El diálogo de la pérdida

Revista Bigott. No. 54-55. Caracas, Jul-Ago-Sep/Oct-Nov-Dic 2000: 114-120.

  Los sucesos desencadenados en el país a consecuencia del fenómeno que hemos dado en llamar “la tragedia de Vargas” –denominación que ya, en su afirmación, niega, pues otros ámbitos acusaron destrucciones humanas y materiales, si no tan cuantiosas igualmente dolorosas para las víctimas- muy bien pudieran constituir un alto que abruptamente se interpone en la cotidianidad demandando ser dilucidado. No me corresponden las cifras,  daños, efectos o imprevisiones; me incumbe la metáfora, el duelo, la aflicción; aquello que tiene lugar en el lenguaje. Lo ocurrido nos invita a visitar, críticamente, nuestras relaciones interiores con ese evento inevitable y universal de la pérdida. De todo lo que vimos aquellos que tuvimos la suerte de sufrir sólo mediáticamente, aludiré a una  imagen postcatastrófica, pretendidamente alegre, o al menos de intención reconfortante. Me refiero a una escena en la cual un grupo de niños sobrevivientes refugiados en alguno de los centros que para ese fin se habilitaron, se nos mostraban en las pantallas como los confiados espectadores de unos payasos que actuaban para ellos buscando distraer la imposible festividad navideña. ¡Qué respuesta tan venezolana –pensé- ante el dolor! Es impensable adjudicar a quienes tuvieron la iniciativa de proponer este entretenimiento, otra intención que no fuese la mejor de las voluntades pero la escena quedó en mi recuerdo como ejemplo de nuestras estrategias y reacciones en busca de análisis. Quizás aquellos niños fueron felices por un rato; quizás, incluso, disfrutaron de un espectáculo al que muchos de ellos no habían nunca tenido acceso en tiempos de normalidad. Pero, en el camino del duelo, la medicina es exactamente la opuesta (Revisando  información proveniente de profesionales experimentados en el trabajo con catástrofes mayores, la idea de “hacer reír” a las víctimas sobrevivientes no aparece jamás entre las modalidades de intervención). Los payasos provocando la risa de niños que habían perdido sus hogares, sus vínculos de relación, sus escuelas, su pequeño pero fundamental pasado, y, quizá, a personas muy queridas y cercanas, confieso me resultaron más intolerables que las imágenes de barro y piedra en su carácter de síntoma de la tragedia, aquello que resta de un proceso no suficientemente transitado anímicamente, la señal de nuestra dificultad para establecer negociaciones con el sufrimiento. La psicoanalista que aún habita en mí pensó que la tristeza de lo acontecido en las vidas de aquellos niños quedaría asociada a la mueca y la carcajada quizá para siempre, y sin saberlo se convertiría en tristeza inaccesible. A la ausencia se opondría una efímera y engañosa presencia. La privación requiere de palabras para llegar a ser pérdida. Aquello que no nombramos, podríamos decir, nos amenaza. Nos vigila como fantasma ausente de nominación. El duelo exige lenguaje del reconocimiento, exploración del cuerpo perdido hasta convertirlo en objeto doloroso, a pesar y por ello mismo, carne propia. Pero dejemos a un lado el cúmulo de sucesos vividos a partir de aquel 15 de diciembre. Sigamos el hilo que nos anuda a un tema sin duda poco explorado como es nuestra relación con el dolor, y sea el primer paso comenzar por su definición. “El duelo –si le preguntamos a Freud (1917)- es la pérdida de un ser querido o de una abstracción equivalente que ha tomado su lugar, tal como el país, la libertad o un ideal”. Es decir que, paralelamente a las desapariciones que todo individuo enfrenta a lo largo de su particular biografía, los conceptos más abstractos y relacionados con la patria son los primeros casos a considerar en torno al tema. Pero localicemos primero su territorio, intentemos delimitarlo, acorralarlo, precisarlo en sus límites, y toparemos de inmediato con el primer obstáculo: la pérdida es ubicua. Allá donde la vislumbramos se evade, allí donde la ocultamos, reverdece. No se amansa a la voluntad histórica que le quiere determinar sus correderos, no acepta sus enterramientos o sus versiones. Desafía la armadura de los libros que la narran y la dibujan. Porque la pérdida exige, para dejarnos en paz, que hayamos dialogado con ella. El ocultamiento apresurado o el disfraz no le convienen. Eso, al menos, es la enseñanza freudiana. Método paradójico. Para olvidar a un ser perdido, es necesario primero negarnos a olvidarlo, amarlo en su desaparición, llorarlo en su ausencia, desbordarnos en su irrecuperabilidad, y así el tiempo nos traerá alguna vez la serenidad de su nombre ido. ¿Cuánto, cuándo, y