Palabras de Ana Teresa Torres en la recepción del Premio Anna Seghers

Berlín, 17 de noviembre, 2001

  anna seghersNunca me imaginé que el motivo de mi tercera visita a Berlín, todas ellas por razones literarias, pudiera ser la recepción del Premio Anna Seghers. Quiero expresarles hoy que este es el reconocimiento literario más importante que he recibido por mi trabajo, y que tengo exacta conciencia del honor que el jurado me ha concedido al escogerme a mí entre tantos otros escritores latinoamericanos. Quiero por lo tanto que sepan ustedes mi alegría, y en cierta forma la inquietud que me produce una distinción tan alta que, sin duda, constituye una exigencia y mayor compromiso. Que además el jurado considerara para su otorgamiento una concordancia entre mis libros y el espíritu de Anna Seghers, hace la exigencia, y el honor, aún mayor. “Alemana, judía, comunista, escritora, mujer, madre. Tantas identidades contradictorias, aparentemente excluyentes, tantos ligamentos profundos y dolorosos...” dice de ella otra gran escritora a quien admiro, Christa Wolf. No ha sido mi vida puesta a prueba como la suya; no he conocido la guerra, ni he sido perseguida por mi condición ni atacada por mis opiniones. No he tenido que abandonar mi país y mi lengua. Vivo, sin embargo, dentro de las contradicciones de un país que pertenece a lo que se llamó “tercer mundo”, “subdesarrollado”, “no industrializado”, o cualquiera otra denominación que se quiera dar, lo que supone ser testigo y parte de una sociedad excesivamente fracturada por la inequidad y siempre cercana a la violencia. No vivo, ni escribo, desde un terreno de esperanza o satisfacción sino todo lo contrario, y vivimos ahora todos un renacimiento de los viejos fantasmas apocalípticos que creíamos haber dejado atrás. ¿Qué podemos pensar acerca de los conflictos que siguen traumatizando al mundo? ¿Qué podemos hacer los escritores hoy en torno a que la vida sea más justa y humana?, ¿qué tenemos que decir con respecto a la tolerancia, la ética del poder, la violencia? Quizá retornen momentos en que aquellos que se dedican a la labor intelectual tengan que inevitablemente inmiscuirse en lo que acontece.  Muchos escritores latinoamericanos estan escribiendo acerca de las amenazas a la democracia y la libertad que de tanto en tanto nos acechan. En Venezuela, mi país, en el que las nuevas generaciones literarias habían repudiado la vinculación del escritor con la política, la necesidad de pensar el país y de hacer valer nuestra opinión ha resucitado la preocupación de los intelectuales por las cuestiones políticas y sociales en tanto se han hecho de reflexión urgente. Pero el panorama de hoy es tan diferente al pasado que nos encontramos, por decirlo así, a la intemperie de ideas, de proyectos compartidos, de convicciones. La fe se ha vuelto difícil estos días. No existen ya ideas inocentes, ni países inocentes. Sólo nos queda la soledad de la conciencia. Podemos preguntarnos si los seres humanos tenemos una conciencia que nos permite distinguir entre el bien y el mal de acuerdo a ciertos esenciales y que de ese juicio natural se seguirá nuestra acción. Podríamos también admitir que la conciencia es frágil porque los seres humanos la construimos a partir de la existencia y, por lo tanto, esa construcción no es igual para todos porque las condiciones de nuestra existencia tampoco lo son. Y sin embargo, ¿cómo llegaríamos a los acuerdos necesarios si partiésemos de nuestra radical diferencia y soledad?  Un nuevo humanismo es necesario, que contemple las diferencias multiculturales, que no parta del dominio de los centros hegemónicos, pero, al mismo tiempo, que acepte unas reglas básicas de la civilización, más allá de nuestras distintas historias y problemas. La conciencia moral atañe a todos los seres humanos pero es más problemática aún para aquellos que quieren hacer de ella no sólo un ejercicio interior sino una expresión pública. Con frecuencia a los intelectuales se les pide que expidan su conciencia. Que asuman ante los otros lo que juzgan de determinadas situaciones humanas y que apoyen o critiquen las causas políticas. Ya en esto podríamos detenernos pues no todos los intelectuales estarían de acuerdo con que ese es su deber o su misión. Pero supongamos que sí, que la conciencia del intelectual se ve dirigida a la exposición ante otros de su pensamiento; que parte de su conciencia ética es asumir que su juicio debe retornar a la sociedad en la que vive. El primer problema que inmediatamente se presenta es que en el mundo contemporáneo la complejidad del conocimiento es tal que nadie está en capacidad de hablar sobre cualquier cosa. Diría aún que casi nadie puede hablar de nada sino de aquello que especialmente conoce y que, paradójicamente, la ilusión de una educación renacentista no ha cesado y se espera de los intelectuales que se expresen de cualquier cosa, en cualquier momento. El segundo problema sería preguntarnos si la conciencia ética del intelectual tiene algún atributo que la haga superior a la de otros; y podríamos contestarnos que el ejercicio del pensamiento conlleva una mayor capacidad para la reflexión y comprensión. Pero enseguida tendríamos que admitir que la ilustración y la ética