Caracas en la imaginación literaria 

Clase magistral para el inicio de postgrados de la Facultad de Humanidades y Educación de la Universidad Central de Venezuela, 2013-2014. Caracas, 6 de noviembre, 2013.

  En todas mis novelas, a excepción de La favorita del Señor (2001), la ciudad de Caracas ha ocupado un papel hasta cierto punto protagónico, o por lo menos proporcionado un tejido sustancial al relato; y ella misma, la ciudad vivida y recordada, al pasar a la escritura, fue experimentando transformaciones. Si en El exilio del tiempo (1990) la Caracas autobiográfica se convirtió para mí en un hecho literario, en Doña Inés contra el olvido (1992) pasó a ser un hecho historiográfico. En Vagas desapariciones (1995) y Malena de cinco mundos (1997) se despliega como el paisaje naturalizado de los personajes,  pero ya en Los últimos espectadores del acorazado Potemkin (1999) estos comienzan a dar señales de que son seres afectados por su entorno, de que forman parte de los desechos que la propia ciudad genera. No son caraqueños que viven y recuerdan con nostalgia otras Caracas –como pudiera ocurrir en El exilio… y en la noveleta Me abrazó tan largamente, que publiqué como epílogo en la segunda edición (2005)–, sino más bien seres tragados y devueltos como residuos. En El corazón del otro (2005) y La fascinación de la victima (2008) son narrados desde la mirada ajena de quien no tiene memoria viva para recordarla, y en ese personaje extranjero que lleva el relato me pareció refugiar mi propia visión distanciada, como si fuese el mejor recurso para encontrar lo propio. Pensar en Caracas como si no la conociera, vacía de mis propias referencias.  Nocturama (2006) es el reflejo de la Caracas de los 2000; una novela de tono apocalíptico que utiliza sin decirlo las noticias periodísticas para recoger, como una suerte de registro acompañante de mis propias impresiones, las circunstancias abominables que la abruman. Sus personajes no encuentran congruencias en su pasado que expliquen su presencia. Atraviesan una ciudad fantasmal, que surge entre inundaciones, oscuridades, ríos que albergan vidas subterráneas, edificaciones invadidas o devastadas, en la que de tanto en tanto algunos indicios muestran claves urbanísticas que permiten localizarla. En Nocturama pude escribir un cierto fallecimiento de Caracas, una vivencia de la ciudad amada en trance de agonía. Y como una respuesta defensiva, como una manera de levantar una barricada que contuviese su destrucción me entregué a una Caracas arqueológica, que renace de sus cenizas honrando su nacimiento. Así me parece que es la escritura de la ciudad en La escribana del viento (2013), en la que unos casi recién llegados a Santiago de León, en el proceso mismo de convertirse en caraqueños, la construyen y reconstruyen en medio de terremotos, plagas y otras calamidades, y la habitan cruzando sus cuatro calles a medias empedradas. Pero este recorrido por mis propias novelas es solo un preámbulo y no el propósito de esta clase magistral que tanto me honra. En esta casi obsesión por la ciudad, y en la tristeza de verla sufrir tantos arrebatos y disparates, quise buscar en la escritura su imagen, su respiración, su vida. Y en esa búsqueda me sorprendió una tradición larga y densa en los más diversos géneros. Su lectura encierra, además, una breve historia del lenguaje literario venezolano en el que saltan insospechados ecos y coincidencias. Al mismo tiempo, la variedad de imágenes que sobre Caracas han reunido nuestros escritores desborda el interés puramente literario, y me animé a traer algunas de ellas para esta clase inaugural de los posgrados de la Facultad de Humanidades y Educación porque contienen temas que pueden interesar a los estudiosos del arte y la filosofía, los historiadores y geógrafos, los psicólogos y educadores, los comunicadores, los expertos en bibliotecas y archivos, tanto como a aquellos que se dedican a las letras y las otras lenguas[1]. Vayamos, pues, por partes:  
