Pregón de la II Feria del Libro del Oeste

Pregón de la II Feria del Libro del Oeste. Universidad Católica Andrés Bello. 27 de noviembre, 2017.   Quizá les parezca exagerado lo que voy a decir, pero estoy convencida de que toda la vida está en los libros, en las palabras que los componen. No podemos vivir sin ellas, sin el lenguaje que nos denomina, nos identifica, nos permite las transacciones humanas; nos recoge en la historia, nos proyecta al futuro; nos da cuenta del presente. ¿Se imaginan un mundo sin palabras? Sería el universo desolado. Las personas somos en las palabras, nos constituimos en ellas, vivimos gracias a ellas. Desde tiempos milenarios los seres humanos comprendieron la necesidad de fijarlas, de establecerlas, de guardarlas, para luego, en fin, leerlas. Desde dos mil años antes de la era cristiana ya los escribanos grabaron en arcilla los símbolos matemáticos. De las tabletas de arcilla a la tableta del Ipad. En el fondo es el mismo recorrido, la misma necesidad de establecer un espacio, físico o virtual, de papel o electrónico, donde podamos leer los signos de nuestra cultura. ¿Se imaginan un mundo sin signos? Sería el universo de la ignorancia. Nada sabríamos, nada podríamos conocer. El mundo estaría vacío delante de nosotros.

Algunos pesimistas piensan que la hora de los libros ha llegado a su fin. No lo creo así. El libro es el invento más perfecto de cuantos han ocupado la imaginación humana, y prueba de ello es que desde los lejanos tiempos de Guttenberg se sigue repitiendo por siglos, y en todas las lenguas, esa magia del objeto libro. Fíjense que los libros electrónicos tratan de parecerse a los de papel, de fabricar la ilusión de que seguimos pasando las páginas. Leer, nos dice la tecnología, atraviesa los siglos, encuentra nuevos formatos, pero se mantiene incólume en sus propósitos.

Lo que ocurre, y es una feliz circunstancia, es que los avances tecnológicos se han sumado a la eterna e inacabable tarea de reproducir la palabra escrita, y de esa manera, lejos de reducirla la amplían y diseminan por encima de las limitaciones del tiempo y el espacio. Recordemos que tiempo atrás se decía, el cine acabará con la radio y el teatro, y después la televisión con el cine, y luego los videos domésticos con la televisión. Ninguna de esas profecías se ha cumplido. El acceso electrónico a la lectura lo que hace, y hará en el futuro, es multiplicar todavía más la posibilidad de los seres humanos de encontrarse con el placer y la necesidad de la lectura.

Una cierta manera de pensar ha impuesto la noción de que la lectura es un lujo, o por lo menos una actividad de ocio, que no sirve sino para llenar el tiempo inútil. Algo superfluo, en fin, que no representa lo más importante. Qué lástima, pienso, qué lástima que haya quienes transmiten esa equivocación. No les hagamos caso. No saben de lo que se pierden. Y qué suerte que haya, por el contrario, gente que organiza fiestas como esta feria para celebrar los libros; imprentas para producirlos; bibliotecas para conservarlos, librerías para comerciarlos, y hasta escritores para escribirlos. Somos más, no tengan ninguna duda, los que estamos convencidos de que la lectura es esencial para la vida. Y es que cuando pienso en leer no me refiero solamente a la literatura sino al milagro que es el invento de la escritura: la posibilidad de que unos signos, que pueden ser arbitrarios, y diferentes según las lenguas y las culturas, contengan eso que llamamos el mundo: lo que existe, pero también lo que imaginamos que existe. No es solamente que los libros contengan información acerca de la realidad, es que al transmitir esa información, al producirse el fenómeno de que una persona aprende esa realidad mediante la lectura, todo su mundo interior, toda su vida se expande. Y eso puede ocurrir con un libro de química, o de astronomía, o de historia, o de poemas.

Ese es el milagro de los libros: que ni el autor ni el lector saben los efectos que la lectura puede desencadenar cuando se encuentran el libro y el lector. Lo único que sabemos es que los que tenemos algo que ver con este asunto debemos poner todo nuestro esfuerzo en producir ese encuentro. Los lectores se van formando en el camino, y van encontrando los libros que necesitan.

Y eso me lleva a una pregunta. ¿Cuáles libros? Aquí nos topamos con otra opinión también muy presente y muy equivocada. La de aquellos que establecen categorías morales para juzgar los libros. La de los que piensan que hay libros que sustentan posiciones políticas inadecuadas, o de temas subestimados, como lo es la autoayuda para algunos, o de literatura para niños que no transmiten valores, o de novelas de romanticismo popular, y así sucesivamente. Es decir, los censores de lectura. En esto, como en todo, propongo la democracia en la república de los libros. Libros para todos los gustos y necesidades; libros para todos los niveles de conocimiento y formación; y ojala también, libros para todos los bolsillos. La bibliotecas públicas siguen siendo el reservorio para tantos que no pueden disponer de dinero para la adquisición de libros. Y a esto se suma que una gran cantidad de autores cuyos derechos se han extinguido por razón del tiempo, pueden encontrarse libremente en los mundos de Internet. Los libros no son solamente un entretenimiento para aquellos que se dedican a leer y escribir, que evidentemente son una minoría en todas partes del mundo. Los libros son para la vida, para ayudar a mejorarla, a cambiarla, para que la vida de las personas comunes pueda expandirse. Y para ese propósito casi todos los libros sirven.

