El escritor venezolano y sus fantasmas. Cinco asedios a la contemporaneidad de la literatura venezolana.

Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos, 22 de Octubre, 1998

  Debo comenzar por decirles que, después de haber aceptado la invitación a participar en este foro, comprendí que me había metido en un terreno espinoso. ¿Qué sé yo de la intimidad del escritor venezolano? Sería altamente irresponsable autorizarme a hablar en nombre de los fantasmas de otros cuando apenas si conozco los míos. Aproximándose la fecha del compromiso sin que nada iluminara el escenario, consulté el diccionario de la lengua, esperando que, de la definición del concepto, se siguiera alguna noción que me permitiera cumplirlo. Encontré seis acepciones que conducen por distintos caminos hacia el asedio que nos propone Santaella, y, los seguiré sin pretender una coherencia integradora, dejando al auditorio la tarea de buscar un sentido a esos senderos bifurcados.   Primera acepción. “Visión quimérica como la que ofrecen los sueños o la imaginación calenturienta.” Ocurre algunas veces, muy contadas, que alguna escena onírica me ha servido para un relato, pero hoy en día recuerdo mal mis propios sueños y poco los anoto. En cuanto a la imaginación calenturienta, mi carácter se aleja mucho de ser una persona arrastrada por sus propias quimeras. En mis visiones, pues, encuentro poco material para contarles.   Segunda. “Imagen de una persona muerta que según algunos se aparece a los vivos.” El muerto-vivo, definitivamente, atemoriza mi estado de ánimo. La imagen del muerto que no estaba bien enterrado se me aparece en la visión, no calenturienta, de un país tentado de retomar el sendero de las consignas de las que tanto se burlaba Doña Inés, un personaje que produje como fantasma. Y esa es la diferencia, que ella, al fin y al cabo, es un verdadero fantasma, y yo estoy aquí, temiendo verme de nuevo en la Cruzada Nacional, en Nuevos Hombres, Nuevos Ideales, Nuevos Procedimientos; o Paz y Trabajo. Etc, etc. Pero hablar de esto no es seguramente el objetivo para el que nos hemos reunido aquí; sigamos, pues, con otras acepciones.   Tercera. “Persona entonada, grave y presuntuosa”. He terminado por aborrecer la idea de la literatura como un cuerpo sagrado, reverenciable, para ser tocado con guantes esterilizados, y que no debe quedar al alcance de la tribu. Estoy en el proceso, aún más peligroso, de desechar la dicotomía entre “auténtica” literatura y “la otra”. La idea de “autenticidad”, necesariamente acompañada de la presencia de alguien autorizado a refrendarla, es un juicio de Dios. Siendo, como soy, atea, no aguardo el juicio final. Tengo la absoluta certeza de que en algún momento desapareceré para siempre, y me adscribo a la ética del día, de la que tan bellamente nos habló Stefania Mosca en este seminario. Quiero decir con esto que no confío en la posteridad para reivindicar ni mi trabajo ni mi vida, y que me alegra suficientemente ser, hoy por hoy, alguien, que mediante los libros, produce una cierta intermediación en el discurso social, sin que de ello se derive alguna misión mesiánica que tendrá por resultado la redención del mundo. Mi noción de posteridad es un archivo de computadora que algún interesado pueda alguna vez consultar si le hace falta algún dato sobre la novela venezolana de fines del XX, y espero, comienzos del XXI. Cuando los fantasmas, en su acepción de entonados, graves y presuntuosos, adscriben a los novelistas en una y otra ribera de la literatura, nosotros, los adscritos, debemos aceptarlo sin temor y también sin pretensiones. Hace rato que Dios ha dejado de escribir la historia.   Cuarta. “Indica la inexistencia o el carácter falso de algo”. El escritor fantasmal es una acepción que he tratado en otras ocasiones.  Recuerdo, particularmente, que en 1996, con motivo de un encuentro en Alemania, se me ocurrió una frase que impresionó mucho a Francois Delprat: Dije algo así como, “los escritores son caravaneros que atraviesan el desierto cultural venezolano”. Pero en aquel momento pensaba yo en el desvanecimiento que la literatura parecía sufrir dentro de los diálogos sociales; ahora, la inexistencia del escritor se me aparece en otra dimensión, que estimo improbable, pero, aun así, vale la pena mencionarla. Me refiero a un escenario virtual en el cual los escritores sean considerados como inútiles, decadentes, irresponsables, sifrinos culturales, o cualquier otra calificación parecida que pueda llevar a la consideración de que no es su trabajo un área en la que deban invertirse los presupuestos del Estado. Y siendo este un país en el cual la literatura depende principalmente del Consejo Nacional de la Cultura y, secundariamente, de algunos otros organismos oficiales, pero, en todo caso, exclusivamente del sector público -al menos hasta el día de hoy-, no deja de ser preocupante un cierto discurso en el cual todo lo que hasta ahora se ha producido pasa por desestimable, o al menos, prescindible. Para decirlo en breve: si nuevos libretos culturales consideraran superflua la cantidad de dinero que se invierte en la principal editora, Monte Ávila, o en las de menor dimensión pero igualmente importantes y subsidiadas, como Fundarte, Pequeña Venecia, Memorias de Altagracia, la Casa Bello, así como otras que en este momento pudiera olvidar, muchos escritores quedaríamos en estado gravemente fantasmático, sin dejar una gota de sangre, y, lo que es más penoso, sin otros dolientes que nosotros mismos.   