no son inherentes y que grandes mentes han estado al servicio de causas indignas. Probablemente cuando las situaciones externas se radicalizan –y por tanto simplifican- es cuando más intensamente puede sentirse la soledad del juicio ético (y político) ya que las corrientes divididas exigen aún más la precisión de ese juicio. La división en bandos, cuyos nombres cambian a lo largo del tiempo, exige la fidelidad en aras de la pasión romántica de los ideales. Y la fidelidad absoluta, la entrega a quien me pide compartir su pasión, pone en cuestión mi propia conciencia. Me obliga a someterla, me coloca en el trance de perderla. Y la pérdida de la conciencia anula mi humanidad. Disuelve mi derecho a mi propia conciencia. Cuando los regímenes políticos exigen de los gobernados la entrega de su conciencia a los gobernantes, el juego se ha perdido. En su pasión de poder arrastrarán cuanto haya en el camino. Si algún deber le queda todavía al intelectual es resistir. Anteponer su derecho a seguir pensando según su juicio ético, de acuerdo a las circunstancias. Cuando el intelectual renuncia a ese derecho, renuncia más que ningún otro porque su deber con respecto a su propio pensamiento es aún más exigente. Pero el intelectual siente las mismas tentaciones del poder. Siente la seducción del poder. Se envuelve también en la pasión del poder que le pide su entrega. “Conmigo o contra mí” es una demanda seductora. Alguien se ofrece a pensar y actuar por nosotros. Nos ofrece la protección o la guerra. Es difícil resistir cuando el discurso se abre en dos fosas. He vivido esto en el actual proceso político venezolano. En esas circunstancias la soledad de la conciencia se hace más amarga. Saber que no se tiene partido, grupo, asociación que nos legitime plenamente. Que el ejercicio de la conciencia nos puede colocar irremisiblemente en la condición de traición porque sólo se entiende la incondicionalidad. Así opera el pensamiento totalitario, así habló alguien un día: “Con la Revolución todo, contra la Revolución nada”. Así han hablado los dictadores de todas las horas porque lo totalitario no puede hacer concesión a los matices. Así a lo largo del tiempo he ido experimentando la soledad de mi conciencia porque los matices, los cambios, las acciones, no permiten la fidelidad por siempre y en todo, si se quiere ejercer el derecho al juicio ético. Ese ejercicio obliga a la ruptura, la desarticulación, la duda. Entre elegir un dios que me conduzca y la soledad, elijo mi conciencia. Me conforta la opinión de un gran intelectual que no teme el riesgo de sus opiniones, Edward Said: “Entre los intelectuales, los artistas y los ciudadanos libres, es necesario que siempre haya un lugar para la diferencia de opinión, las ideas alternas, los medios de cuestionar la tiranía de la mayoría y, al mismo tiempo, y lo que es todavía más importante, hacer avanzar la libertad y la ilustración”. Los pensamientos totalitarios no admiten esas condiciones. Las revoluciones son optimistas y creyentes o nada. Anna Seghers fue una luchadora de la paz y eso me toca profundamente porque la violencia afecta gravemente a mi país, en muchos niveles y maneras.  Quiso dejar en su testimonio literario conciencia de su tiempo, recoger las voces de los perseguidos, los obreros, las mujeres, los débiles. Rescatarlos a través de la escritura y devolver el valor de la resistencia y de la plenitud de la vida a pesar de sus lados sombríos. Escribió acerca de lo que le afectaba, y a la vez acompañando el tiempo que le tocó vivir, para comprender a los que estaban envueltos en las circunstancias, para intentar entender la historia, y su propio tránsito. Su obra es un ejemplo para la literatura contemporánea tan proclive a ceder al mercado. No puedo imaginarme a un gran escritor escribiendo sobre cosas que no le importan. No puedo imaginarme que alguien construya una obra literaria sin que parta de aquello que conmueve su existencia. No puedo imaginarme cómo se escribe estando ausente de lo escrito. La ética de la literatura reside para mí en desarrollar el propio universo de lenguaje, en “anunciar” –para usar un término de Jean Francois Lyotard- aquello del mundo que nos ha afectado. Aquella mirada que nos ha conmovido, probablemente desde la infancia, y que es nuestra, intransferible. El premio que hoy recibo es una confirmación de que debo continuar en el camino emprendido desde mi primera novela, “El exilio del tiempo”. Recorrer la subjetividad de mi historia, hablar por las voces de los que no la tenían, especialmente las mujeres, contar la historia a partir de ellas. Pienso que las mujeres tenemos mucho que decir acerca de la violencia de la historia. Pero el premio es también una confirmación de la literatura que se escribe en Venezuela, paradójicamente muy rica y a la vez desconocida en el diálogo internacional. En ese sentido pienso que no sólo es una satisfacción personal sino un vehículo que fomentará el diálogo literario entre nuestros países,  y espero poder contribuir a ello. Termino expresando mi agradecimiento a quienes lo han hecho posible, la Fundación Anna Seghers, Dagmar Heusler, y los hijos de Anna Seghers. Gracias también a todos los que me acompañan en este momento tan especial.