  1. Del paraíso al caos.
Pensemos en dos escritores –uno historiador, otro ficcionador– a los que separan casi doscientos años. José de Oviedo y Baños, hacia 1720, en su elegante prosa, se aproxima al valle y lo encuentra “hermoso, fértil, ameno, alegre y deleitable”. Y ve una ciudad a la que “los ríos la cercan sin padecer sustos que la aneguen”, y en sus calles largas, anchas y derechas, rodeando flores, jardines y huertas, se ofrece “el temperamento mejor de cuantos tiene la América” pues “ni el calor enfada, ni los rigores del invierno afligen”. Es, en suma, un paraíso, si decidimos creerle a don José.   Viene, entonces, Adriano González León a aguarnos la fiesta. Sin embargo, tan acendrada ha debido estar la visión idílica en el imaginario nacional, que comienza hablándonos de los toromaymas, seres edénicos, “gentes que corrían desnudas llenas de una felicidad indescriptible” y comían “frutas que eran promesas de cielo”, y de una raíz, la caracara, que era “el amor naciente”; pero a las pocas líneas el texto cambia por completo. La soledad magnífica de lo primigenio antes de ser paisaje, se convierte ahora en una ciudad “mezclada, revuelta, imprecisa, loca”, azotada por las pestes, codicia de traficantes, lugar de pleitos entre gobernadores y obispos;  hasta que, ya situado en el presente, la califica de “arbitraria, llena de ruido, injusta a veces, agresiva, injuriosa, desabrida y horrenda”. Este pequeño ensayo lo titula “Exorcismo contra la destrucción”, como si ya en aquellos años, 1981, que todavía se recuerdan como de esplendor, Adriano hubiera previsto lo que luego sucedería, y lanza un dolorido alegato: “Pero es nuestra ciudad y sea cual fuere la dimensión de la catástrofe no podemos abandonarla”. No creo que entonces pudiera medirse el futuro de esa dimensión, pero esa es, precisamente, una cualidad de la literatura: imaginar lo mejor o lo peor.  
  1. La permanencia y el laberinto.
Anota Mario Briceño Iragorry, “Quien se incorpora a la vida de Caracas no adquiere los signos de la caraqueñidad hasta tanto aprende a interpretar las luces del cerro majestuoso”. De los muchísimos poemas dedicados al Ávila, tomo algunas líneas al azar del gusto: “Ávila fiel, erguido en tus martirios, / Monte donde enraíza eterno temple”, de Enriqueta Arvelo Larriva; o “La misma luz que te hace la mirada,/te hace el monte”, de Jacinto Fombona Pachano; y estas de Vicente Gerbasi, “La montaña/cambia/con la pesadumbre del mundo”; o estas otras de William Osuna, “Que este cerro sea mi telón/De fondo/…/Que a tus pies/Crezcan las raíces/De los días venideros.” “La montaña –dice Jacobo Borges– para mí fue maestro pintor, porque ahí sentí la luz, el color. Ella no tiene sentido del tiempo, permanece”. Y ciertamente, la permanencia que promete, que sugiere, que es para todos nosotros ese telón de fondo que nos espera en medio del tráfico, que nos recuerda de dónde somos y quién somos, es probablemente su mayor significado. El Ávila – según Luis Enrique Pérez Oramas–, no es solamente una montaña, es una representación que se hace tema obsesivo en la pintura venezolana del siglo XX. Propone dos modelos metafóricos para acercarnos a ella: el modelo de Reverón, el Ávila como sombra, y el del Círculo de Bellas Artes, el monte como un enorme cuerpo. En el silencio y la vasta soledad de la representación pictórica del paisaje – continúa Pérez Oramas– se descubre la modernidad en nuestra pintura porque el Ávila es la metáfora del laberinto de la ciudad. El laberinto avileño de sombras, grietas, abras y laderas hace eco al laberinto de líneas oblicuas, de vertientes, quebradas y esquinas de Caracas. La montaña es, pues, una metáfora de nuestra soledad y una réplica de la pérdida en el laberinto. Es, quizás, esta paradoja la fuente del amor por el Ávila, de la necesidad del Ávila, que todo viajero encuentra y todo exiliado sufre. En ella nos reconocemos y nos perdemos, y en ella se duplica la ciudad. Si hay caos en el valle, hay una permanente serenidad en su fondo. No será casualidad que Rodrigo Blanco Calderón, en un cuento titulado “En la hora sin sombra”, haya situado precisamente el nudo del relato en el laberinto de la montaña donde el protagonista, un excursionista extraviado que trata de descifrarla, se encuentra en esa duplicación:
El que entra en sus predios siente, de alguna manera, que todo lo que lo constituye se desdobla. Siente, al llegar a una cima,  la secreta emoción de imaginar que su vida sigue transcurriendo allá abajo en la ciudad, siente la extraña alegría de poder contemplarse a sí mismo a distancia, amparado en la sabia indulgencia de la montaña imperecedera. El que sube al Ávila se contempla a sí mismo desde una breve, antigua y primitiva eternidad.
