Nostalgias y utopías de la venezolanidad

 

Grupo Jirahara. Barquisimeto, 16-18 de abril, 2004

  Intento presentarles algunas consideraciones que forman parte de un trabajo más extenso que provisionalmente titulo “interpretación del imaginario de la Revolución Bolivariana”. Pienso que la mejor contribución de los escritores es dar a conocer en otros ámbitos las reflexiones que acompañan este momento histórico; reflexiones que sin duda deben mucho al diálogo que he tenido la suerte de mantener con valiosos intelectuales de distintas disciplinas. Añado un segundo propósito: distanciar mi perspectiva en la medida de lo posible de los sucesos recientes. ¿Cuáles son? Imposible saberlo. Seguramente desde el momento en que escribo estas líneas hasta el día de este encuentro habrán ocurrido los más variados acontecimientos, e incluso me atrevería a calificar, los más terribles acontecimientos. La actualidad nacional se ha convertido en una suerte de permanente crónica roja, que nos ciega con sus efectos de horror y desengaño. La emocionalidad del venezolano en este tiempo atraviesa sin solución de continuidad el miedo, la desesperanza, la impotencia, el odio, el triunfo, la derrota, la esperanza. Somos una nación de enemigos, de modo que todo es extremo. “El crimen en política comienza con la palabra enemigo. Usarla es ya prepararlo” [1], dice el poeta Rafael Cadenas. Me propongo, hasta donde sea posible, situarme en un punto de vista que me permita, por un lado, alejarme de cualquier incidente inmediato, y por otro intentar una comprensión del drama del que formamos parte. Ese drama tiene que ver con nuestra historia, pero no sólo por lo que haya sucedido en ella sino por el sentido que ha adquirido. Para comprenderlo mejor es necesario dejar por un momento de mirar los árboles para ver el bosque. Los individuos, las familias, las sociedades, las naciones, requieren para su comprensión de un cierto relato, una manera de contarse, de decirse: “esto somos; esta es nuestra vida; esto es lo que representamos”. La historia sería ese gran relato que da identidad a una nación, una construcción abarcante en la que se pretende dar cuenta de la totalidad. Ese gran relato no es únicamente el conjunto de hechos que los historiadores exponen en sus libros y los niños deben aprender en la escuela. Es un sentido que se inocula en los individuos más allá de los textos escolares. Lo llamaré imaginario nacional para resumir esa construcción de imágenes, de sentimientos, de identidades, de símbolos que conforman la “venezolanidad”, o si se quiere, el sentido que para los venezolanos tiene su propia historia. Para resumirlo parafraseo al poeta Vicente Gerbasi: venimos de la nostalgia y hacia la utopía vamos. El imaginario venezolano se sitúa en un tiempo histórico oscilante entre la catástrofe y la resurrección; una temporalidad subjetiva que se mece entre el paraíso destruido y el advenimiento de un nuevo mundo. No nos hallamos, no hay manera, en esa lenta marcha, gris y rutinaria, del día a día. Nos gusta la  grandiosidad en la que todo colapsa, destruido por los enemigos, y resucita en la gloria desmesurada de los héroes.  Nuestra historia es una celebración de los triunfos épicos que deja pocas páginas para los seres anónimos y la construcción ciudadana, con frecuencia silenciada, por no decir despreciada. Un pasado de estruendo bélico, de triunfantes cornetines, de enemigos que huyen, de banderas libertarias y proclamas, de dictaduras sangrientas y heroicas resistencias; una historia del poder, y de la violencia del poder, que fluye continuamente hacia un futuro promisorio que siempre parece quedarnos más allá. Cuando se le presta atención al común trabajo y a las metas particulares, generalmente se inscribe con subterfugios: las mujeres heroínas del hogar, los héroes que dedicaron su vida a la medicina o la enseñanza, etc. Hasta los jugadores de la Vino Tinto corren el riesgo de dejar de ser profesionales del deporte para convertirse en heroicos guerreros con la misión de engrandecer a Venezuela, cuyas victorias futbolísticas serán réplicas de Pichincha y Ayacucho. Está por escribirse la historia del venezolano anti heroico. Aquel que quiere ser feliz y productivo en su modesta vida y acceder a metas posibles sin pretensión de trascendencia. Ese venezolano existe desde el principio de nuestra historia pero ha estado notoriamente