qué hemos perdido? Si nos asomamos al vasto horizonte de la historia, nuestra mirada se extiende hacia un indefinido territorio de lo ausente, una geografía de la pérdida que atravesamos con una borrosa cartografía. La historia vendría siendo un privilegiado registro del pasado pero también la cultura, las mentalidades, las valoraciones e ideales y los estilos de vida. De alguna forma, así como un individuo necesita, para su mejor cohesión, estar en capacidad de reconocer y  palpar aquello que le es propio, sea vigente o vencido, pertenézcale en el presente o en el pasado, pero constituyente de su identidad, también el sujeto social requiere, para su mejor construcción, de un cierto mapa de los caminos que marcan sus apropiaciones y desalojos, sus recorridos y ausencias en su vinculación con el espacio y tiempo colectivo. No se trata, por supuesto, de “inventar un pasado”, de establecer una narración homogénea y aglomerante que nos “explique” desde el origen de los tiempos a la manera de un discurso decimonónico. No se trata, precisamente, del levantamiento de una armonía histórica que dé cuenta de la identidad como producto de unas causalidades de antemano previstas al modo positivista. En cierta forma los venezolanos hemos estado sometidos al cansancio de la historia que repite la salmodia de sus versos y obstruye otra lectura; otras lecturas, para mejor decir. En efecto, hay una cierta modalidad discursiva de la historia venezolana que también esos tristes días del último siglo me pareció distintiva de nuestra manera propia de hablar con lo perdido. Pensé, o quizá sería más exacto, sentí que los venezolanos nos narramos en una gramática enunciada de modo vindicativo y en tiempo anulatorio. Las primeras reacciones ante el desastre causado por las inundaciones se movieron entre dos polos: quiénes son los culpables y cómo será la futura y magnífica reconstrucción –“un nuevo Cancún”; (¿y por qué no intentar más bien devolver a los sobrevivientes a un cierto estado de existencia al menos similar al perdido?) Nuestro paisaje imaginario oscila de la catástrofe a la resurrección; nuestra temporalidad subjetiva se mece entre el paraíso destruido y el advenimiento del nuevo mundo. No nos hallamos, no hay manera, en esa lenta marcha, gris y rutinaria, de avanzar recogiendo lo que cae. Nos gusta la  grandiosidad en la que todo colapsa, destruido por los enemigos, y resucita en la gloria deesmesurada de los héroes. (“Ustedes son tan celebratorios”, me decía Francine Masiello). Ciertamente, nuestras crónicas históricas dejan pocas páginas para los seres cotidianos. Un pasado de estruendo bélico, de triunfantes cornetines, de enemigos que huyen, de banderas libertarias y proclamas, que fluye, sin solución de continuidad, a un futuro promisorio que siempre parece quedarnos más allá. De la nostalgia a la utopía no hay más que un paso. Es probablemente nuestra marca de nacimiento como república. La guerra ganada y el país destruido requerían de alguna estrategia para sobrevivir al hecho de que en el proceso independentista ninguna nación sufrió tan grave devastación física y humana como Venezuela. Siempre, en ese pasado mítico en que nos narramos hacia atrás, existió un paraíso perdido, esa maravillosa existencia destruida por la injusticia que nos obliga a conjugarnos en la vindicación. Pero, y aquí reaparece la nostalgia de la unidad, en tanto ese pasado no es unívoco y homogéneo y no resume la multiplicidad de nuestro diálogo identitario contemporáneo, cada cual entenderá la nostalgia de la pérdida desde su  punto de vista, y consecuente, encarará a un enemigo distinto como culpable de su destrucción, así como alguna visión particular iluminará la reintegración de la catástrofe en alguna versión maravillosa de la recuperación. Del llanto a la risa, de la desolación a la esperanza sin mediación. Tan pronto como  los niños se secaban las lágrimas, el discurso social los obligaba a la risa próxima, inmediata y representada ante sus ojos. El tiempo anulatorio se apresuraba vertiginosamente a sacarlos violentamente de su dolor. La pérdida nos obliga a la vinculación con el espacio y el tiempo, en lo propio y personal, pero también en lo social y compartido. Su reparación exige diálogo. Tránsito comunicante por el espacio y tiempo que damos por perdido. Si vamos a lo histórico, como registro del pasado, y forzosamente proyección del futuro, el imaginario nacional venezolano, el paisaje elaborado acerca de la identidad que retóricamente nos construye, aparece escrito en esa gramática vindicativa y reivindicativa que mencioné anteriormente. Modo antagónico