 
  1. Nombrar la ciudad.
Entremos en el laberinto de la mano de Díaz Rodríguez, que se pasea por Caracas con la mirada del extraño que reconoce el paisaje a través de la comparación estética cosmopolita. No es Santiago de León, sino Italia o Bizancio, y en las modestas arquitecturas de principios del siglo XX imagina que “relampagueó la visión de la ciudad nativa como una visión de ciudad oriental, inmunda y bella” en la que enigmáticas mujeres exaltan su imaginación. Hay formas descriptivas en Ídolos rotos de los barrios de Caracas (no se hablaba todavía de “urbanizaciones”) que de pronto saltan inesperadamente, como un eco en el fraseo, a la prosa de Victoria de Stefano atravesando Sebucán más de un siglo después.
Dejando atrás la panadería divisó una desbordante mancha verde sobre una callecita, como una vieja calle pueblerina que la ciudad hubiera abrazado entre sus arterias.
Contrastada con esa ciudad exótica que supone Díaz Rodríguez, Antonia Palacios propone en Ana Isabel, una niña decente una estética opuesta, la de una ciudad aldeana, atravesada por placitas, callejuelas, y vivida por gente humilde, zapateros, niños andrajosos y mujeres mugrientas que nada enigmático parecen sugerir porque su pobreza está a la vista. Esa misma pobreza que retoma Pablo Rojas Guardia al recorrer las esquinas de Caracas, esa nomenclatura tan especial, cuyos nombres “significan y sintetizan el contenido real de la ciudad: su faz sonriente y millonaria y burocrática y su cara de ranchos y de miseria y de desesperación”.   Eduardo Liendo continúa esta serie:
Voy calle abajo. Los muchachos del barrio no están en la esquina. Se ve solitario el poste de la luz: el gran testigo del barrio. Testigo de tantas horas de dejar pasar. De tantas conversaciones simples como nosotros. De tantas discusiones de boxeo y carreras de caballos. De tantas canciones melancólicas a la media noche, con la despreocupación de quien sabe que no tiene que levantarse a trabajar y el billar lo abren a las once de la mañana. En torno a ese poste giró nuestro mundo de la adolescencia.  
El poste de la luz como epicentro de la vida nocturna del barrio me parece una magnífica representación de la modernidad caraqueña. En retrospectiva, Silda Cordoliani escribe una memoria de su llegada a la capital donde la esperaba “La avenida Urdaneta, con sus elegantes mosaicos de curvas figuras negras sobre fondo blanco, lucía en aquellos años como noble símbolo de una ciudad que aspiraba a convertirse en espléndida metrópolis”. Así entra una niña a un edificio del centro, que no tiene las esperadas matas de mango alrededor, y abre la puerta de un apartamento casi vacío después de haber viajado en un extraño cuarto: el ascensor. Y ese inicial desconcierto se convierte en la alegría de una nueva habitante de la ciudad que descubre las luces de neón, y comienza a observarlas y a leer una y otra vez los anuncios: Cocacola, Pepsicola, Mira, admira, Admiral, Apunta Pipo, Savoy, y el oso polar sobre su iceberg, en una estación de gasolina de la Plaza Venezuela que, personalmente, sigo también echando de menos. En esa visión Silda cree haber visto despertar en ella el gusto cosmopolita por la nocturnidad que, por muchas razones, los caraqueños hemos ido perdiendo, y que ahora es “la nostalgia por la Caracas luminosa de su infancia”. Los escritores de la provincia serán los más ávidos, quizás, por fijar su rostro, los que no dan por sentado ni el valle ni la montaña; los que están dispuestos a deslumbrarse sin la displicencia de Díaz Rodríguez y Teresa de la Parra, que, sin duda, aman la ciudad, pero no pueden dejar de compararla porque han visto Europa, y al mirarla sienten o la necesidad de engrandecerla en la ficción o de escribirla con la ternura que despiertan los recuerdos entrañables. Son, por el contrario, los que han llegado de las orillas del país, de esa región que confusamente llamamos todavía el “interior”, los que escriben la visión maravillada de Caracas dentro de la memoria de la migración, los que miran asombrados las sirenas de Narváez y el paso de los automóviles. Reconozcamos al personaje:  