ausente de los cuadros que conforman el relato nacional. La historia dibuja los siglos de dependencia colonial como un período de opresión con poca atención a la construcción social y cultural que se estaba llevando a cabo; el siglo XIX se presenta como una saga de las luchas entre caudillos; el gomecismo y perezjimenismo como crónicas de las dictaduras. No que los historiadores y críticos culturales no hayan arrojado luces sobre la producción de civilidad durante aquellos tiempos, pero sin duda es el relato heroico el que ha prevalecido como discurso oficial. De ese modo los venezolanos como colectivo no se sienten orgullosos de la gestación de su civilidad. Los empresarios, profesionales, comerciantes, técnicos, trabajadores, sean grandes, pequeños o medianos, ese capital social que hace la riqueza de las naciones, ha sido siempre estigmatizado: la productividad se mira desde la desconfianza o el estigma de la corrupción y la explotación. Y en cuanto a los hacedores sociales, los científicos, académicos, artistas, los intelectuales en un sentido amplio, suelen pasar omitidos por el desconocimiento. Quizás en estos últimos años los hemos visto convocados en los medios de comunicación para pedirles explicación del acontecer, pero es un fenómeno reciente y probablemente efímero. La atención pública siempre estuvo saturada por la clase política, es decir, por los profesionales del poder. No tiene nada de extraño que en investigaciones psicosociales realizadas durante la primera mitad del siglo XX para determinar el flujo de las motivaciones, se encontró que los venezolanos, en comparación con las medias mundiales, destacan en poder, son medianos en afiliación, y muy bajos en logro. Y que en investigaciones realizadas a fines de siglo, la identidad se represente en el apego a un país bello, con gente buena, pero plagada de condiciones sociopolíticas negativas, con una minusvalía en logros instrumentales (José Miguel Salazar, “Perspectivas psicosociales de la identidad venezolana”. Identidades nacionales en América Latina. UCV, 2001). La restauración, el cuidado por lo construido en cualquier ámbito, la valoración de las producciones de ciudadanía nos parecen siempre actitudes conservadoras y un tanto desechables; fácilmente erosionamos con la crítica irresponsable lo que ha tomado mucho tiempo y esfuerzo silencioso construir. Nos gusta, diría que nos apasiona, la revolución, la renovación permanente. Todo lo cual hasta cierto punto nos debería colocar en la avanzada y hablaría de un espíritu innovador que pudiera traer consecuencias muy favorables, mas con frecuencia lo que nos queda es una suerte de acomodo improvisado, de “parapeteo” que nos regresa al sentimiento de que mejor es quitarlo todo y comenzar desde cero. Quizá nuestra permanente sensación de incompletud, de ineficiencia, o al menos de no cumplimiento de las metas, esté relacionada con esta manera de sentir y apreciar. Reiterativamente, en ese pasado mítico en que nos narramos, existió un paraíso perdido, una maravillosa existencia destruida por la injusticia que nos obliga a refundarlo. Si vamos a lo histórico, como registro del pasado, y forzosamente proyección del futuro, el imaginario nacional venezolano que retóricamente nos construye, aparece escrito en una gramática reivindicativa. Lo pasado es inmediatamente transformado en un escenario maligno, del que afortunadamente -se nos dice- hemos podido escapar. Algo malo fue borrado y dejado atrás. La simplicidad del mecanismo salta a la vista. Pero, y esto es quizás aún más preocupante, el futuro aparece inscrito como restitución instantánea de lo pasado anulado. Cargado de utopía, de forzada realización, de proyecto imposible. Pareciera como si nos faltara el sentido de la oportunidad. La virtud de colocar los nombres y procesos en su sitio y su momento para mirarlos en perspectiva. Recoger lenta, ardua y dolorosamente lo que nos resta en saldo. Preferimos, apresuradamente, lanzarlo al vertedero de la historia, y aspirar de nuevo y de inmediato a un mejor y brillante futuro. En la mirada retrospectiva de la retórica venezolana, se mira hacia atrás con una visión hegemónica de denigración; por consecuencia, lo ideal está hacia delante. Estos pasajes bruscos entre lo pasado-denigrado y lo futuro-ideal que construyen un imaginario catastrófico-heroico conducen subrepticiamente a un cierto