al diálogo con lo perdido. Lo pasado es inmediatamente transformado en un escenario maligno, del que afortunadamente, se nos dice, hemos podido escapar. Por lo tanto, nada hay que recuperar o dignificar, y nada se ofrece a la memoria. Algo malo fue borrado y dejado atrás. La simplicidad del mecanismo salta a la vista. Pero, y esto es quizás aún más preocupante, el futuro aparece inscrito como restitución instantánea de lo pasado anulado. Cargado de utopía, de forzada realización, de proyecto imposible. Así podría leerse la narrativa histórica desde los inicios de la conquista y colonia, pasando por el proceso independentista, las contiendas civiles, las dictaduras y la etapa democrática. Si bien toda nación requiere de la celebración de aquellos episodios que marcan sus rupturas, no es menos cierto que exige también el relato de lo construido en términos que señalen el camino de sus continuidades. Pareciera como si nos faltara el sentido de la oportunidad. La virtud de colocar los nombres y procesos en su sitio y su momento para mirarlos en perspectiva. Recoger lenta, ardua y dolorosamente lo que nos resta en saldo. Preferimos, apresuradamente, lanzarlo al vertedero de la historia, secarnos los ojos y aspirar de nuevo y de inmediato a un mejor y brillante futuro.    En el proceso de duelo –sigamos con Freud- es indispensable acercarnos al objeto perdido con la mirada abarcativa, y si se quiere crítica, del que analiza las condiciones del objeto, las virtudes y defectos, las posibilidades e imposibilidades del mismo. Sólo así puede construirse una memoria dignificada que nos permita desechar y cosechar. Lo que queremos conservar del objeto perdido, lo que preferimos abandonar. En la mirada retrospectiva de la retórica venezolana, se mira hacia atrás con una visión hegemónica de denigración; por consecuencia, lo ideal está hacia delante. Estos pasajes bruscos entre lo pasado-denigrado y lo futuro-ideal que construyen un imaginario catastrófico-heroico conducen subrepticiamente a un cierto odio por la memoria nacional. Nada bueno arrastramos, pareciera ser el lema de nuestra autoderogación; inmediatamente contrastado con el proyecto magnificente e improbable. Tendríamos que preguntarnos si la indiferencia cuando no la violencia con que tratamos nuestros testimonios arquitectónicos y urbanísticos, y en general, el entorno, no se vincula con esta actitud ante la pérdida. Como si fuéramos aparentemente inmunes ante ella y nada nos importase. Uno de los mecanismos defensivos ante la aflicción es precisamente la denigración del objeto perdido que puede alternarse con la idealización del que está por advenir. En esa rígida alternativa, el sujeto no sabe dejar ir lo irrecuperable ni cuidar aquello que puede conservar. Denigrado lo anterior y sin construir lo futuro, sobreviene el vacío. Pudiéramos en una visión retrospectiva de 500 años de historia, sospechar cuán poco valoramos del trabajo realizado por tantos seres anónimos que, al margen de batallas y heroísmos, intentaron, dentro de los paradigmas de su momento histórico y la efímera cotidianidad de sus vidas, construir el país. La historia nacional inmediatamente los procesa, los somete a juicio, y de acuerdo a los términos de la reivindicación, los desecha. Apoyándose en los aspectos inevitablemente negativos de cualquier proceso histórico, todo cae bajo la destitución y se pierden para siempre los aspectos positivos. Piénsese, como breves ejemplos, cuánto ha costado para que las manifestaciones culturales del período colonial –en términos de arte, música, artesanía, gastronomía, oficios, agricultura- hayan sido legitimados como parte de nuestro legado, o en los obstáculos ideológicos impuestos durante mucho tiempo por la mirada oficial a los escritores e intelectuales que, coetáneos de las dictaduras, no pudieron o no quisieron merecer el título de mártires. Venezuela se ofrece como una memoria perforada de la que hemos ido sacando y anulando de acuerdo a criterios más que nada políticos –en torno al poder y sus derivados- y muy poco de acuerdo a criterios culturales, en el sentido de cuidar nuestro tejido social. De esa manera, revisitar el pasado para conocer nuestras pérdidas lleva un paso tortuoso. La sociedad necesita amarse a sí misma más allá de quienes detenten transitoriamente el poder, y sentir como pérdida propia lo valioso que desaparece. Nuestra taimada costumbre de destruir, detener y erosionar lo que otros –enemigos, adversarios, distintos- han construido o comenzado, a fin de que la historia no los reivindique como buenos, nos ha hecho sufrir un permanente e invisible estrago