas iniciativas se produjeran al margen de la Asociación de Escritores de Venezuela (1935) hace lícito suponer que estas escritoras buscaban una vía propia porque probablemente encontraban serios obstáculos para su difusión. Fue gracias a la Biblioteca Femenina y su premio literario que los nombres de Enriqueta Arvelo e Ida Gramcko (1924-1994) se dieron a conocer. Por otra parte, ejercieron una crítica literaria. que hoy consideraríamos ingenua, pero que, sin duda, obedecía al propósito de dar presencia a una producción de escasa recepción. Destacan en este esfuerzo las zulianas Graciela Rincón Calcaño (1904-¿?) y Rosa Virginia Martínez, con la caraqueña Irma De Sola, quien lleva a cabo en 1940 el primer índice de escritoras venezolanas; labor que continuó en 1975, promoviendo en la Asociación de Escritores Venezolanos una exposición hemero bibliográfica acerca de “La mujer en las letras venezolanas”  (Barceló, Lyll y De Sola, Irma, 1976). A través de estos registros han podido conservarse nombres que, de otra manera, muy probablemente hubiesen quedado fuera de la historia de la literatura venezolana. En cierta forma, lo que se debate en este período de transición hacia la modernización y democratización del país es la legitimidad de la mujer definida en la identidad de escritora, tema probablemente más vacilante en el terreno de la novela que en el de la poesía. Su voz no puede asumir un universalismo literario en tanto ellas mismas, como sujetos, no han vivido la experiencia de pertenecer a un mundo universal y abierto sino a una esfera privada y clausurada. Como señala Miguel Gomes (2000):  
Un sector de la población literaria que tenga vedado, directa o indirectamente, un género como el de la narrativa histórica, instrumento indudable de “imaginación nacional”, delata una grave suspensión del derecho a la vinculación mental con el espacio y tiempo sociales.
  Si bien las escritoras que comentamos no pertenecen a la narrativa histórica, es aplicable esta idea de Gomes y, sin duda, explica el desarrollo tardío de la novela escrita por mujeres en Venezuela en comparación con otros países como México, Colombia, Brasil y Argentina Necesariamente, en su lucha por la expresión, debieron comenzar por ejercitar una mirada atenta a lo mínimo, a la pequeña aventura de lo privado, siendo la conyugalidad un tópico privilegiado en su narrativa. Muchos años después, Elisa Lerner (1971) se referirá a esta generación como “las novelistas conyugales”; escritoras forzadas en cierta forma a representar un tema, a establecer un discurso acerca del matrimonio como institución ineludible de su destino. Ciertamente, se trata de una narrativa empobrecida por dos vías. Por un lado, la formación autodidacta, que en raros casos superaba el equivalente a una instrucción primaria; por el otro, el controlado acceso a la experiencia de “la calle”, lo que inevitablemente limita el diálogo con un mundo más amplio. Sus textos remiten generalmente a monólogos y descripciones de lo que observan desde un restringido ángulo. Si Inés Quintero (1998) titula “Mirar tras la ventana”, para referirse a las decimonónicas, ahora miran, como titula Dinorah Ramos, “en el balcón”, pero su relación con el mundo exterior sigue tutelada. “¡Oh, los postigos!,/ pupilas de las casas, tras de las que miramos / a pesar de su tiesa herrazón de pestañas¡”, dirá Luz Machado (1916-1999) en un poema de 1941[2]. La mujer era “lo privado”, lo familiar; por lo tanto, lo que escribiese comprometía su propio honor y el de su familia. No pareciera, entonces, que en este período el problema de la mujer escritora fuese tanto la negación de sus condiciones intelectuales como la censura a que tuviese un discurso público, y sobre todo, la prohibición de escapar del entorno de lo privado. Al respecto es muy elocuente esta cita tomada del relato de Lourdes Morales, “Delta en la soledad” (1946):  
Convéncete, las mujeres en Venezuela, cuando escriben deben hacerlo en femenino […] En nuestro país no entendemos mucho todavía, tratándose de mujeres, eso de separar la personalidad del escritor de la del individuo. Te juzgan tal cual escribes y te sitúan dentro del marco de tus novelas.