odio por la memoria nacional. Nada bueno arrastramos, pareciera ser el lema de nuestra autoderogación; inmediatamente contrastado con el proyecto magnificente e improbable. Ahora bien, estas reflexiones debo situarlas en el contexto del cual surgen que no es otro que la Venezuela de la V República, y ya esta seudodenominación subraya la pretensión de un nuevo orden, la premisa de la destrucción de lo anterior. No puedo tampoco desvincularlas del primer actor que ocupa la escena política y privada. Al pensar en todo este período, algunos lo han caracterizado como un “accidente de la historia”. Podemos considerar que los problemas del país trascienden a su persona, podemos incluso recordar o avizorar un país sin su persona, pero me parece que la vinculación entre el país y su persona se presenta como un problema que sobrepasa la categoría de aquello que ocurre fortuitamente. Este teniente coronel que seis años después de un fracasado golpe militar ascendió al poder mediante el voto, y alcanzó altas cuotas de popularidad que fueron descendiendo hasta permanecer estables, seis años después, en aproximadamente un tercio de la población, me parece un fantasma irresuelto de la historia, una pantalla de las proyecciones del imaginario nacional, y a riesgo de decir algo que a mí misma me incomoda, su protagonismo es una suerte de ejercicio de la venezolanidad profunda en sus dos pasiones: la devastación y la refundación. Encuentro en su discurso vinculaciones manifiestas con el imaginario nostálgico-utópico al que me refería inicialmente, del cual él resulta su mejor intérprete. Cómo llegó a adquirir este estatuto, escapa a mi intuición. En todo caso, y como quiera que no me interesa en este momento discutirlo como gobernante ineficaz o representante de los movimientos neoizquierdistas y antiglobalizadores, sino en su práctica discursiva, como exponente de una retórica enunciativa, de ahora en adelante me referiré a él como el Enunciante. Por qué llegamos a estas circunstancias en que nos encontramos me parece suficientemente conocido, y en todo caso propio de economistas, sociólogos y politólogos, pero partamos del lugar común de que a mediados de los años 80, quizá con la fecha del “viernes negro” como marca simbólica, la Gran Venezuela, utopía de la democracia, anunció su definitivo colapso dejando un vacío de referentes en el imaginario social y en las expectativas políticas. La nostalgia nos amenazaba de nuevo: Fuimos un maravilloso país, lleno de riquezas infinitas, destruido por el mal. Esta leyenda –probablemente relacionada con la noción de la Tierra de Gracia; siglos después con el petróleo- parece una fábula moral, un derivado de la retórica cristiana: paraíso-pecado-caída-expulsión-redención, que lleva implícita la necesidad de que nazca el héroe del éxodo que señala Lyotard: aquél que será capaz de sobrevivir a la destrucción puesto que es el encargado de conducir a su pueblo hacia la relación plena con su destino y destruir a sus enemigos. El Enunciante define tres enemigos históricos: los españoles que destruyeron el paraíso indígena, vencidos por Bolívar; los oligarcas criollos que, apoyados en Páez, destruyeron el paraíso conquistado por Bolívar, a quienes Ezequiel Zamora, a su vez, intenta destruir; y finalmente los políticos “puntofijistas” que destruyeron la riqueza petrolera mediante la corrupción, a quienes erradicará el Enunciante, heredero de los dos héroes anteriores. Ahora bien, insistamos en la noción de nostalgia y utopía. Los dos momentos históricos que las enlazan con mayor nitidez son la gesta independentista y el impacto petrolero, ambos iconos de la representación nacional. La gesta independentista es el símbolo de la venezolanidad, y su exaltación constituye la fuente primordial del orgullo y la identidad. Es necesario comprender que esto ha conformado valores ligados al heroísmo bélico, al poder militar, y a la identidad guerrera, que no han sido suficientemente transformados con el paso del tiempo y han permanecido en una suerte de anacronismo ideológico en detrimento de los valores ciudadanos, ligados a la civilidad y a la construcción social. Y es también necesario insistir en que la productividad y el bienestar social sólo se generan en escenarios de paz y cotidianidad. La permanente retórica bélica como signo de la nacionalidad, acompañada de los sentimientos libertarios y