Gorilas en la niebla

Tal Cual, 10 de mayo 2014

 

 Soy de la opinión de que el hombre está animado por lo desconocido.

Georg Groddeck, médico.

 

Los dinosaurios no existen pero son aterradores.

A., 5 años.

  Una fina pero consistente bruma se extiende entre nosotros y el horizonte. Por momentos pareciera que se disipa, pero no, vuelve la niebla a pesar sobre la mirada, a confundir los bultos y las sombras, a equivocar lo que creíamos haber distinguido, a dejarnos a oscuras y tanteando. ¿Tú qué piensas? ¿Cómo ves las cosas?, comienza la pregunta sobreentendida en toda conversación, en cualquier encuentro, y luego una sonrisa reservada y escéptica, como si todos nos refugiáramos en la incógnita, como si todos supiéramos que estamos hablando de la niebla dentro de la niebla y quisiéramos ocultar una secreta esperanza. En las conversaciones se escucha a menudo, “esto”, y luego un murmullo incomprensible. (“El esto”, Das es, fue una idea de Groddeck traducida como “ello”, eso que no conocemos). Algunos tienen la expresión de ya ni quiero hablar de esto; otros de sufre si quieres porque a esto le falta poco. Una creencia en el dicho de que nunca está más oscuro que antes de amanecer. Pero es que no está completamente oscuro en la niebla. Y la niebla es engañosa porque nos hace suponer que veremos, que pronto se iluminará todo, pero no es así, vuelve a bajar, y otra vez a escudriñar, a forzar los ojos y los oídos para saber si divisamos algo. Otra vez al tú qué crees, al cómo ves las cosas. Las veo nubladas, es lo único que puedo decir. Trato de recordar si en algún momento de la historia venezolana de la que haya sido testigo he experimentado estos pasos en la niebla, y no doy con ninguno. Momentos de incertidumbre, de desesperanza, de incomodidad, de malestar, muchos, cómo no, pero esta humedad pegajosa que se instala en los párpados, no, francamente no la recuerdo. Hay días en que se despliega esa luz espléndida de Caracas, como ahora que estoy escribiendo, y me digo, es la luz de tu infancia, todo se aclarará, todo alcanzará su destino, “el lado correcto de la historia”. Pero vuelve la maldita niebla. Y de nuevo a forzar los ojos y los oídos, por si acaso en algún momento levanta y la marcha se endereza, se dirige a alguna parte, se quita ese miedo que produce caminar a tientas y deslizarse en el abismo. Porque, por alguna razón, el símil que encuentro es el de la niebla en un paso de montaña, en el límite del precipicio, en el choque contra una roca que no habíamos visto y nos sorprende porque la roca se transforma en dinosaurio. Pero no hay ninguna montaña que atravesar, ni rocas ni precipicios. Es mucho peor. Es la niebla de la normalidad. Todo se va normalizando. La protesta, la represión de la protesta, lo inesperado, lo cotidiano, las colas de la leche, los diálogos, los remates de electrónicos, las declaraciones, afirmaciones, negaciones y omisiones, las medicinas que faltan, el cinismo que sobra, los repuestos que no aparecen, las torturas, las leyes que caen de madrugada, los cuerpos que ensangrientan todas las noches. Así es la normalidad, nos dicen, esto es lo que hay, lo tomas o lo dejas, y si no te gusta, te vas. Aquí todo el mundo está muy satisfecho, solo están descontentos unos desquiciados apátridas que no ven la felicidad del pueblo. Y por causa de la niebla, queda la duda. A lo mejor es así, todo el mundo está demasiado feliz menos un par de inconformes. Entonces llegan las encuestas. No, no es verdad que todo el mundo está feliz, las cifras no mienten, este gobierno está muy débil, este gobierno está que no resiste una brizna en el viento. ¿No ves que aceptaron sentarse a dialogar? Es porque  no hallan de que palo ahorcarse. No puedes decir que el diálogo es una farsa porque eso no es de buen demócrata. Creo en el diálogo, es lo que hay que decir. Tampoco puedes decir que la lucha de la calle es, a la larga, insostenible, porque eso atenta contra la resistencia y has sido una buena resistente. Lo mejor es, entonces, lo de la niebla. No veo bien a causa de la niebla. Todo está muy bien pero no sé por dónde voy. Cuando despeje sabré lo que debo pensar. Por el momento se me ocurre que en 2019 concurrirán jóvenes votantes que no habrán conocido otro paisaje que este de la niebla. Pero no pienses en eso, me podría decir alguien. Falta mucho para entonces, ¿tú sabes la cantidad de acontecimientos que pueden suceder mientras tanto? ¿Tú te das cuenta de todas las  razones para la esperanza que pueden contarse desde ahora hasta entonces? Creo que eso es lo que más me molesta del paso de la niebla: la proliferación de opiniones dedicadas a la construcción de la esperanza. Apenas se ha derrumbado un motivo de esperanza los fabricantes de esperanza están preparados para construir