Barquisimeto, el pueblo donde había nacido, fue un sueño que duró veinte años. Desperté de golpe en una calle del centro de Caracas, a punto de ser atropellado por un carro, un Plymouth del cuarenta y ocho. –Se salvo por un tris –dijo alguien que pasaba. Bueno, había empezado para mí la vida caraqueña… Pienso que me es difícil nombrar por separado las cosas de  Caracas que me impresionaron en ese tiempo, pues todas forman una  desconcertante talla de mil caras. Solo soy capaz de reconocer una totalidad, un aire único, excitante y lleno de visiones, que pasa sin detenerse ni volver atrás por esa parte de mí mismo  que se mantuvo siempre en vilo; que hoy podría llamar con toda familiaridad, la literatura, pero que entonces solo era en realidad un gran miedo.
Si Salvador Garmendia no se hubiera trasladado a Caracas de todas maneras hubiese sido un gran escritor, pero, sin duda, no el mismo escritor. Esa ciudad de los años cuarenta que, a la mirada de hoy, es una aldea pujando por la modernidad, contenía un “aire único, excitante y lleno de visiones”, es decir, el imaginario que haría de sus ficciones las primeras verdaderamente urbanas de nuestra literatura. Y he aquí que Caracas comienza a brillar también en la imaginación de los que vienen de muy lejos. Elisa Lerner, en una de sus mejores crónicas, “Adolescencia en San Bernardino”, imagina lo que a ningún caraqueño viejo se le hubiera ocurrido: que el barrio es “la herencia para la ilusión judía”, “el domicilio solidario”, alrededor del cual recuerda a una adolescente que miraba los hoteles, las avenidas, los paseantes, los autobuses, los emigrantes de la guerra. Curioso como reverbera este imaginario en Manuel Fihman, nacido en Caracas en 1981, que en un poema titulado “Caballos hebreos” traza un breve mapa migratorio desde la distancia:
Del shtetl a pie hasta Odesa-París París-Caracas   Caracas, Caracas un little town azul y remoto  
  1. Ver la ciudad.
Esa mirada que ya no es la que sitúa los detalles del barrio, que no pretende describir el paisaje, sino iluminar un breve instante, es el campo poético de la ciudad de Caracas. Verla, quizás, según el título de un poema de Armando Rojas Guardia, como “La promesa visual”, y así “Caracas no sería –desde siempre– /esta costumbre absurda, arrinconada, /sino el centro real del universo.” Esa es, probablemente la imagen que persiguen los poetas, los que tienen el poder de decir la ciudad de otra manera. Algunas de ellas: Nada más el título de Igor Barreto, “Volando cometas chinas en Caracas un domingo de marzo”, nos introduce por un ángulo insospechado, y nos coloca en un plano cinematográfico en el que creeríamos ver unos niños luchando contra el viento de la pobreza: “La ciudad estaba sentada/como madre implacable/y nosotros queríamos volar/la gran cometa en forma de dragón/sobre una colina rala/en las estribaciones del mísero oeste”. O estas líneas de Yolanda Pantin: “Estoy en un jardín/como eran los de antes/y el que rodeaba la quinta Los Castaños/en Chacao. Entro en el cuarto/donde Malle nos espera/dándonos lugar/en un mundo extraordinario”. Es la mirada del poema la que puede penetrar en lo conocido, la quinta Los Castaños en Chacao, y abrir el mundo extraordinario, de la infancia, quizás. “El dios nuestro es este dios del instante/de los reflejos de luz entre ramas/del viejo jabillo avenida/en sombra de la florida/casa de mis abuelos/antaño”, dice Verónica Jaffé: ¿Es, entonces, la infancia, o mejor dicho, la recuperación de un instante de la infancia, la que devuelve esa promesa visual de la ciudad? “Ir por sus calles es recorrer mi vida/desde su amanecer”, piensa Carlos Augusto León; O Juan Liscano: “Veo subir mi infancia por la calle, /véola bajar hacia la casa, /navegar de la mañana a la tarde/por el brazo de agua sonora de la calle”. Y Hanni Ossott, invocando una casa de la que solo sabemos que estaba en Altamira: “Esa casa sin nombre/sonora, febril/verde y rosada/y el estanque para la mirada/los peces, las larvas, la forma vegetal”.    