emancipatorios se transforma en un enunciado inútil e inadaptado a los desafíos de ciudadanos del siglo XXI. Los guerreros, más allá de la justicia de sus causas, no son constructores; por el contrario, destructores. En ese sentido no puede escapar la connotación que adquieren algunos de los planes sociales del gobierno al ser nombrados con significantes de la gesta independentista: Plan Bolívar 2000; Misión Sucre; Misión Ribas; Misión Vuelvan Caras. Sabemos que estos enunciados plenos de valores militares y heroicos, constelados alrededor de la figura de Bolívar, comenzaron apenas terminada la guerra de Independencia, y que fueron ensalzados al servicio de la ideología política. Para la mejor comprensión histórica del tema recomiendo el libro de Elías Pino Iturrieta, El divino Bolívar, de reciente aparición. La nostalgia de la grandiosidad es probablemente nuestra marca de nacimiento como República. El país más devastado en la guerra requería de una estrategia discursiva de sobrevivencia que se fue desarrollando desde el siglo XIX. El culto bolivariano, cantado por historiadores, escritores, políticos y gobernantes, se sostuvo incólume en el alma nacional hasta culminar en este momento de éxtasis religioso con la figura del Libertador que encarna el Enunciante. No olvidemos, por otra parte, que en el culto popular que también comienza poco después de su muerte, se le atribuyen a Bolívar virtudes de predestinación, protección divina y sanación, y que parte de la mitología bolivariana es la reencarnación mesiánica que dará cumplimiento a su obra detenida en la historia por el concurso del Mal. Todo esto puede sonar como fábulas ingenuas, y sin embargo está enraizado en sentimientos y creencias muy profundos que no deben desestimarse. El soldado victorioso que destruye impunemente a su paso porque se encamina a la refundación y a la liberación de los oprimidos, se ha trasladado a la siempre presente tentación militarista a lo largo de nuestra historia pasada y presente. Todo ello con detrimento de la valoración por la sociedad hacedora y anónima. La nostalgia de la Independencia como el momento más glorioso de nuestra historia, la insistencia en que pervive el pueblo “hermoso, eterno y heroico” de Bolívar, sojuzgado por los destructores de la Nación, ha sido recurrente en el Enunciante. De allí la reduplicación constante del imaginario bélico, la división del país en dos bandos (patriotas vs. apátridas; quintarrepublicanos vs. puntofijistas; bolivarianos vs. escuálidos; revolucionarios vs. oligarcas). Su utopía reconstructora es, por supuesto, la Gran Colombia, destruida por los intereses oligarcas de Páez, tema también muy afín al Enunciante, y que puede trasladarse a la unidad continental como estrategia tercermundista frente al poder del Imperio globalizador. En la práctica discursiva del Enunciante el momento mítico que debe ser recuperado es, sin duda, la gesta independentista. Allí reside nuestra gloria, nuestra mejor identidad, nuestro lugar en la historia. “Volver a Carabobo”. Por ello el discurso bolivariano-religioso merece más atención ya que podría concebirse como una alegoría cuya función es tejer una narrativa que confiera un cierto grado de cohesión y dirección a un imaginario que, por causas demasiado conocidas, se había vaciado. Establece al mismo tiempo un diálogo con quienes habían perdido no sólo interlocutor sino localización y dignidad social. Sus efectos son paradójicos. Por una parte, restaura una desintegración y pérdida acelerada de la cohesión social; por otra, se dirige hacia una reintegración ajena a la conformación democrática y ciudadana. Es decir, abre la posibilidad de una organización del cuerpo social, a la vez que la encauza en postulados fundamentalistas que inicialmente se expresaban en el fervor, y rápidamente se han  transformado en violencia manifiesta. El propio lenguaje del discurso lo determina así mediante la ecuación: Dios: Patria: Pueblo: Ejército: Bolívar: Mandatario, cuyo resultado borra las instancias intermedias de representación, desagregación y limitación del poder y, finalmente, la existencia del propio sujeto político convertido en creyente. La visión mesiánica y la conducción del pueblo auténtico a la grandiosidad de su destino que perdurará por los siglos no es, como se recordará, una originalidad. Es el mismo presupuesto en el que se asentaba el Tercer