del que quizá no hemos tomado conciencia y que nos somete a un permanente duelo inconcluso, a veces manifestado en una nostalgia difusa, y otras –por qué no decirlo- en un sentimentalismo banal. También en la vinculación con el espacio social ocurren similares procesos. Más allá de nuestro hábito conversador y verbalizante, la sociedad venezolana pareciera mostrar interferencias de comunicación. Sus conductos de diálogo están obstruidos por el prejuicio, la opinión tomada, las vindicaciones y resentimientos, y, desde luego, el desconocimiento. Nos leemos mal, podría decirse, o en todo caso, poco. La pasión heroica y la admiración por el poder nos ha hecho difícilmente sensibles a los tejidos más delicados de la sociedad.         Si la nación –al decir de Benedict Anderson- es una “comunidad imaginada”, los venezolanos nos imaginamos desde referentes que no brindan una articulación del país que somos, muy lejano ya al tiempo del que brota lo que más atrás califiqué de “nostalgia de la unidad”. Ser venezolano, ¿qué es?, podríamos preguntarnos. Buscamos una explicación en esa legendaria sociedad de implantación y se oscurece la visión de la compleja red que hemos llegado a ser. En ella conviven individuos, grupos, sectores, colectividades que responden a identidades y valoraciones no sólo diferentes sino a veces completamente contradictorias, y así es el mundo contemporáneo. Tengo la impresión de que los venezolanos, bajo una aparente fachada igualitarista y tolerante, nos interesamos poco en la riqueza y variedad que hemos adquirido como cuerpo social, y en cierta forma, nos sentimos desprendidos de aquellas parcelas que no nos corresponden, cuando no simplemente despreciamos. ¿Tiene esto alguna relación con los modos de encarar la pérdida? Sí, en tanto el dolor por lo perdido pasa, en primer lugar, por su valoración. Mal podríamos dolernos de aquello a lo que no atribuimos aprecio y significado. En el gran escenario social que es un país, si bien inabarcable, el diálogo de las identidades es acción indispensable para valorar las pérdidas que se producen dentro de la “comunidad imaginada”. Aquello que a mí, como individuo, puede no dolerme pero en cuanto sujeto social articulado a otros, puedo comprender como pérdida. Mas para ello es indispensable el fluido, la viabilidad entre unos y otros. Despejar los tránsitos entre mundos diversos que permitan a los habitantes de esa comunidad comprender que “lo venezolano” como gran significante nacional está, en realidad, articulado –o quizá desarticulado- en distintas identidades. Solidarios y compasivos ante la desgracia extrema e instantánea en la que creemos coincidir –podríamos considerar que así nos comportamos en aquel diciembre- pero indiferentes y despectivos en el día a día. Lejanos a la pérdida que no acarrea la catástrofe sonada pero que erosiona cruel y silenciosamente la cotidianidad. Nos duelen los eventos trágicos, y prontamente los olvidamos para seguir viviendo, desarticulados de ese dolor para volver a nuestra parcela. Y así nos importa poco un árbol que dejó de dar sombra en una breve plaza, o la memoria de algún ciudadano que contribuyó a la vida comunitaria de una remota localidad, o una escuela que se perdió en alguna imprevisión municipal. Apocalípticos y desintegrados nos hemos endurecido para sobrevivir en un país que ignora las pequeñas cosas, los pequeños seres, los anónimos anhelos, los proyectos minimales; de pronto, el nombre de una calle nos sorprende, ¿qué le debemos a ese desconocido a quien alguien quiso honrar? Lo ignoramos y así seguimos nuestro paso apresurado sin conmovernos hasta que la desgracia nos alcance.     Ana Teresa Torres (Caracas, 1945)  ha publicado las novelas “El exilio del tiempo” (Monte Avila, 1990), “Doña Inés contra el olvido” (Monte Avila, 1992), “Vagas desapariciones” (Grijalbo, 1995), “Malena de cinco mundos” (Literal Books, 1997) y “Los últimos espectadores del acorazado Potemkin” (Monte Avila, 1999). En 1984 ganó el concurso de cuentos del diario El Nacional de Caracas y ha obtenido otras distinciones literarias, entre ellas, el Premio de Narrativa del Consejo Nacional de la Cultura y el Premio de Novela de la I Bienal de Literatura de Mérida Mariano Picón Salas, ambas en 1991. En 1998 obtuvo el Premio Pegasus de Literatura otorgado por la Corporación Mobil a las novelas venezolanas escritas en la última década, por su novela “Doña Inés contra el olvido”, traducida al inglés por Gregory Rabassa, y publicada en la Louisiana State University Press. Ha sido invitada en 1999 como residente del Bellagio Center (Italia) de la Fundación Rockefeller.