  1. Decir los lugares.
“En esta calle soy más joven que en las otras”, dice Eugenio Montejo en el “Poema de la calle Quito”, refiriéndose a una calle más o menos insignificante, al norte de la Plaza Venezuela. O dice Guillermo Sucre: “Se ha asentado la noche otra vez sórdida”, en un poema donde el poeta no nombra la ciudad, salvo en el título que la signa: “Av. Buenos Aires. Los Caobos”, casi como si se tratara de una dirección que apresuradamente escribimos, y es en el desarrollo del poema donde la calle se nos presenta. Ser más joven, piensa Montejo; sentir el miedo, piensa Sucre. O después, en el poema “Caprice Classic Coupe 1944-2005”, Hernán Zamora:
Cuando todo le invoca/con mis ojos manchados vidrio en las manos/lo contemplo en uno de sus automóviles/En el Fiat 1200 berline amarillo y negro/rumbo a la Clínica Santa Ana San Bernardino 1964/luego al edificio Versalles calle Cervantes Colinas de Bello Monte.  
La voz poética nombra los lugares, pequeños lugares que por sí mismos no tienen mayor importancia dentro de la toponimia de la ciudad, y es en ese nombrarlos donde se teje la malla de la memoria afectiva, y se fija la respiración del ciudadano que alguna vez, o muchas, pasó por la calle Quito, por la avenida Buenos Aires, por la urbanización Colinas de Bello Monte. En ese instante rescatado del nombre me parece constatar que es cierto, que la ciudad existe para todos, que en ella hemos nacido, vivido y muerto. El testimonio poético de que la ciudad no se disuelve. Pero ¿por qué tendremos esta permanente inquietud sobre la existencia de la ciudad? “No existe una Caracas definitiva, no hay, por lo tanto, una nostalgia precisa; escribirla es más bien una necesidad de asegurarse de que existe, y de que a pesar de los cambios de su rostro, mantiene su identidad a través del tiempo”. Es una frase que escribí hace mucho, y la sigo sosteniendo cuando leo la escritura literaria sobre esta ciudad cuyo dios es el instante. Un cuento acerca de esta cualidad de desaparición de Caracas: “Casa natal” de Antonio López Ortega. El narrador, una voz adolescente, relata el recorrido que hace su familia, guiados por el padre que quiere visitar la casa de su infancia. Tiene una dirección: casa número 69 en la parroquia San José. Recorren en automóvil un trayecto exactamente precisado, pero cuando llegan a la calle la numeración salta de la casa 68 a la 70. No hay número 69. El vacío produce un sacudimiento en la familia, sobre todo en el padre, que, a la vuelta, cae abatido sobre su cama, como si todo se hubiera perdido. Todo menos el magnifico cuento que nos deja López Ortega. Y es que hay mucha imaginación literaria en las casas y sus mudanzas. Esas casas en las que se escuchan los sonidos nocturnos caraqueños: “Son las mismas ranitas/la misma noche de Caracas/en el oído guardada” escribe Blanca Elena Pantin. Un verso minimalista que tan bien recoge esa forma de la nostalgia que es el sonido. Como “La casa en el paraíso” designa Rafael Arráiz Lucca a la casa de la infancia, jugando con el doble sentido del nombre de la urbanización. “La casa en el paraíso/de cuando a este se llegaba cruzando el Guaire/y dejando atrás el viejo mundo”. O en el infierno, como aparece en el cuento de Stefania Mosca, “Residencias Pascal”, edificio en el que conviven sin ascensor los drogadictos, los extorsionadores, los disparos, los negocios de belleza, los inocentes vecinos tratando de sobrevivir, y el recuerdo de la llegada de sus padres al país.