Reich, y en general las distintas modalidades de fascismo. El segundo momento de nuestra nostalgia es la unidad con la tierra. La nostalgia del “terruño” como respuesta a la transformación irreversible del paisaje y de los modos de vida que produjo el impacto petrolero. Esta vivencia de añoranza y culpa por el abandono del campo, más distante en los sectores urbanos, todavía puede encontrarse en algunas regiones, en los descendientes de los campesinos que se convirtieron en mano de obra de la economía petrolera, vinculada a la riqueza “corrupta, explotadora y extranjera”;  contrapuesta al paraíso perdido, la inocencia, la nacionalidad “profunda” de la Venezuela agraria, y a un cierto odio por la modernidad urbana y la proyección cosmopolita, sin duda presente en el Enunciante que en buena medida ha propuesto la vuelta a un estado intemporal adánico de integración del hombre con la naturaleza, que corrija la injusticia terrateniente y los vicios de la civilización urbana y postmoderna. Como ejemplo de estos enunciados podríamos recordar el discurso en el barrio Las Malvinas, post 11 de abril, en el cual se propuso como remedio a la pobreza la cría de pollos verticales en los ranchos y la siembra de conucos en las platabandas. Es este punto de cruce de las nostalgias donde se intersecta el discurso bolivariano de la grandeza heroica con la reivindicación zamorana por la posesión de la tierra. En el árbol de la “triple raíz” –metáfora agraria, por cierto- poco quedó para Simón Rodríguez, salvo la Misión Robinson. En la modalidad de vinculación entre nostalgia y utopía en el imaginario venezolano, es necesario resaltar que la utopía nuestra no tiene un carácter predominantemente futurista sino reconstructivista. Una suerte de utopía retrospectiva en la cual se dibuja un movimiento hacia atrás, hacia el momento de la pérdida y la destrucción con el propósito de corregirla. Un ejemplo breve pero muy iluminador tuvo lugar cuando en tiempos de la Constituyente, se planteó la posibilidad de devolver a las etnias indígenas los territorios conquistados. Y por supuesto está presente a lo largo de todo el enunciado bolivariano, en términos de replantear el escenario bélico para infundir la culminación de su gesta inconclusa por obra de los políticos inescrupulosos. Paralela a esta nación heroica y militar, se sitúa una tradición que fue desarticulada por el poder de los caudillos, paradójicamente llamados “liberales”. La República civilista y liberal. Sin duda su impacto sobre el imaginario nacional no es comparable con la anterior, pero es muy importante tomarla en cuenta en la actual coyuntura. Podríamos situar en ella los discursos político-económicos que se entroncan con el liberalismo, la economía de mercado, el establecimiento del Estado de Derecho por encima del Estado de Justicia. El problema que pudiéramos señalar, en términos del tejido social, es que a diferencia de los discursos populistas que saturaron el período democrático, esta tradición liberal se ofrece como vacía de contenidos, demasiado expuesta a la racionalidad institucional, y poco atractiva para nutrir la esperanza. Y al mismo tiempo parece inevitable concluir que todos los diagnósticos llevan al mismo punto: la precariedad de un proyecto institucional que haya solidificado las instancias republicanas en términos de justicia para todos, separación de poderes, preeminencia de las leyes sobre el personalismo político, generación de una sociedad civil que sea poseedora de su libertad económica y personal. La construcción de un país institucional es, sin duda, una deuda de la democracia. No puede existir una democracia sin instituciones democráticas. Decir esto es demasiado obvio, y a la vez, ha sido permanentemente obviado ya que la tradición política venezolana ha sido imponer el personalismo sobre la institución, como residuo del ya comentado discurso militarista y caudillesco que ha inundado nuestro pasado y nuestro presente. Una democracia con instituciones autónomas representa la única manera de resolver las contradicciones entre la sociedad civil y el Estado. Creo que es una afirmación que cuenta con consenso. Pero como quiera que no podemos situarnos en un momento cero, sino en la realidad, es necesario reconocer que la Venezuela institucional representa más que la creación de instituciones, que ya existen en las leyes, una voluntad