Quinta. “Espantajo o persona disfrazada que sale por la noche para asustar a la gente”. Este tipo de fantasma se manifiesta en varias especies: los parricidas, los filicidas, los fratricidas, los suicidas y los cenotáficos. Como se desprende, siempre hay un cadáver. Los parricidas son aquellos que nos asustan por la noche, o por el día, con el cadáver sangrante que debemos repudiar. Proclaman nuestra orfandad sacrificial, y nos amenazan con el olvido, si no declaramos la guerra a muerte a nuestros antepasados literarios. Gallegos, cuyo nombre nos acoge en esta casa, ha sido el cadáver con el que más sustos nos han hecho pasar. Los filicidas son aquellos que nos avergüenzan, al explicarnos que desde los tiempos de don Mariano Picón, nada vale la pena, que debemos pedir perdón por el despilfarro que le hemos producido al Estado, y que, nuestra presencia ha sido monte y culebra de esta democracia, de la cual nosotros somos la inefable prueba de la corrupción, estupidez y mediocridad de la vida literaria, cultural, intelectual, histórica y moral. Los fratricidas tienen por objetivo la demostración palpable de que ningún hermano, o hermana, podrá igualarse al padre o a la madre, y castigarán cualquier acto de rebeldía con la pena capital. Los suicidas son aquellos que prefieren su propia destrucción antes que cualquier gesto de solidaridad. Son, sin duda, los más heroicos. Todos ellos, en conjunto, pertenecen al viejo fantasma venezolano que habla el discurso de la negación, retórica de la que estoy más que fatigada, pero nuestro rico imaginario ha producido en los últimos tiempos una nueva especie, desconocida hasta la fecha y, sin duda, la más temible. Me refiero a los cenotáficos, cuya misión es producir una cierta leyenda, según la cual los escritores, y otros creadores, corren peligro de perder su creatividad en los sistemas libertarios. Al parecer, en ellos, nuestro potencial se entontece, nos lleva a la perversa categoría de asalariados y/o subsidiados, lo cual conduce inevitablemente a la peor consecuencia: la autocensura. En contraposición, aquellos que han tenido la fortuna de escapar o subsistir en sistemas que utilizan la censura, dícese que  desarrollan obras de mayor significación, y probablemente merecerán el Nobel. Cítase como ejemplo, en nuestro modesto caso local, la estirpe intelectual que floreció en la hacienda gomecista, sin parangón con estas adormecidas producciones postmodernas. Ni que decirles que, en lo que a mí respecta, encarecidamente deseo mantener mi liberal mediocridad aunque  ella me prive de mayores glorias.   Sexta. “Imagen de un objeto que queda impresa en la fantasía.” Esta es la acepción que, para recordar a Ernesto Sábato,  constituye “los fantasmas del escritor”. Yo creo que a mí los fantasmas no me interesaron nunca, es decir que, como anticipé al principio, soy una pésima traductora de quimeras. Mis obsesiones, si así pueden llamarse, cursaron por otros cauces. Recordando mis lejanos fantasmas infantiles, en el intento de precisar cuál de ellos me producía más temor, el único que recuerdo es el fantasma del desvanecimiento. La amenaza del desvanecimiento del mundo. No es que yo pensara esto cuando era una niña; sería una alta tontería suponerme una  filósofa infantil. Yo deduzco que ese era mi fantasma temido de un deseo imposible que concebí entonces: que alguien filmase una película con todo lo que había sucedido en mi vida, que todo lo que pasaba, y había pasado, quedase registrado en la película. Me doy cuenta que temía su desvanecimiento. Comprendí bastante después que el mundo, no se sabe si se desvanece o no, que quien se desvanece es cada uno. Y me doy cuenta también de que, en mi angustia infantil, confundía registro con sentido. De que todas las anécdotas juntas no hacen una historia. Lo único que puede hacerse con respecto al desvanecimiento, es producir una lectura que conceda un cierto sentido de algunas circunstancias -entendiendo la palabra circunstancias en un sentido muy amplio- y escribirlas, para que algún otro las comparta. Eso es lo que he perseguido, como única defensa contra el desvanecimiento, ya que ese director absoluto que yo deseaba para filmar tan larga película, no apareció. Por eso pienso que, todo lo contrario de construir fantasmas, lo que he pretendido escribiendo, y en otras tareas no escritas, ha sido la lucha contra los fantasmas, es decir, la desfantasmatización de la existencia. La tarea no es estéril del todo. En el intento de apresar lo efímero, queda un cierto sentido, una cierta consistencia de lenguaje, una red de palabras. La red es de extrema fragilidad, eso es sabido, pero un escritor no puede escapar a ese destino. Un escritor es alguien que cree en las palabras y no puede hacer otra cosa porque no encuentra otro dios. Supongo que hay dioses mejores pero ya dije que no les tengo fe, y en este asunto, la fe es fundamental. Un escritor es alguien que sabe que las imágenes se desvanecen y cree en la posibilidad del lenguaje para atraparlas. Las palabras se desvanecen también, pero a un escritor no le importa. O mejor dicho, sí le importa pero acepta el riesgo. Un escritor es alguien convencido de que el mundo escrito existe, y encuentra allí un consuelo. Imagino mejores formas de consolarse pero, por razones que ignoro, las palabras han sido los instrumentos de los dos oficios que he desempeñado, y ya es tarde para revisar el menú de opciones.