Vivo en las Residencias Pascal, y aunque no es el lugar más conocido del mundo, ni siquiera de Latinoamérica, muchos han oído hablar de él. Muchas personas: los asiduos del Cenal, los de Cubana de Aviación, los del dentista, los del homeópata, los de Bermúdez y Asociados. Y los vecinos de los Palos Grandes.  
La historia del edificio, que es también la memoria familiar, siempre dentro de la ironía desgarrada de sus ficciones, es, al mismo tiempo la de un pequeño hito de la ciudad. Como lo es la sorpresa del Edificio Cotoperí, que describe Krina Ber, cuando se descubre que en sus jardines no solamente abundan los gatos, animales urbanos si los hay, sino tragavenados que engullen a los primeros. Y se pregunta Krina de dónde salieron las boas. ¿Una vinculación entre la quebrada que rodea el conjunto residencial y el Amazonas? ¿Mascotas abandonadas por sus dueños? ¿Leyendas urbanas que tejen los residentes? Al parecer es cierto. Fueron vistas tragavenados en el conjunto residencial Sans Soucy, ese mismo que queda frente al primer centro comercial de la ciudad, ese mismo que fue atacado, no por los monstruos fluviales sino por la falta de electricidad. En cualquier otra ciudad un cuento así seria catalogado de literatura fantástica, en esta puede ser hiperrealista. Realista sin duda es la narración literaria con mirada urbanística que solamente tiene Federico Vegas. La descripción minuciosa del trayecto, y finalmente la casa, donde fue asesinado Carlos Delgado Chalbaud en 1950, compone un subcapítulo de la novela Sumario, titulado “Un crimen suburbano”.
Allí en un patio que no es patio, asesinan a Delgado Chalbaud. Bacalao Lara queda herido y se arrastra por una calle sin vecindario hasta la quinta Kismet. El único magnicidio de Venezuela fue también el primer crimen suburbano de nuestra historia política.  
Los crímenes urbanos y suburbanos forman ahora parte de nuestra cotidianidad, pero recuerdo fielmente el estado traumático que aquel provocó en mis padres, no solamente por la naturaleza de lo ocurrido, sino porque yo me estrenaba como escolar en un colegio cercano a la calle La Cinta, donde ocurrieron los hechos, y que quedó para siempre en mi imaginario como una cinta ensangrentada. Quizás por eso le agradezco tanto a Federico su exhaustiva reconstrucción de lo que en mi memoria fueron gritos y susurros familiares. Celeste Olalquiaga nos ofrece una magnifica “Biografía íntima de la Plaza Altamira”.  A diferencia de la impasibilidad con que recorremos los lugares que nada nos pertenece –escribe–, “otro es el caso de aquellos lugares cuya presencia registramos querámoslo o no; son los hitos de nuestra historia personal, cuyos cambios más ínfimos percibimos de inmediato”. Y en esa crónica de la Plaza Altamira (después denominada Plaza Francia por razones no demasiado claras, y que como es usual se sigue llamando por su primer nombre. ¿Quienes se refieren a la Avenida Páez como avenida Teheran, por ejemplo?), saltan los nombres, Edificio Univers, Edificio Paraíso, Librería Futuro, Pastelería Los Nietos, como signos de la “ciudadanía emocional” que Celeste encuentra en ella. Por cierto, no hay que perder de vista los nombres: Universo, otra vez Paraíso, Futuro. Mucho impulso utópico tenían aquellos empresarios. Alguien alguna vez estudiará los múltiples sentidos de la nomenclatura caraqueña. Ya Thamara Jiménez registró en una crónica, “La Caracas”, la relación entre los nombres de las urbanizaciones y la flora del valle, pero queda inédito el imaginario de tantos edificios, quintas y comercios. Gisela Kozak ha escrito mucho desde, en y sobre Caracas, de modo que resulta difícil elegir una cita; voy a la novela Latidos de Caracas porque encuentro allí también esa forma de amor a la ciudad a través de la nominación, y la recreación de los espacios a través de los recuerdos íntimos. La dedicatoria es muy elocuente: “a Caracas, siempre ingrata/a mi familia que vive en ella/a mis amores, perdidos en sus calles”.