política para que trasciendan la letra, un acuerdo en el que tendrían que concurrir los principales actores. Sin embargo, nuestros problemas exceden este marco. Antes de aspirar a una nueva utopía como sería la conformación de una República de las leyes en la que todos y cada uno de los ciudadanos gozarían de la más democrática de las libertades económicas y personales, dentro de un sistema de jueces probos, legisladores oportunos y gobernantes honestos y eficientes, no podemos dejar de ver que más allá de los discursos, los enunciados y los enunciantes, el panorama social se despliega en la desolación. En una democracia liberal el principio fundamental para resolver la contradicción que propone la tenencia del capital, es la igualdad de oportunidades. La igualdad de oportunidades es un norte, o un desideratum, que puede funcionar en países con economías fuertes, tradición de sociedad civil, y arreglos políticos suficientemente convenidos, pero dado el estado de fractura económica, social y cultural de la sociedad venezolana exige otras consideraciones. Dicho de otro modo, una cantidad de ciudadanos, estimable en cifras gruesas en un 50% (incluyendo aquí los sectores de clase media y otros que, en distintos niveles de pobreza pero con capacitación laboral, cuentan con recursos culturales y sociales) estaría en posición de buscar sus oportunidades, dadas unas condiciones económicas que reestablezcan o mejoren la situación general del país. Es decir, aun con variables índices de pobreza se trata de conjuntos sociales cuyos valores se asimilan a la clase media. Tienen una razonable confianza en que mediante la educación, el trabajo y las oportunidades, pueden acceder al logro de sus metas, a la movilidad social que durante algunas décadas fuimos ejemplarmente capaces de producir. Pero el otro 50%, en pobreza extrema, no lo estaría. No debemos llamarnos a engaño; ni tienen capital ni tienen trabajo, ni capacitación para adquirir ni uno ni otro. De este modo se genera un conjunto social que no tiene ninguna esperanza válida de convertirse en ciudadanía, y su única posibilidad de supervivencia es el apego a un sistema o personaje poderoso a quien encomendar sus petitorios. La Nación, que incluye la sociedad civil y el Estado, no puede evadir esta fractura. Esta ha sido la puerta para la Revolución Bolivariana y la imposición de una solución ideológica. Citaré a un pensador muy alejado, por cierto, de las opiniones mediáticas: de nuevo el poeta Rafael Cadenas [2]. Dice así: “Cualquier ideología es perversa, aunque esté guiada por la buena intención, porque separa a los seres humanos. El bien que se busca termina trastocándose en mal. Las revoluciones traen violencia, se vuelven sangrientas, instauran dictaduras, destruyen y se autodestruyen, todo por el bien del pueblo. Prefiero el sentido común, que es ajeno a carismas, redencionismos, salvaciones, a todas esas grandiosidades hipócritas cuyos promotores nunca se han visto a sí mismos. Si lo hicieran se darían cuenta de que el mal que pretenden combatir está también en ellos y eso es igualmente valedero para los que se le oponen, quienes sin embargo, por estar más cerca de la realidad –al menos su retórica no tiene pretensiones mesiánicas- podrían acercarse al autoconocimiento”. Este elogio del sentido común me parece una valoración fundamental contra el mal de las ideologías. Se impone una comprensión pragmática de que todos ganamos si la Nación está completa en términos de crecimiento económico sustentable, homogeneidad social, bienestar colectivo, calidad de vida. Por otra parte, de continuar amplias mayorías en una situación de exclusión la estabilidad del sistema democrático queda cuestionada, no importa lo que ocurra en el acontecer político inmediato. No se me escapa que construir una plataforma que permita establecer un puente sobre esta fractura, y a la vez supere nuestros eternos programas contingentes, llámense “plan de emergencia” o Mercal, incluye enormes dificultades, pero es la única posibilidad de asegurar a largo plazo un futuro para la democracia venezolana que sustituya la vocación históriconostálgica por memoria ciudadana y la utopía por legítima esperanza de mejoría.   [1] “Contra los humos de la propia estimación”. Entrevista con Rafael Cadenas. Claudia Posadas. 2002-2003, México. En Revista El Puente. Caracas: Enero 2004. No. 1.   [2] Ob.Cit.