más. En realidad esa cualidad es propia de la condición humana, es indispensable podríamos añadir. Lo que me molesta es la esperanza con forma de fecha. En esto los políticos son los más hábiles, su tiempo es el de las fechas. ¿Para cuándo es la próxima esperanza?, pregúntele a un político y de inmediato le contesta. Pero esa es otra, que no se puede criticar a los políticos porque es anti político. La niebla tiene esa sensación aplastante del silencio. Los sonidos se ponen en sordina. También en la nieve, pero la nieve es brillante. En la niebla se puede decir cualquier cosa –hay libertad de expresión–, hasta se puede hablar mal del gobierno, pero no se oye. Pruebe a gritar en la niebla. En la niebla los crímenes se suceden. Hay miles de ellos: los muertos por el celular, o porque se cruzaron con una bala (en la niebla no se sabe de dónde salen los disparos), o porque contrariaron a alguien en una fiesta de sábado por la noche, o alguien quería vengarse de algo. En las noticias puede encontrarse un párrafo de explicación. Son los muertos explicados. Pero también hay otra clase de muertos que surgen como llamaradas. Caen de pronto y después de una breve luz se extinguen como las estrellas tragadas por un agujero negro. Son los muertos sin explicación. Los que dejan en el aire ese ¿por qué lo habrán matado?,  ¿qué piensas tu?, que nos lleva a un irremediable y desencantado, quién sabe. Algún día lo sabremos. Pero no ocurre así, pasa el tiempo y se van sumando en el olvido los muertos inexplicados. Si ha visto la película “La niebla” basada en un relato de Stephen King entenderá de inmediato lo que ocurre. Si no la ha visto, imagine que usted se encuentra en un supermercado –en este caso muy bien surtido–, una de esas tiendas gigantes que hay en las pequeñas localidades de Estados Unidos, que incluyen secciones de todo lo que se necesita para la vida cotidiana, porque es la única tienda del pueblo, y por eso mismo las personas que la frecuentan se conocen. Imagínese, pues, que adentro están los clientes y los empleados, y a través de los ventanales miran asombrados cómo una espesa niebla comienza a empujar las paredes, se va cosificando, y convirtiéndose en una poderosa fuerza. Algunos deciden desafiarla y salen al exterior, entonces la niebla los engulle, los chupa, se los lleva. Los que permanecen adentro deciden enfrentar el peligro y usar todo lo que contiene la enorme tienda para defenderse (afortunadamente, como ya se dijo, el almacén está muy bien provisto). El tiempo va pasando y la niebla sigue aumentando, los que intentaron salir no regresarán más. Los que sobreviven adentro van creando vínculos, comienzan las peleas, las solidaridades, unos se enferman, otros enloquecen, hay héroes y vencidos. Una fanática declara que todo lo que ocurre es el castigo por los pecados, la solución es rezar y pedir perdón a Dios. Su discurso crea mucha confusión. Los más audaces intentan desarrollar una estrategia de supervivencia. Debe ser posible –argumentan– usar la inteligencia y vencer. Otros se han rendido y se tienden en el suelo intentando protegerse de la pesadilla. Mientras tanto la niebla afuera continúa. El peligro no se conoce bien porque no se sabe si el enemigo es la niebla o lo que no deja ver la niebla. Ese es el mayor problema de la niebla, la primera solución que viene a la mente es quedarse recluido en el interior, de hecho los que salen no vuelven. También pudiera quedar la duda de si no vuelven porque se salvaron o porque sucumbieron. Una vez que salen ya no se ven más, y por lo tanto se desconoce su destino; de todos modos la desaparición siempre deja muchos interrogantes. Por ello la mayoría de las personas prefiere quedarse unos junto a otros, en un lugar cerrado, que mantiene la niebla afuera porque adentro hay luz y al menos pueden reconocerse. De cerca los rostros se identifican, somos los mismos, aquí estamos, nos entendemos, conocemos las claves. En la niebla es difícil saber con quién estamos. A ese mismo niño –al que le dan miedo los dinosaurios– tampoco le gustan las películas en las que los que parecían buenos luego eran malos. Las películas de buenos y malos son más tranquilizantes, estoy de acuerdo. En la niebla se alimenta la duda. Al final se termina por desconfiar de uno mismo y de lo que uno piensa. En la niebla cualquier paso es en falso, y cualquier parecer una hipótesis. Es agotador estar siempre dominado por lo desconocido. La niebla va creando una nostalgia por la edad de las certezas. Una vida de puras certezas debe ser muy aburrida. Una vida en la niebla se va haciendo muy pesada, casi aterradora. Para tranquilizarme empiezo a creer en la certeza de la niebla. La niebla es lo normal. Todo es acostumbrarse. ¿Y los gorilas? Ah, esa era otra película.