Cuántas veces ha pasado por Seguros Orinoco en dirección a La Candelaria: cervezas, boquerones y chistorras…  La Candelaria… Todos sus amores han estado con ella allí, en cualquiera de las tascas y en cualquier día o año. Recuerda el olor particular de comida de esos lugares. La Candelaria es perfecta, se puede comer, vivir, comprar, contemplar el Ávila, ir a todas partes con el Metro, es agradable…. Observa ese inmenso barrio que es Parque Central... Vivió un tiempo en el edificio Catuche y todavía siente en el cuerpo esa sensación de placer y malestar propia de su relación con Parque Central: algo así como recordar a un mal marido con el que se tuvo una vida sexual muy buena… –Soy una caraqueña integral – suele proclamar.
 
  1. Caracas, ciudad de libros.
No estaría completa la visión de Caracas sino incluyéramos la imaginación de quienes la han dignificado como sede literaria. En  una breve crónica titulada “¡En este país nadie lee!”,  Héctor Torres narra una anécdota libresca increíble. Una joven viaja en el metro y mientras tanto lee País portátil, en edición de 1973, que ha prometido cuidadosamente devolver a su legítimo dueño. Y he aquí que sufre un desmayo, y cuando revisa su cartera temiendo que la hayan robado, efectivamente falta algo, una sola cosa, la novela. José Napoleón Oropeza en “Entre la cuna y el dinosaurio” hace brillar los diálogos de una calle que tiempo atrás formó parte del imaginario de la ciudad: la calle Real de Sabana Grande. En ese cuento que lo hizo ganador por segunda vez del concurso de cuentos de El Nacional, conversan Oswaldo Trejo, Eduardo Liendo, Antonia Palacios, Esdras Parra, Raúl Betancourt, y todo confluye en una mítica casa de los libros: la librería Suma. “Mi ciudadanía se fraguó en buena medida visitando librerías, tras los pasos del señor Serrano”, dice Rafael Castillo Zapata en un texto titulado precisamente, “Tras los pasos del señor Serrano”. Es una suerte de aprendizaje adolescente que lo lleva a conocer la ciudad en busca de libros, a identificarla con el mapa de sus librerías. Comienza en la Librería ABC, en el desaparecido Centro Comercial Canaima de Los Palos Grandes, donde conoció a Antonio Serrano, después famoso librero de la Librería Lectura (Chacaíto), y sigue a Sabana Grande (Cruz del Sur), y la plaza Venezuela (Librería Única) y entra en la universidad (los quioscos del pasillo de Ingeniería) y se adentra en el centro (Mundial, Historia, Estudios), y vuelve a Chacaíto (Macondo) y finalmente al lugar de origen: Los Palos Grandes (Noctua). Seguir en Caracas la ruta de los libros, otra forma de gastronomía. Otra forma de imaginar la ciudad.  