  Quizás esta sea la respuesta a las novelas edificantes, a los seudónimos, a la timidez expositiva. Como afirma Noni Benegas (1997), “en femenino [...] consistía, pues, en trasladar al papel las emociones ‘espontáneas’ de esa mujer ideal, plegándose a las estructuras simbólicas que conformaban la identidad femenina de la época”. Estas escritoras defienden su entrada en lo público, el reconocimiento de que su escritura no es solamente pasatiempo o expresión de sentimientos íntimos, sino voz que busca ser incluida en el texto nacional. Pero ocurre que, cuando esta generación de transición inicia su autoexpresión literaria y política, su movimiento se ve truncado por otra dictadura, congelando así su vinculación con la nación que no despertará hasta el advenimiento de la democracia en 1958. Señala Benegas (1997) que en la poesía española de la posguerra, se observa una “mengua de libertades” y silencio, producido por la represión de la dictadura. “La mujer es la custodia de la ‘raza’, la cultura ‘patriarcal’ y el sentimiento ‘nacionalista’.” En el caso venezolano, si bien el inicio democrático entre 1945 y 1948, fue demasiado breve como para hablar de una posterior “mengua”, no podemos dejar de lado que, a los inicios renovadores del final del gomecismo, sucedió un régimen militarista y nacionalista (Torres, 2005). Con todo, estas mujeres de la generación posgomecista fueron verdaderamente las precursoras de las escritoras que nacimos después. Debemos a Luz Marina Rivas (1992) un amplio y original estudio que constituye el redescubrimiento, revalorización y contextualización de estas autoras desdeñadas por la crítica, que completa un importante vacío en la historia de la literatura venezolana, negada durante largo tiempo a reconocer otra figura femenina que no fuera Teresa de la Parra. Otro nombre debemos mencionar en la reconstrucción de esta historia incompleta: Julián Padrón. Es él quien introduce a Enriqueta Arvelo en los cenáculos caraqueños, quien la publica y la prologa, y es él también quien en 1945 compila una antología narrativa en la que incluye a cuatro escritoras. Hoy en día sería poco, entonces era insólito. Probablemente a las mujeres nacidas durante las últimas décadas todo esto les parecerá garantizado. Pero no vino por sí solo; vino, como todas las conquistas de las mujeres, por su propia acción y decisión de ocupar los lugares que les eran negados. Y no obstante, aunque durante los años sesenta y setenta se dan a conocer importantes escritoras, muchas de las cuales continúan hoy su producción, no será hasta los años ochenta cuando la presencia de las mujeres en la literatura venezolana pueda considerarse habitual. No cabe ninguna duda de que esta incorporación es consecuencia del proceso democrático que abrió la educación a los sectores subalternos, y permitió las transformaciones culturales y legislativas en beneficio de las grandes mayorías, incluidas las mujeres. A partir de entonces la recopilación de los nombres de las escritoras se hace tan compleja y densa como en el caso de los escritores, y se unifica lo que durante mucho tiempo marchó por senderos bifurcados. No ocurrirá más la conmovedora anécdota de la periodista y escritora Elba Arráiz, que cuando ganó, bajo el seudónimo de Dinorah Ramos, el Primer Premio del Concurso Femenino de la Asociación Cultural Interamericana, en 1942 –cuyo jurado estaba integrado por Luz Machado, Ramón Díaz Sánchez y Andrés Eloy Blanco–, no quiso recibirlo para no descubrir su identidad (Rivas, 1992). Se ha cumplido así el espíritu que con tanto valor declaró Enriqueta Arvelo: “Entremos en lo bárbaro con el paso sin miedo”[3].     Referencias Alcalde, Carmen Teresa (1995). Escritoras de Venezuela. Escritoras tachirenses. Biblioteca de Autores y Temas Tachirenses. No. 149. San Cristóbal, s/e. Alcibíades, Mirla (2004). La heroica aventura de construir una republica. Familia-nación en el ochocientos venezolano (1830-1865). Caracas: Monte Ávila Editores y Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos. Álvarez de Lovera, María (1994). La mujer en la colonia. Situación social y jurídica. 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Notas:
[1] En el filme Crónicas ginecológicas de Mónica Henríquez, basado en el libro del mismo nombre de Elisa Lerner [2] “Pupilas inmóviles”. En Ronda, 1941 [3] De “El pugnante llamado”.