En este momento, en el que los niños y los adolescentes sufren las consecuencias de la impiedad de quienes están dispuestos a que la gente malviva con tal de conservar el poder, tal como el poder se entiende desde una visión autoritaria y antidemocrática, alguien podría decir que pensar en niños leyendo libros de cuentos, es una estupidez, o por lo menos una ingenuidad. No, los que queremos que los libros circulen, que se puedan encontrar, que lleguen tan lejos como sea posible, ni somos estúpidos ni tan ingenuos como para no saber la catástrofe humanitaria que vive Venezuela. Pero, en medio de ella, debe prevalecer la esperanza, la señal de que otra vida es posible. De lo contrario sería darles la razón a los que niegan esa posibilidad. Y por ello, esta iniciativa de la Universidad Católica Andrés Bello, o para decirlo en forma más directa, esta acción de los padres jesuitas, no es solamente una contribución a la cultura, o la práctica de una modalidad que viene llevándose a cabo con éxito en Caracas, y en otras ciudades del país. Yo me atrevería a decir que esta feria del libro es un acto de fe. Una puesta a prueba de la fe en los valores humanos, una manera de encender una luz, que sabemos bien no puede llegar a todos, pero que no deja de ser un faro necesario, o que por eso mismo, porque no es un acto que puede llegar a todos en un momento tan maltrecho como este, es la señal necesaria de que así debería ser, porque una feria del libro no debería ser nada excepcional sino una ocasión ordinaria en la que participan los ciudadanos, como parte de la vida ciudadana común. Entonces, en ese sentido, es también un acto de esperanza. Una manera de decir, aquí están estos libros, aquí están estos autores, aquí están estas presentaciones, y son reales. Esta cultura letrada es también Venezuela, y no es una muestra improvisada. Es la consecuencia de una tradición humanista, occidental, liberal, que es también Venezuela.

En términos generales la acción cultural en Venezuela se sigue considerando superflua, suntuaria, por no decir innecesaria. Y es más que lamentable porque indica que no se comprende que el desarrollo social, económico, político, deriva de la cultura que es una de las fuentes principales de la ciudadanía. O dicho de otro modo, que la cultura es el eje transversal que sostiene el desarrollo y bienestar de los pueblos. No quiere eso decir que lo ideal es un país en el que todos sean artistas, o grandes creadores, ni siquiera que se trate de un país principal en las manifestaciones culturales universales. Estoy pensando en los modos de vida, en el ejercicio ciudadano, el respeto por las cosas que dignifican y dan disfrute a la existencia, el orgullo de los valores y aportes a la cultura universal que nos identifican en el mundo. Nada de eso es improvisado. Requiere una acción persistente por parte de la sociedad misma en crear su cultura propia, en mantenerla y respetarla, y no menos, costearla. Los países pobres se caracterizan por tener elites cultivadas y consumidoras de los productos culturales del primer mundo, versus grandes sectores excluidos de los bienes y servicios culturales. Podría decirse que ello ocurre en otros ámbitos, salud, educación, medios, etc, y que finalmente responde al problema de la pobreza. El asunto sobre el cual quisiera hacer énfasis es que una de las causas de la pobreza es precisamente la exclusión de esos bienes en una suerte de círculo vicioso, pero sobre todo, insistir en que para llevar a cabo la acción cultural no es necesario esperar a que todos los problemas relacionados con la pobreza se resuelvan, sino al contrario, comprender que no se resolverán sino se parte de la visión de que la cultura es una herramienta fundamental en esa lucha.

En el mundo contemporáneo la acción cultural debe superar las tradicionales fronteras entre “cultura de elites”, “cultura de masas” y “cultura popular” a fin de incluir no sólo los distintos sectores de intereses y necesidades sino los nuevos espacios culturales y tecnológicos, para permitir que el libre ejercicio de la ciudadanía desarrolle sus propios espacios de creación y producción en un país diverso y multicultural como es Venezuela.

Se abre hoy, y he tenido el honor de llevar el pregón de esta feria, la segunda edición de la Feria del Libro del Oeste, segura de que va a perseverar en el tiempo gracias al empeño de sus organizadores y expositores, pero sobre todo de los visitantes, de los ciudadanos que se acercan a esta fiesta, en la que seguro hay algo para su disfrute. Solamente el hecho de visitarla, de pasear por sus estantes, de mirar los libros que se ofrecen es ya un valor agregado para la vida de todos.

Felicitaciones a la Ucab, a los organizadores, a los que han puesto las cabezas y las manos a la obra, Marcelino Bisbal, Ricardo Ramirez, Jaime Bello León, y muchos otros cuyos nombres no conozco pero sé que han trabajado desde las distintas unidades de la universidad; a los expositores y a los autores, que hacen posible que el Oeste de Caracas se llene de libros y de lectores. Y finalizo recordando unas palabras de Adriano Gonzalez León, en un breve ensayo titulado Exorcismo contra la destrucción: “Pero es nuestra ciudad y sea cual fuere la dimensión de la catástrofe no podemos abandonarla”.