  1. Distópicos y utópicos.
En los intersticios de la historia aparecen, a veces, imágenes del dolor de una ciudad, un tanto ocultas por los grandes acontecimientos. Me gusta ese fragmento de las conferencias colombianas en el que Teresa de la Parra reescribe un momento ya olvidado para entonces: la destrucción de los tres conventos de Caracas que caen bajo un decreto de Guzmán Blanco en 1872; con las piedras la escritora ve derrumbarse también a sesenta y cuatro mujeres. Negada una de las superioras a romper la clausura salvo por la fuerza las monjas resisten y, dice Teresa, “en efecto, cuando llegó la autoridad, la superiora hizo formar a las monjas en fila, entonó el Magnificat y cantando, escoltadas por las bayonetas, salieron para siempre de su convento”. Adelantándose a su tiempo, deja esta conferencia registro del vandalismo que tantos estragos ha dejado en la ciudad, y de las violaciones de lo que hoy llamaríamos derechos humanos de las que ha sido testigo. La inhospitalidad, probablemente común a todas las ciudades, ocupa un lugar en la poesía de los años noventa que no podríamos ignorar. Hay un poema de José Luis Ochoa, “Eros en las calles de Caracas”, que me parece ejemplar: “Caracas sin amor siempre es horrible/dice Eros… Caracas sin amor es terrible/murmura Eros… /Caracas sin amor es lo peor/repite con cansancio… /En Caracas no se puede vivir/sin la presencia de mi amor/musita Eros”. En alguna parte dice Yolanda Pantin: “En esta ciudad se llora en los estacionamientos”. Con el paso del tiempo esa ciudad dolida se va acentuando. En un poema aparecido en 2011, “sobretodo sobrenada o caracas mortal”, Claudia Noguera Penso va al grano:
Caracas es indiferente, despiadada y mortal, la he caminado de este a oeste, cruzo sus calles y avenidas, su basura y sus parques evadiendo la mano que pide, al niño durmiendo en las escaleras y al hombre que tiene ganas de matar, y sobretodo el  foso que se cava profundo cuando la ciudad nos sabe  vulnerables y heribles.
  Quiero finalizar en el otro extremo, en la Caracas utópica, que también ha tenido su lugar en la imaginación literaria, y en este caso,  imaginación en el sentido literal de la palabra; la imagen formada por la fantasía. No son muchos los ejemplos, tomo uno de la ficción y otro del ensayo. El primero es el cuento “Caracas 2050” de Blanca Strepponi, en el que saludables y vigorosos ciudadanos llegan a Petare en trenes de vagones neumáticos, o a La Yaguara en trenes aéreos; disfrutan la vida nocturna del downtown, practican remo nocturno en las lagunas de Catia, y se divierten en las tabernas de La Charneca. O visitan el apacible valle de Coche, cerca del centro internacional de convenciones Tiuna camp, o van a la Yellow Zone, antes Caño Amarillo, para pasear entre sus anticuarios y jardines. De los barrios que antes cubrían las colinas solo quedan registros holográficos que despiertan incredulidad. Es, por supuesto, un texto lleno de humor, pero, al mismo tiempo, una apuesta por intentar ver un futuro mejor en un presente hiriente. Blanca bautiza una gran avenida del oeste como la avenida William Niño. Y de él es este texto, “Cadáver exquisito. Caracas como texto monumental”, que cito extensamente.
Caracas entera equivale a toda una obra literaria… Una ciudad a la que se pueden añadir, ya no únicamente párrafos, sino capítulos enteros, una fascinante novela en la que cada entrega constituye un capítulo en la construcción del gran texto abierto. La analogía no es gratuita. La ciudad puede ser entendida como un descomunal texto en prosa, generalmente inacabado y la historia urbanística de la ciudad es también la historia espiritual y monumental de ese complejo texto, en cuya elaboración, por supuesto, están presentes cambios de autor, estilo y hasta género literario. Así, la ciudad ofrece como parte de su texto, el género épico-criollo (barrio El Silencio); el género lírico-arrasado (las huellas dispersas del modernismo de Campo Alegre o Los Chorros); el género novelesco (la ampliación, tan próxima a la novela realista que va desde las dos imponentes torres del Centro Simón Bolívar, hasta el neoclasicismo aparecido en el eje marcado por los chaguaramos del Parque Vargas); el género heroico venezolano (enmarcado entre los dos kilómetros que se extienden desde el indio a caballo hasta el patio de honor de la Escuela Militar); el género abstracto-concreto (hermanado con la poética de Cage y visualizado en los espacios de la Ciudad Universitaria); el género agrario-urbano (entre cerros y barrancos); el género tragicómico (llevado a un grado de inevitable perfección en ese nuevo barrio que hoy habitamos en el Parque Central) y hasta el género bizarro-moderno (dispuesto entre los bloques del 23).
  Me parece este fragmento el mejor colofón, la visión de un urbanista que llevó a Caracas a la condición de objeto literario y no se cansó de expresar su fervor por ella.  
Referencias de las citas
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